Siglo XIX: lucha y pasión

24 / 10 / 2017 Juan Bolea
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Hay veces en que la lectura de un libro de Historia se transforma en un placer, que ansías volver a sus páginas y lamentas haberlas acabado.

FOTO: GETTY

Hay veces en que la lectura de un libro de Historia se transforma en un placer, que ansías volver a sus páginas y lamentas haberlas acabado. Suele suceder con los grandes historiadores clásicos, Mommsen, Gibbon, Michelet, Braudel… y acaba de ocurrirme con Richard J. Evans, regius professor de Cambridge. 

Su nuevo trabajo La lucha por el poder. Europa 1815-1914 (Crítica) se lee con una mezcla de gratitud estética y didáctica, legándonos una visión panorámica y, al mismo tiempo, bastante detallada de los grandes fenómenos políticos e ideologías que agitaron el siglo XIX, sustrato de las convulsiones del XX y, aún, todavía hoy cimiento de nuestra vida democrática y contexto institucional. 

Todo empezó, desde luego, con la Revolución Francesa. A partir de ahí, como bengalas de un fuego de artificio, sus fogonazos recorrieron el cielo de Europa en forma de iluminaciones, cañonazos, espejismos, luminarias, conspiraciones, conquistas, sangre, mucha sangre, un festín intelectual y una orgía política de luces y sombras como no se había orquestado en el devenir del mundo.

Muy atrás el feudalismo, y combatida burgo por burgo la monarquía teocrática, el XIX europeo enfrentó al hombre a sus propios demonios, necesidades, derechos y pasiones. Surgió la izquierda, el comunismo (el francés Cabet inventaría el término), los falansterios de Fourier se exportaron a América, Saint Simon compartió prisión con Sade, Hegel y Comte pusieron las bases del positivismo y la dinámica de la historia y Marx, finalmente, invitó a pasar a la acción considerando que hasta la fecha los filósofos se habían limitado a interpretar el mundo; “ahora nos toca cambiarlo”. A los profetas de la igualdad y de la revolución (Bakunin: “La pasión por la destrucción es también una pasión creativa”) se unieron heroínas como Flora Tristán, abuela de Paul Gauguin, luchadora extraordinaria por los derechos de la mujer y protagonista de una vida novelesca, que ha inspirado a autores como Vargas Llosa. 

El nacionalismo asomó también en el XIX sus lobunas orejas. Evans nos habla de uno de sus fundadores, Giuseppe Mazzini, carbonario, revolucionario, creador de la Joven Italia, inagotable conspirador y padre político de un Garibaldi que se curtiría como soldado en la guerra civil de Uruguay. Junto a otros nacionalistas, irlandeses, polacos, alemanes, combatieron en numerosos frentes la hidra imperial, descuidando sin embargo al pulpo capitalista, cuyos tentáculos se extendieron por las sociedades europeas, fracturándolas en dos clases de difícil acomodación, la burguesía enriquecida y una masa obrera que malvivía en las fábricas y en las minas bajo situaciones de explotación lindantes con la esclavitud, víctimas aparceros y mineros de toda clase de epidemias y hambrunas y con una esperanza de vida en torno a los treinta años. Europa en su sala de máquinas.

Un clásico. 

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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