Snowden & Cia

10 / 07 / 2013 12:03 Ricardo Menéndez Salmón
  • Valoración
  • Actualmente 5 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • Tu valoración
  • Actualmente 5 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
¡Gracias!

El Estado es frío porque desconoce las pasiones humanas, aunque sus órganos son concebidos y alimentados por humanos.

Zaratustra, ese loco espantosamente cuerdo, una de las más preclaras de cuantas voces aunaron un día el impacto de la poesía con la profundidad del pensamiento, nos legó, por boca de su médium privilegiado, Friedrich Nietzsche, una enseñanza capital: “Estado se llama al más frío de todos los monstruos fríos. Es frío incluso cuando miente; y esta es la mentira que se desliza de su boca: ‘Yo, el Estado, soy el pueblo”.

El Estado es monstruoso porque sus órganos de percepción no están hechos a escala zoológica. Posee miles de antenas para escuchar; lo adornan miles de ojos para escrutar; dispone de miles de manos para atrapar. Y es frío porque desconoce las más elementales pasiones humanas: la piedad, la empatía, la confianza. Esta frialdad resulta paradójica, pues los órganos de percepción del Estado son concebidos, alimentados y controlados por seres humanos. Pero esos seres humanos, en el proceso de convertirse en guardianes y servidores del Estado, se han deshumanizado, se han convertido en cifra, cómputo, apoteosis del cálculo. Eficaces y exactos, implacables
 e invisibles, su frialdad es ya una propiedad maquinal. Inteligencias al servicio de la conversión de los seres humanos en medios, que no en fines, pertenecen a un reino perverso: el de la vigilancia.

La historia tiene miles de años, tantos en realidad como el propio concepto de Estado. A la base de cualquier forma de poder, se encuentra casi siempre un anhelo primitivo, el más antiguo de todos: el miedo. El miedo, que es el gran cohesionador social, es empleado por el Estado no solo como un garante de su existencia, sino como la estrategia más efectiva para mantener a sus súbditos aquietados, pasivos, en calma. Apelando a su propia seguridad, el Estado eleva así a sofisma su principal empeño. Dicho de otro modo, y glosando al Zaratustra de Nietzsche: “Yo, el Estado, que soy tu padre, te vigilo para que nada malo te suceda”.

No es sorprendente que Edward Snowden haya sido servidor a sueldo de ese Estado hipertecnológico que roba nuestras conversaciones, conoce nuestros deseos y coloniza nuestros sueños de niños a quienes hay que proteger de sí mismos. Es sabido que no hay nadie más peligroso que un converso. No es la primera vez, ni será la última, que uno de los engranajes del poder se sale de la gran rueda y decide romper la baraja. Las motivaciones para tomar esa decisión quizá sean intrascendentes. Nunca sabremos si lo que mueve a Snowden, como antes sucedió con Bradley Manning, el militar informante de WikiLeaks, es el dinero, la fama o, sencillamente, el hecho de que en un determinado momento su conciencia ha dicho “basta” y su humanidad, aplastada durante años de labor al otro lado del espejo, ha resucitado de golpe. No sé si Snowden es un traidor o un héroe. Tampoco sé si ahora duerme mejor por las noches. Pero me ha inquietado poner rostro al monstruo frío en los ojos de este joven tan corriente, tan vulgar, tan parecido a cuantos cada día se cruzan en nuestras vidas.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

COMENTARIOS

No hay comentarios

ENVIA TU COMENTARIO

  • Los campos marcados con "*" son obligatorios

Grupo Zeta Nexica