23 de febrero de 1998

30 / 01 / 2018
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Anson denuncia una trama para acabar con Felipe.

Foto: Pedro Corro

 El número más vendido de la historia de TIEMPO tuvo como protagonista a Luis María Anson. En una entrevista con Santiago Belloch, Anson contó cómo un grupo de periodistas se organizó para elevar la crítica contra González e impedir su relección en 1996. Como la revista salió un 23-F, aquella exclusiva fue conocida como la ansonada.

ANSON-F1

Luis María Anson es el hombre que sabe demasiado. Una y otra vez rechaza ofertas para publicar sus memorias. Anson es el nuevo académico de lo que algunos califican como el género literario del siglo XX: el periodismo. Su terreno natural ha sido y es el territorio de la información, una sutil y vigorosa forma de poder.

P_ ¿Echa de menos la tensión diaria del periódico?

R_ Tras quince años en el Abc tuve la oportunidad de entrar en el periodismo del siglo XXI, en el mundo de la imagen, el terreno de la noticia instantánea y universal... Tengo tanto trabajo con seis canales en marcha, con proyectos en plena expansión, que no es fácil encontrar tiempo para nostalgias. Cuando dejé Efe tuve más problemas de adaptación. Le dediqué un esfuerzo absoluto y lo merecía. El periodismo de agencia es el más bonito, con diferencia, de todos los periodismos posibles. Es el periodismo puro, la noticia sin firma, la tensión permanente... Mi etapa en Abc fue una etapa de crispación realmente terrible. Y no fue arbitraria. Existían poderosas razones para esa guerra fría. La cultura de la crispación existió porque no había manera de vencer a Felipe González con otras armas. Ese era el problema. González ganó tres elecciones por mayoría absoluta y volvió a ganar la cuarta cuando todo indicaba que iba a perder. Hubo que elevar la crítica hasta extremos que a veces afectaron al propio Estado. González bloqueaba algo vital en una democracia: la alternancia. Si González llega a ganar las elecciones del 96, con la bonanza económica no hubiera habido quien lo echase del poder hasta 2004. No salimos de 40 años de Franco para entrar en 30 de González. La capacidad de comunicación, la fuerza política, la habilidad extraordinaria que tuvo siempre Felipe González hizo darse cuenta a muchas personas, yo era una de ellas, que era preciso que concluyera su etapa. Como los ataques a González, muy fuertes en el 92-93, no terminaron con él, unos reflexionando, como me ocurrió a mí, y otros por pura intuición, vimos que era necesario elevar el listón de la crítica. Entonces se buscó ese mundo de las irregularidades, de la corrupción... No había otra manera de quebrantar a González. Aun así, perdió las elecciones por menos de 300.000 votos... Es decir, que estuvo a punto de no perder, a pesar de haber lanzado contra él una de las mayores ofensivas que se hayan desencadenado contra un político. Me precio de haber hecho siempre un periodismo responsable en relación a cuestiones de Estado, pero llegó un momento en que opté por la salud del sistema. No hay cultura democrática sin un péndulo político que funcione, sobre todo en un país que no ha tenido la prudencia de marcar límites al periodo de gobierno de un líder”.

P_ ¿Existió una conspiración?

R_ Eso fue una coartada periodística. Es cierto que había gente que nos reuníamos en tertulias, hablábamos, unos estaban de acuerdo, otros no; los que estábamos de acuerdo nos sentíamos más identificados y nos llamábamos para comentar lo que podía hacerse... pero eso no es una conspiración. El resumen es sencillo: González era un hombre con una potencia política de tal calibre que era necesario llegar hasta el límite.

P_ La prensa jugó su papel presionando al mundo judicial...

R_ Sin duda. Por reflexión e instinto, los medios reaccionaron atizando algunas situaciones. Ese fue el caso de los conflictos y el papel de la Justicia. Al atizar el fuego en ese sector se favorecía la erosión de Felipe González... así que se hizo. Fue una operación de acoso y derribo. Algunos lo hicimos desde el convencimiento honesto de que ese era un servicio al sistema democrático. Lo cierto es que desde una labor crítica normal no se conseguía desalojar a González del poder.

P_ Dos reuniones, la de Álvarez-Cascos, Pedro J. Ramírez y Jorge Manrique (abogado de José Amedo) en un despacho de El Mundo, y la de Pedro J. Ramírez y Baltasar Garzón pocos días después se consideran como el acta fundacional de la explosión controlada de los GAL...

R_ No tengo información personal de que esas reuniones se hayan producido. Lo he leído, desde luego, pero no puedo confirmarlo. González y el PSOE reaccionaron. Lo hicieron en el mundo económico contra Mario Conde, en el político, en el judicial y en el mundo del periodismo con una presión que viví de forma directa, desde presiones sobre los empresarios y pérdida de publicidad para los medios, pasando por el ataque a algunos profesionales. La reacción contra ese acoso fue la Plataforma de defensa del derecho a la información de los ciudadanos. Nos reuníamos, generalmente en mi despacho, el director de El Independiente, Pablo Sebastián; José Luis Gutiérrez, de Diario16; el director general de Antena-3, que era Manuel Martín Ferrand; el de informativos de Antena-3 Radio, que era Antonio Herrero; el director de El Mundo, Pedro J. Ramírez... Éramos un grupo con una fuerte representación en el periodismo. Más tarde creamos la AEPI, a la que se sumaron otras personas. La guerra de los medios viene de lejos, no es nueva. De aquel grupo casi todos perdieron su medio o su trabajo. Fue un proceso de laminación. Nos salvamos Pedro J. Ramírez en El Mundo y yo mismo en Abc; Antonio Herrero también se libró, no sin antes ver la desaparición de Antena-3 Radio y encontrar su sitio en la Cope. No fue una batalla sin víctimas. En el esfuerzo por derribar a González, González se defendió bien.

P_ La crispación provocó el fin de la etapa socialista...

R_ A punto estuvo de fallar todo. Se acercaban las elecciones y alguien autorizó la publicación de una absurda encuesta, puro voluntarismo, que anunciaba una ventaja de 15 puntos para el PP. Se bajó la guardia sin apreciar el peligro de esa actitud. Yo tenía datos que situaban la diferencia en tres puntos. Todavía recuerdo el terrible artículo que escribí denunciando a González cuando ya el Partido Popular cantaba victoria. Al final se ganó por un punto y medio... Se estuvo muy cerca del fracaso.

P_ González denunció los graves peligros de una crítica que superaba los límites de lo tolerable...

R_ Había que terminar con González, esa era la cuestión. Al subir el listón de la crítica se llegó a tal extremo que en muchos momentos se rozó la estabilidad del propio Estado. Eso es verdad. Tenía razón González cuando denunció ese peligro... pero era la única forma de sacarlo de ahí. No tanto por los posibles abusos que cometió, si es que lo hizo, sino por el riesgo de anulación de la alternancia.

P_ Resulta muy duro...

R_ Vamos a convenir que lo hizo bien. Tenía un poder de comunicación increíble; cuando se ponía en campaña tenía una resistencia y una capacidad de encantamiento incomprensibles. Recuerdo que yo no quería enviar a mi gente a su autobús electoral porque entraban críticos y salían felipistas. Yo mismo evité tener reuniones con él. No podía olvidar que en otras ocasiones había salido de la conversación diciéndome a mí mismo: “¿Por qué tienes que criticar a un señor tan cordial, seductor, interesante...?”.

P_ La explosión controlada de los GAL fue un cambio cualitativo...

R_ Si el Gobierno intervino en la guerra sucia contra ETA, que está por ver, se equivocó. Nunca llegó la situación a un extremo capaz de desestabilizar el Estado de Derecho. Una vez dicho eso... lo peor de lo que ha ocurrido es que las personas que –caso de ser ciertas las acusaciones– se han limitado a cumplir órdenes, sean las que están en la cárcel. Me parece lamentable que el general Galindo y varios de sus hombres estén en prisión. Es evidente que no se sostiene la acusación de que se hayan enriquecido; es obvio que, si hicieron algo ilegal, que está por ver, fue bajo órdenes, algo sagrado en la Guardia Civil. Su presencia en prisión me causa una inmensa tristeza. En todo caso, los que deberían estar en prisión son los que dieron órdenes para hacer la guerra sucia. Pero, aunque el general estuviese en Intxaurrondo, el terrorismo seguiría. Tenemos terrorismo para muchos años.

P_ Tres nombres parecen estar en el centro de la explosión: Mario Conde, Pedro J. Ramírez y Baltasar Garzón...

R_ Su participación está bien explicada en algunos libros. Conde, desde la cárcel y a través de Sancristóbal, estableció un contacto profundo con Perote y, con la ayuda de Santaella, puso en marcha una serie de operaciones en parte de las cuales intervino el juez Garzón. De una u otra forma, Pedro J. Ramírez tuvo la habilidad de conseguir la mejor información sobre esos asuntos y el criterio periodístico de llevarlos a primera página. Desde agosto de 1994, Pedro J. tiene acceso a las declaraciones de Amedo y Domínguez, y empieza a acumular una información que todos los periodistas le envidiarían...

P_ ¿Cómo cree que la opinión pública percibe el drama de los GAL?

R_ Con pleno rechazo en lo que tenga que ver con corrupción o enriquecimiento; con división de opiniones en lo que se refiere a la lucha antiterrorista... al igual que ocurre con la pena de muerte. Pocos aceptarían el uso de recursos ilegales contra ETA, pero hay quien lo justifica.

P_ ¿Hay alguna solución a ese problema?

R_ Si el día de la célebre entrevista de Gabilondo a González, este, en vez de decir que se había enterado por la prensa, hubiese dicho: “Señores, tras varios intentos de golpe de Estado, con cien asesinatos al año de ETA, en plena indiferencia francesa, di la orden de que con todos los medios a nuestro alcance se combatiera a ETA; cuando se da una orden así, se corre el riesgo de que se cometan abusos. Yo asumo la responsabilidad. Dejando claro que nunca di órdenes que supusieran una vulneración del Estado de Derecho, si se ha hecho... yo soy el responsable”. Si González llega a hacer eso, es posible que hubiese ganado otra vez.

P_ ¿Hubo encarnizamiento por parte del juez Baltasar Garzón?

R_ Eso es difícil de precisar. En mi opinión, no puede impartirse justicia conforme a estricto Derecho ni en el País Vasco, bajo la presión de las amenazas y la violencia, ni desde la euforia de la fama y la celebridad en un escenario iluminado por los 1.000 focos de los medios de comunicación.

P_ La distensión empieza a producirse a partir del triunfo del PP en las generales de marzo de 1996.

R_ Los meses de campaña electoral fueron de una tensión terrible. Recuerdo la denuncia de González diciendo que el país estaba controlado por la Triple A: Anguita, que lanzaba las cosas; Anson, que las difundía; y Aznar, que las remataba. Tras el asesinato de Tomás y Valiente tuvo la habilidad de crear la conciencia de que había que terminar con ETA casi como fuera, una réplica inteligente contra el daño que la explosión judicial de los GAL producía al PSOE. Su campaña supo transmitir la sensación de que el voto a IU era un voto perdido y una forma segura de dar el triunfo al PP. Esos dos factores limitaron el triunfo de Aznar hasta dejarlo en el mínimo. “Sin duda, la llegada del PP al Gobierno permitió un cambio en el clima político; poco a poco se fue entrando en un proceso de distensión... con la posibilidad de que las causas judiciales renueven el incendio en cualquier momento. Creo que Aznar estuvo muy hábil al no desclasificar los papeles del Cesid en agosto del 96; luego pasó lo que pasó y el tema se resolvió en el Supremo, pero Aznar quitó leña a un fuego que quemaba demasiado. Creo que esa decisión posibilitó una relación menos tensa entre PSOE y PP. Luego, en líneas generales, no se extrema la búsqueda de cosas raras por parte del PP, al tiempo que el PSOE sigue una línea de discreción mientras afronta sus problemas judiciales. No cabe duda de que la escena nacional ha salido de la cultura de la crispación.

P_ ¿Y la guerra de los medios, la batalla digital, la guerra del fútbol?

R_ Fue una crispación mediática, una confrontación entre grupos de comunicación. Lo peor de esa batalla fue el frente judicial abierto contra el grupo Prisa, Polanco y Juan Luis Cebrián... Ahí sí se produjo crispación, especialmente entre los grupos de El País y los de El Mundo. Los demás adoptamos una posición muy templada.

P_ Se dice que todo obedece a una estrategia del Gobierno para controlar los medios de comunicación.

R_ Me es difícil ser objetivo, ya que, de una u otra forma, soy parte de ese conflicto. Ha sido el guion de una batalla por impedir un monopolio, el de la televisión de pago en España. Ese es el telón de fondo. Vía Digital era el camino para romperlo. Fue una guerra comercial que, como todas, tuvo un trasfondo político.

ANSON-F6

Foto: Pedro Corro

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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