Ya no podrán hablar en nombre de Cataluña

26 / 12 / 2017 Agustín Valladolid
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Resultado decepcionante, pero Ciudadanos arrebata al independentismo uno de los principales ejes de su discurso.

Ciudadanos celebra su victoria la noche del 21-D. Foto: PAU BARRENA

Son raras las ocasiones en las que unas elecciones, en términos de adjudicación del poder político, dejan sin resolver lo esencial, esto es, quién es el encargado de gestionar los asuntos vinculados al interés general. Si en algún lugar del mundo civilizado esto era posible, que tras cinco años de disparates y dos de convulsa confrontación partidaria y dramática fractura social nada sustancial cambiara; que los responsables del mayor deterioro de la convivencia y causantes fundamentales del declive económico de un territorio otrora arquetipo de progreso y emprendimiento no sufrieran apenas desgaste a pesar de su insensatez; si había un lugar así en el universo, ese no podía ser otro que Cataluña. Porque solo desde un análisis suficientemente distanciado de cualquier análisis racional se explica lo ocurrido en las elecciones del 21 de diciembre. Solo desde la constatación de que el independentismo, en tanto que, en demasiadas ocasiones, manifestación extrema del nacionalismo, es en esencia más una religión que una opción política que empuja a los fieles a obedecer sin hacerse demasiadas preguntas cuando son llamados por los sumos sacerdotes, estaremos en condiciones de explicarnos lo ocurrido. No pretendo que lo anterior se entienda como una propuesta de repetición electoral. Es más, a pesar del aparente bloqueo no debería ser esta una variable computable. Entre otras razones porque el voto constitucionalista es, salvo excepciones, más racional, y por tanto más expuesto al cansancio y menos inclinado a expiaciones. Repetir elecciones puede ser, para muchas de esas personas que anteponen la convivencia a la ciega idolatría, y la estabilidad a la montaña rusa, un castigo excesivo. Así que conviene resistir. El resultado del 21-D no es óptimo, pero tampoco es el peor.

Una injusta ley electoral

Resulta que el bloque independentista ha retrocedido en votos y en escaños; más relevante aún: a pesar de una ley electoral que castiga como ninguna la proporcionalidad, dopando el voto rural frente al urbano, por primera vez desde que hay elecciones autonómicas un partido nítidamente “español” gana de forma incontestable en ambos recuentos, papeletas y asientos. Nunca había pasado. El PSC ganó en votos en 1999 y 2003, pero jamás logró batir a CiU en escaños. Ahora, el secesionismo nos contará todas las películas que quiera contarnos. Imaginación y voluntarios no les faltan. Pero hay un eslogan que tendrán que archivar: ni ellos son Cataluña, ni pueden hablar en nombre de Cataluña. Porque Ciudadanos no solo ha ganado, sino que ha conseguido una sólida implantación en todo el territorio. Ha dejado de ser un partido de pijos barceloneses. Y, casi tan importante: ha enviado un mensaje de tranquilidad a Europa, a los viejos países que mandan en el continente y que conceden mucha más importancia que nosotros al vencedor de las elecciones.

Pero más allá de eso, el 21-D ha confirmado la complejidad de una sociedad que, tras la victoria clara de Inés Arrimadas y la fortaleza demostrada por el secesionismo, está obligada a pararse a pensar, a pactar un catálogo de mínimos que le devuelvan un cierto sosiego, que aparque durante un tiempo la lucha fratricida, que deje a los ciudadanos exhaustos respirar. A casi nadie conviene tirar más de la cuerda. El independentismo haría mal en no advertir su desgaste, su nula capacidad de crecimiento pese a contar con indudables ventajas producto de los errores ajenos; en no reconocer que su mayoría parlamentaria es puro artificio frente a la constatación de que la mayoría de los catalanes no son independentistas. Y harían mal PP y PSOE en no aceptar que el papel secundario al que les han condenado los electores en Cataluña y País Vasco hace tiempo que se ha convertido en un problema de Estado, consecuencia directa de su nula capacidad para abordar cambios profundos en su manera de hacer política. Como empieza a ser preocupante el desgaste de Podemos, un recién llegado que parece dispuesto a tropezarse, multiplicado por 17, en la misma piedra que el PSOE.

El 21-D no ha resuelto nada, pero ha aclarado mucho. Lo esencial: que al secesionismo se le puede ganar, pero con caras y formas nuevas, con calma, trabajando a medio plazo, tomándose en serio la regeneración e incrementando con naturalidad la presencia y visibilidad del Estado en Cataluña.

Madrid

La lista de Carmena

Significativo el concurrente respaldo prestado por dos “enemigos íntimos”, Pablo Iglesias e Íñigo Errejón, a Manuela Carmena tras cesar esta a su concejal de Hacienda, Carlos Sánchez Mato. Podemos no es precisamente una balsa de aceite, pero en lo que afecta a Madrid, Comunidad y Ayuntamiento, el acuerdo es absoluto: el tique Errejón-Carmena se considera insuperable, la alcaldesa tendrá absoluta libertad para elaborar su lista, la “lista de Carmena”.

CARMENAf

Manuela Carmena

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