Los juguetes rotos de la jet

26 / 11 / 2012 15:51 Jaime Barrientos
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Fueron niños prodigio aupados a la fama desde orígenes muy humildes y a todos les atraparon las drogas cuando quienes les subieron a las alturas se desentendieron de ellos tras hacer negocio a su costa.

Una puñalada ha parado en seco su galope autodestructivo. Poli Díaz, el Potro de Vallecas, ocho veces campeón de Europa de boxeo, se convirtió en el niño mimado por la jet set a finales de los años 80. Poco le duró la gloria: detenido por primera vez en 1992, acusado de agredir a un policía, al año siguiente su esposa se arrojó por la ventana tras una discusión. En el 95 su padre le acusa de haberle dado una paliza y tres años más tarde un reportaje le muestra buscándose miserablemente la vida en un poblado chabolista. Recibe apoyos y parece que va a ganar el combate contra la heroína, pero es un nuevo espejismo: en 2004 una agresión a otro toxicómano le conduce a la cárcel durante unos meses. Al salir, vuelta a las drogas: ya ni sus incondicionales apuestan por él como caballo ganador y su imagen se diluye en las sombras. Así hasta que hace un par de semanas salta de nuevo a la palestra al ser ingresado de urgencia en un hospital madrileño.

Joselito, el pequeño ruiseñor fue, junto con Marisol, el niño de oro de la canción española de los años 60. Con el cambio de voz el público le dio la espalda: ya no era rentable. Treinta años de silencio rotos al ser encarcelado: un asunto relacionado con las drogas y el tráfico de armas en Angola le devolvieron a una actualidad no deseada. Rehabilitado pero retirado de los focos, recuerda así los años de gloria: “El dinero lo ganaron los que estaban a mi alrededor; mi apoderado, que se quedó con casi todo, los productores... Yo fui el que menos ganó. Tendría que haberme hecho rico, muy rico, para toda la vida, pero no pudo ser. Me engañaron mucho. En vez de jugar, trabajaba todo el tiempo. Así fue siempre. Luego eché en falta no haber jugado, no haber tenido una infancia más normal”.

Ricos y engañados.

Otro Joselito, el torero nacido en el madrileño barrio de La Guindalera y huérfano de padre a temprana edad, también saboreó las miles del éxito partiendo de la nada y también cayó en los cantos de sirena de quienes se aprovecharon de él. Así lo explica en su libro de memorias Joselito, el verdadero: “¿Quién le iba a decir a aquel macarrilla que yo era, a aquel mangui con chupa de cuero que robaba relojes y radiocasetes en los descampados, que pasado el tiempo le iban a poner delante una tarjeta con el tratamiento de excelentísimo señor?”. Las drogas se cruzaron en su camino y sus tardes de gloria se convirtieron en un paseíllo por el lado oscuro de la vida: “Mi casa acabó convertida en un hervidero de drogas. En los armarios, en la cocina, por los cajones, en el váter: había kilos y kilos de hachís”.

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