Un anticomunista consecuente

20 / 11 / 2013 12:34 Luis Reyes
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Para la derecha de Estados Unidos, Kennedy era un peligroso “liberal” (sinónimo allí de izquierdista). Su política exterior, sin embargo, fue de confrontación con el comunismo.

Kennedy llevaba solo tres meses en la Casa Blanca cuando se produjo la invasión de Cuba. En Bahía de Cochinos desembarcaron 2.000 exilados cubanos, entrenados y armados por Estados Unidos. Era una herencia envenenada de la Administración anterior, pero Kennedy no abortó el plan de la CIA, desastroso por cierto. De esta manera, la primera actuación importante de Kennedy en la esfera internacional fue una agresión armada a un país latinoamericano que se deslizaba hacia el comunismo, cuando un mes antes había presentado su proyecto de Alianza para el Progreso, que ofrecía un nuevo horizonte de relaciones entre Estados Unidos y sus vecinos del Sur.

La operación fue un fracaso estrepitoso, los invasores solo le duraron 72 horas a Fidel Castro. En el plano político, la izquierda acusaba a Kennedy de haberse dejado engatusar por la CIA, mientras la derecha le reprochaba que no hubiese dado un apoyo decidido a la invasión. Para los exilados cubanos Kennedy se convirtió en un traidor, y una de las teorías sobre su asesinato apunta precisamente a la venganza de los anticastristas (otra dice que fue Castro quien lo mató).

El magnicidio de Dallas creó el mito de un Kennedy progresista, amante de la paz, opuesto a los halcones del establishment americano, pero lo cierto es que los hitos de su política exterior consistieron en el enfrentamiento con el comunismo, incluso bélico. Kennedy era un anticomunista ferviente, creía en la amenaza comunista global y pensaba que había que frenarla, aunque estaba en las antípodas de los halcones que compartían esas creencias en Estados Unidos. Su modo de enfrentarse al marxismo y a la Unión Soviética demostró en ocasiones que era un gran estadista, llegó a resultar incluso brillante, como en Berlín. Pero también cometió errores estratégicos de dimensión histórica, como fue embarcar a Estados Unidos en la Guerra de Vietnam.

El gran error.

En la misma época en que le estalló en las manos la invasión de Cuba, Kennedy decidió una intervención militar que no se justificaba por la proximidad de la amenaza, sino que era al otro lado del globo. Indochina se había convertido en objetivo del comunismo tras el fin de la colonización francesa.
 Eisenhower había proporcionado ayuda militar al Gobierno anticomunista de Vietnam del Sur, incluidos unos cientos de instructores para su ejército. Al comenzar la presidencia de Kennedy, un equipo de expertos aconsejó aumentar la implicación americana para frenar la insurgencia comunista.

El nuevo presidente les hizo caso y envió a Laos los primeros soldados americanos. Llevaban la etiqueta de “asesores”, pero en realidad eran unidades combatientes de élite y no eran unos cientos, sino miles. En el momento del magnicidio de Dallas su número alcanzaba ya 16.000 hombres, una considerable fuerza expedicionaria, y habían ampliado su zona de operaciones a Vietnam del Sur. Kennedy había echado a rodar una bola de nieve que adquiriría proporciones monstruosas –medio millón de hombres–, lo que no impidió que la Guerra de Vietnam fuese la primera perdida por Estados Unidos en su historia, dividiendo a la sociedad americana, provocando una crisis de valores y causando 58.000 muertos estadounidenses y un enorme desprestigio internacional.

El gran error de Kennedy no se vería hasta después de su muerte, y además cargó con su cruz el sucesor, Lyndon B. Johnson. Lo que más se recuerda de la política exterior kennedyana, en cambio, fue su firme aunque prudente enfrentamiento con la Unión Soviética en la Crisis de los Misiles, que comenzó el 15 de octubre de 1962, cuando un avión-espía estadounidense fotografió rampas de lanzamiento de misiles nucleares en Cuba. Desde junio la URSS estaba armando a Cuba hasta los dientes: ya había casi 50.000 soldados soviéticos en la isla, aviones Mig y todo tipo de armamento, pero aquello suponía un salto cualitativo. Los misiles todavía no eran operativos, pero lo serían en breve tiempo según los expertos, y el mando militar presionó a Kennedy para lanzar un “ataque preventivo” antes de que fuese demasiado tarde.

El presidente no cedió ante los alarmistas. Rodeado por su hermano Bob, el consejero de seguridad McGeorge Bundy y el secretario de Defensa, Robert McNamara, Kennedy sopesó todas las soluciones y sus consecuencias. Asumiendo el papel de líder mundial, Kennedy miraba más allá de la mera seguridad del territorio estadounidense. Estaba convencido de que si atacaba Cuba los soviéticos responderían apoderándose de Berlín Occidental, poniendo en marcha una escalada que, si era seguida por EEUU, llevaría a la guerra nuclear, y si terminaba en un quid pro quo, Berlín por Cuba, desacreditaría a Norteamérica frente a sus aliados europeos.

Decidió lo que podríamos llamar una solución de fuerza suave. Tras una semana de discusiones y contactos diplomáticos, el presidente hizo pública su postura en televisión: “Cualquier ataque con misiles desde Cuba contra cualquier país de Occidente será considerado como un ataque de la Unión Soviética a Estados Unidos, y llevará a una completa represalia contra la Unión Soviética”. Era una amenaza directa a Moscú, pero había que evitar que se diera esta circunstancia, y la forma era impedir por la fuerza que llegasen a Cuba más suministros soviéticos. Kennedy decretó el bloqueo naval de la isla, aunque en su discurso lo llamó “cuarentena” de armas ofensivas, porque el concepto bloqueo entrañaba problemas de legalidad internacional. Pero los barcos rusos supuestamente cargados de armas seguían navegando rumbo a Cuba y Jruschov advirtió a Kennedy que si los detenía consideraría el acto como una agresión.

Componenda y desafío.

La tensión internacional subió de forma insoportable, con preparativos militares para un ataque inminente. Pero el 27 de octubre, Alexander Flekisov, la estrella del espionaje soviético en EEUU, que se hizo con los planos de la bomba atómica en los años 40, de nuevo en Washington bajo una falsa identidad, invitó a comer al periodista de la ABC John Scali (futuro embajador ante la ONU) y le pidió que tanteara a sus contactos del Gobierno. ¿Aceptaría Estados Unidos una salida diplomática en base a la retirada de las armas atómicas rusas a cambio del compromiso de no invadir Cuba?

Era la mano abierta de Jruschov y Kennedy no la rechazó. Kennedy tuvo que extenderle un seguro de vida a Fidel Castro, nunca habría otra Bahía Cochinos, pero logró el éxito político de sacar la amenaza soviética de las puertas de EEUU. Además se instaló el teléfono rojo entre el Kremlin y la Casa Blanca, para facilitar la negociación en futuras crisis. Los halcones estaban indignados con el compromiso. Kennedy fue acusado de arrugarse por miedo a una confrontación armada con la URSS, que era lo que deseaban los belicistas. Para taparles la boca, Kennedy decidió hacer un gesto frente a la galería: ir a la primera línea de la Guerra Fría, el Muro de Berlín, y lanzar desde allí un desafío al comunismo.

Tres meses antes de su asesinato, en el verano del 63, tuvo lugar la visita de Kennedy a Berlín (ver Historias de la Historia “Ich bin ein Berliner”, en el número 1.513 de Tiempo). Sería su viaje de mayor eco internacional y daría lugar a su más brillante discurso. Escogió el 15º aniversario del puente aéreo con el que Occidente respondió al bloqueo de Berlín en 1948, lo que suponía en sí un desafío, y cuando se sintió aclamado por 400.000 berlineses tuvo el que quizá fue su día de mayor gloria en la vida.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

COMENTARIOS

  • Por: julio cesar 14/07/2015 21:44

    comunismo=fascismo

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