20 de junio de 1988

29 / 01 / 2018
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El testamento político de Josep Tarradellas.

Josep Tarradellas junto a Adolfo Suárez en una de sus reuniones

Apenas diez días después de su muerte, TIEMPO publicó un suplemento especial de 100 páginas con las memorias del expresidente de la Generalitat de Cataluña Josep Tarradellas. Un testamento político en toda regla escrito de su puño y letra para la revista con la única condición de que fuera publicado con posterioridad a su fallecimiento.

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Al empezar la drôle de guerre, como decían los franceses, las cosas se oscurecieron. Hitler se adueñaba de Francia, de Europa. En junio de 1940, en pleno desconcierto francés, nos vimos en París con Companys, mi esposa y yo. Le insistimos una y otra vez en que viniera con nosotros. Él no quiso separarse de su hijo enfermo, que había tenido que ser evacuado a causa de los bombardeos. Para nosotros era claro que si quedaba atrapado en la zona de ocupación nazi sería capturado. Pudo más la generosidad del padre que todo cuanto le dijimos. Fue, sin saberlo, nuestra última entrevista. Nos enteramos con horror de su secuestro, traslado a España, posterior juicio y fusilamiento. Hice todo lo que pude para intentar salvarle, sobre todo a través de México, ya que no teníamos otros aliados. Companys se creció en el juicio, afirmando que era la autoridad legítima de Cataluña y que solo daría cuenta de sus actos al Parlamento catalán, depositario de la legitimidad democrática de nuestro pueblo. La grandeza, la generosidad personal y la valentía de Companys constituyen un ejemplo para las futuras generaciones de catalanes y el recuerdo de su vida consagrada a la libertad de Cataluña me emociona”.

[...] “Me interrogó el mismo policía español que acompañó a Companys desde París a Madrid. Me dijo que por orden de Serrano Suñer a Lequerica, embajador en París, Companys había sido apresado y llevado a España. El policía, que se llamaba Urraca Pastor, me habló de la entereza de Companys desde el momento de su detención. Ya me veía perdido, como el mismo Companys. Sin embargo, el policía me trató con admirable corrección durante el largo interrogatorio a que tuve que someterme. Yo le conté todo lo que habíamos hecho desde la Generalitat para Cataluña y para salvar a la república sin ocultar nada, con orgullo y satisfacción. Al cabo de cinco días me dejaron en libertad. Cuando llegué a mi domicilio, en Saint-Raphaël, mi esposa apenas daba crédito a sus ojos”.

[...] “En Grenoble vivía el hijo de un catedrático francés de origen catalán, Amade, con quien trabé amistad en Montpellier, al constituir la fundación Raimon Llull. El hijo de Amade era funcionario, y más tarde ha llegado a ser prefecto de París. Le pedí ayuda y al cabo de unos días me dijo que todo estaba preparado para que pudiera pasar a Suiza. Los funcionarios franceses antifascistas tenían una organización clandestina para ayudar a las víctimas del nazismo. Me confié a esta red y así pude pasar clandestinamente a Suiza, directamente a un campo de concentración. De aquí me sacó la embajada de México en Suiza, al reclamarme. Tres meses más tarde se reunieron conmigo mi esposa y mis dos hijos. Lloré de emoción al verlos. El Gobierno de México nos mantuvo durante los 16 meses de aquel exilio en Lausanne, justo donde ahora viven mi hijo, mi nuera y mis nietos. Ventura Gassol y Martí Feced también estaban en Lausanne. Y allí vivía, además, la Familia Real española. A veces, de paseo, nos cruzábamos y nos saludábamos. Nuestro republicanismo no nos impedía reconocer que teníamos en común con la Familia Real la condición de exiliados de Franco. Don Jaime, el hijo mudo, era el más simpático con nosotros. ¡Quién tenía que decirme que más tarde don Juan Carlos me recibiría como Rey para solucionar el problema de Cataluña!”.

Disolución del Consell

[...] “El problema del Consell de Londres era que, junto con algunas comunidades catalanas de América, partía del hecho que el 19 de julio de 1936 había abierto para Cataluña un periodo en que las libertades y competencias de nuestras instituciones habían sido considerablemente ampliadas y, en consecuencia, había que reivindicar prioritariamente la superación del estatuto de 1932. A mí y a otros muchos todo esto nos parecía bien, pero de un lado había que respetar al nuevo presidente de la Generalitat, Josep Irla, y de otro, en unos momentos en que todos creíamos que la caída del franquismo era inminente, nuestra posición política tenía que ser legal. Una cosa era desear y promover la forma democrática de nuestro Estatuto, y otra muy distinta darlo por superado. En junio de 1945, el congreso de ERC, en Toulouse, zanjó la discusión. Carlos Pi i Sunyer comprendió las razones de la conveniencia de la disolución del Consell de Londres y se mantuvo la unidad del partido. Fui muy criticado e incluso me acusaron de querer acaparar la política institucional catalana. Entonces, como más tarde, creí que era mi deber no alejarnos más de la legalidad que representábamos y combatí la tendencia tan catalana hacia el folclore político, el idealismo y las utopías. Nuestro deber era agruparnos en torno a la Generalitat. No faltaban entonces quienes analizaban nuestra derrota achacando toda la culpa a la república y proponían programas más o menos independentistas. Siempre me pareció que esta política conducía al fracaso, pues despreciaba lo que teníamos –el Estatuto de 1932, las instituciones– y daba como posibles los más inciertos acontecimientos, e incluso hablaban como si los gobernantes de Madrid fueran memos. Mi punto de vista ha sido invariable desde los tiempos de Macià: Cataluña debe vivir y obtener sus libertades en el marco de España, sin que ello presuponga que tengamos que mezclarnos en la política española. En el marco del mismo Estado, Cataluña debe dialogar y pactar con Madrid, de Gobierno a Gobierno.

Esta actitud mía tuvo otra desviación: las relaciones con las instituciones republicanas españolas. Yo nunca he creído en los Gobiernos en el exilio, por su dificultad de ser eficaces. Además, si no son Gobiernos aglutinadores de unidad, solo sirven para ahondar todavía más las naturales diferencias entre partidos. Como secretario general de ERC expuse a Martínez Barrio la necesidad de que el Gobierno de la República se abriera a todas las fuerzas y, ante su silencio, pedía al cabo de un mes la dimisión del Gobierno de Álvaro de Albornoz. Con Llopis y Gordón Ordás pasó lo mismo: condicionamos nuestra colaboración a que se realizara la unidad sin exclusiones. Las cada vez más profundas divisiones entre republicanos, agravadas por el clima de la Guerra Fría, hicieron imposible nuestra participación en los Gobiernos republicanos. Cada día me convencía más de que nuestra política no debe mezclarse con las fluctuaciones de la política española y debe ser estrictamente nacional y de unidad, si queremos triunfar.

En este aspecto, uno de los episodios más negros de la política catalana durante el exilio fue nuestra división en dos organismos que se querían unitarios: Solidaritat Catalana, de la que fui ardiente defensor, y que agrupaba a casi todas las fuerzas políticas de Cataluña, y Aliança Nacional Catalana, de tendencia comunista. Hubo unas polémicas terribles. Eran los años del estalinismo más intransigente. A mí me insultaron, me acusaron de ser traidor, casi me persiguieron por las calles de París”.

[...] “Conforme fue haciéndose evidente que había franquismo para rato y que las potencias occidentales no harían nada para intervenir en España, cobró importancia la relación entre el exilio y lo que dentro de Cataluña constituían movimientos, unitarios o no, de lucha antifranquista y por nuestras libertades. En relación con los que actuaban en el interior, nuestra posición consistió en exigir a todo el mundo que se fijara como objetivo primordial el establecimiento de la Generalitat.

Estos fueron los principios que inspiraron toda mi política durante el exilio, tan controvertida, porque tuve innumerables batallas. Pero el tiempo me ha dado la razón. Y no critico todo lo que desde la Cataluña franquista se hizo a favor de la cultura, de la lengua y, en otro plano distinto, a favor de los derechos humanos y la emancipación obrera. Lo que pasa es que no podíamos tolerar que estos movimientos y empresas no aceptaran el principio político de que el único problema importante era el restablecimiento de la Generalitat, y todavía menos cuando algunos, a través de sus iniciativas folclóricas o culturales, intentaban arrogarse una representación que nadie les había dado y que iba en detrimento de la Generalitat. La decisión de disolver el Gobierno de 1948 fue muy juiciosa, porque evitó un distanciamiento todavía más grave entre nosotros y los catalanes del interior. La institución tenía que quedar salvaguardada para todos, por y sobre todos, como único camino para que todos coincidieran en la necesidad de su representatividad y restablecimiento. Esta era una actitud difícil de mantener. La república tenía su Gobierno, los vascos, también. Había presiones continuas, más o menos intensas. No cedía nunca en ese aspecto. Y la razón es muy clara. El presidente de la Generalitat, con el acuerdo de todas las fuerzas políticas parlamentarias catalanas, pudo negociar con el Gobierno de Madrid.

Un presidente por descarte

Un Gobierno de la Generalitat en el exilio no lo hubiera hecho jamás. Por tanto, hubiera sido un error formarlo. Además, nuestra institución, como representante legítima de las aspiraciones de nuestro pueblo, debía quedar al margen de las fluctuaciones y las crisis que se producen en estos Gobiernos que no gobiernan. La institución, para ser viva, no podía caer en ciertos problemas”.

[...] “Yo fui presidente porque nadie quiso serlo. Ni Pau Casals, ni Carles Pi i Sunyer, ni Lluís Nicolau d’Olwer aceptaron esa responsabilidad. Fue entonces cuando yo fui propuesto. Tuve que aceptar. No faltaron las críticas, como siempre, pero no hice caso alguno. Pero en adelante y por ley de vida, el exilio perdería vigor y creatividad y comenzarían a pesar las iniciativas surgidas del interior de Cataluña. Había habido muchas divisiones y disputas.

Me opuse de forma rotunda a los que pretendían soslayar la política, y precisamente la política de la Generalitat, con el pretexto de la cultura, incluso cuando se trataba de una cultura agresivamente catalanista. Mi conflicto con Montserrat ha hecho correr mucha tinta. Todavía es pronto para explicar todas sus fases. En general tuve buenas relaciones con el abad Escorré y con su sucesor, el abad Brasó. Pero en repetidas ocasiones tuve que salir al paso de la creciente politización de esta comunidad benedictina, pues en la medida en que se dejaron influir por determinado partido político, se apartaba de su verdadera misión”.

“Mis contactos con Jordi Pujol han sido muy diversos, según las épocas. Al principio le tuve un gran afecto: había desafiado abiertamente al franquismo, era combativo y parecía resuelto a defender la Generalitat. Tenía una gran ambición política y esto era bueno para aquella Cataluña medio dormida de los años cincuenta y sesenta. Luego, a través de una entidad cultural catalana, quiso ayudarme en un momento en que yo pasaba grandes apuros económicos. Sin embargo, yo no quise hipotecar mis responsabilidades ni mi independencia política. Nuestra relación se tornó ambigua, e incluso más adelante empeoró”.

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Tarradellas a su llegada del exilio en octubre de 1977

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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