La tragedia de una dinastía de poder

19 / 11 / 2013 11:52 Luis Reyes
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Ambición, poder, sangre, tragedia, ese es el resumen de Macbeth ·La obra de William Shakespeare podría adaptarse perfectamente a la historia de la saga de la dinastía más famosa de América, el clan Kennedy.

Ninguna familia de América, donde no existen las monarquías, ha gobernado durante tanto tiempo. La historia de los Estados Unidos comenzó con la Declaración de Independencia de 1776, tiene por tanto 237 años de antigüedad, y más de la mitad de ese tiempo llevan los Kennedy en puestos de gobierno. Cinco generaciones seguidas del numeroso clan han ocupado durante 129 años desde la alcaldía de Boston a la Presidencia de los Estados Unidos, pasando por el Gobierno de California.

A veces ese poder político se ha convertido casi en un patrimonio familiar. Cuando en 2009 murió Ted Kennedy llevaba 49 años ocupando en el Senado un escaño por Massachusetts, con la peculiaridad de que lo había “heredado” de su hermano JFK, el presidente asesinado, que lo tuvo otros siete. Dos años después, en 2011, cuando el hijo más pequeño de Ted no se presentó a la relección de diputado por Rhode Island, hubo una conmoción en el mundo político estadounidense. Por primera vez desde que se perdía la memoria no había un Kennedy en el Capitolio de Washington. La turbadora anomalía fue rápidamente deshecha por un cachorro de la quinta generación, un nieto de Bob Kennedy, que ha ganado este año un escaño en la Cámara de Representantes por Massachusetts... ¡el mismo que habían tenido su padre, su tío abuelo y su tatarabuelo!

Pero tan persistente como la voluntad de poder los Kennedy es el hado siniestro que una y otra vez los castiga con furia.

Comienzo en el siglo XIX.

La saga del poder kennedyano comenzó en 1884, cuando Patrick J. Kennedy fue elegido diputado en el Parlamento estatal de Massachusetts. La vida de PJ, como era conocido, es una típica historia americana de la época. Hijo de unos pobres inmigrantes irlandeses, huérfano de padre, fue a la escuela hasta los 14 años, pero a esa edad se tuvo que poner a trabajar de estibador en el puerto para sostener a su madre y sus tres hermanas. Aun así, logró ahorrar dinero para comprar un bar, y obtuvo becas para estudiar en el Boston College, la prestigiosa universidad de los jesuitas. A los 30 años era un próspero hombre de negocios, un personaje dentro de la colonia irlandesa de Boston y un cabecilla del Partido Demócrata local.

Hasta cierto punto, paralela a PJ es la figura de otro irish-american, John F. Fitzgerald, alias Honey Fitz (“el Dulce Fitz”), aunque su familia estaba en mejor posición económica y su carrera política llegó más lejos. Honey Fitz se convirtió de hecho en el gran cacique de la comunidad irlando-americana de Boston, fue elegido alcalde de esta ciudad y diputado en la Cámara de Representantes de Washington por Massachusetts.

Los dos hombres podían haber competido entre sí, pero en vez de ello unieron sus fuerzas en lo que resultaría una especie de matrimonio de Estado, casando a sus primogénitos. El hijo mayor de PJ, Joseph Kennedy, era un joven inteligente y brillante, había estudiado en Harvard, tenía una ambición sin límites y la falta de escrúpulos idónea para servirla: a los 25 años ya era un rico banquero y en los años 50 se calculaba que tenía la novena fortuna de América. La hija mayor de Honey Fitz, Rose Fitzgerald, aportaba una dote valiosísima, la influencia política de su padre, dueño del decisivo voto irlandés de Massachusetts, que sería la base del poder de la familia Kennedy-Fitzgerald. Además, era una mujer de hierro que tendría nueve hijos y viviría más de 100 años, creando así una familia numerosa, que también es un factor de fuerza.

Joseph Kennedy mantuvo cordiales relaciones con Franklin D. Roosevelt desde la Primera Guerra Mundial, cuando este era secretario de Marina y Kennedy se enriquecía con la construcción naval. Joseph Kennedy concebía las relaciones amistosas o familiares como un instrumento para obtener beneficios; recaudó o puso de su bolsillo grandes sumas para la primera campaña presidencial de Roosevelt que, tras su triunfo y cumpliendo su programa, abolió la Ley Seca. Inmediatamente Kennedy, asociado con el hijo de Roosevelt, fue a Escocia y logró la exclusiva para distribuir en EEUU las primeras marcas de ginebra y whisky escocés. Lo más curioso es que durante la Prohibición Kennedy también había hecho negocios con el alcohol ilegal, según confesó el gánster Frank Costello. Esta versatilidad para salir ganando en una circunstancia y la contraria, define al personaje de Joseph Kennedy.

Roosevelt pagó directamente su apoyo electoral creando para él un importante organismo de la Administración, la Comisión de Bolsa y Valores, para controlar las transacciones. La información privilegiada a la que tenía acceso le permitió a Joseph Kennedy ganar millones especulando en bolsa. Sin embargo Kennedy aspiraba a mucho más, quería convertirse en el delfín de Roosevelt y sucederle en la Casa Blanca.

En 1938 el presidente le nombró embajador en Londres. En el inicio de la Segunda Guerra Mundial no había puesto más importante en la política exterior norteamericana. El apoyo de Estados Unidos era la única esperanza de salvación para Inglaterra, y su embajador era como el enviado de Dios. Las puertas de la más exclusiva alta sociedad se abrieron para estos descendientes de irlandeses muertos de hambre. Si de los hijos varones de Joseph se esperaba que hicieran carrera política, de las chicas se esperaba que contribuyeran al poder familiar con buenos matrimonios (ver recuadro), y Kathleen, la hija mayor, cumplió con su deber casándose con el marqués de Hartington, heredero del ducado de Devonshire, uno de los títulos más importantes del reino.

Sin embargo las buenas posiciones ganadas en Londres se echaron a perder cuando Joseph Kennedy cometió el único error de su maquiavélica vida. Desde su llegada a Europa había mostrado una tolerancia con Hitler que rayaba en la simpatía, y a mediados de 1940, cuando Alemania se hizo dueña de Europa y bombardeaba sin piedad Inglaterra, Joseph Kennedy dio a Hitler por ganador y lo dijo en voz alta. “La democracia se ha terminado en Inglaterra”, fue la frase del embajador que escandalizó a ambos lados del Atlántico, dando por hecho el triunfo nazismo y pidiendo que Estados Unidos pactara con él.

Ese fue el final de la carrera política de Joseph Kennedy. Cesó en su cargo y regresó a América a un ostracismo político que la entrada de su país en guerra hizo vitalicio. Ningún amigo de Hitler podría aspirar a ganar unas elecciones. Pero Joseph Kennedy era un hombre de recursos: llegaría a la Casa Blanca a través de sus hijos.

El designado para curar la frustración de su padre sería naturalmente el primogénito, Joe Junior, al que sus hermanos deberían apoyar en las elecciones, servir en el Gobierno y, eventualmente, suceder en la presidencia. Joseph diseñó la carrera pública que debía seguir Joe Junior. Apoyó la relección de Roosevelt en 1940, aunque ya se había producido la ruptura, a cambio de que el presidente respaldara a su hijo para gobernador de Massachusetts en 1942. Pero el pacto no pudo cumplirse porque Estados Unidos entró en guerra y Joe se alistó como piloto. Tenía que aprovechar el conflicto para convertirse en héroe de guerra, un importante activo electoral. Su carrera política fue pospuesta hasta 1946, con la vista puesta en el escaño de diputado por Massachusetts que había ocupado su abuelo Honey Fitz.

Desgraciadamente, tampoco este plan se llevaría a cabo, en 1944 el avión de Joe desapareció en el mar. Ni siquiera pudieron encontrar su cadáver para darle un entierro de héroe. La tragedia de la familia Kennedy comenzaba con redoble de tambor, aunque poco antes había habido un prólogo en piano, algo que había desatado la venganza del destino contra la estirpe: la lobotomía de Rosemary.

La maldición.

Rosemary era la mayor de las chicas y el garbanzo negro de la espléndida prole de Joseph Kennedy. Fue una niña retrasada y al crecer sufría violentos cambios de humor que revelaban un trastorno bipolar. Mantenía la intensa vida social que correspondía a su rango, pero también se iba con cualquier chico que le gustara aunque fuera un don nadie. En 1941 le practicaron una lobotomía que la redujo a un estado infantil, incapaz casi de hablar. Su padre la encerró en un asilo para ricos y no volvió a hablar de ella, como si fuera una vergüenza. Pasaron casi 30 años antes de que su hermana Eunice fundara en su memoria Special Olympics.

La maldición que, como en una tragedia griega, se abatió sobre los Kennedy, no se conformó con Joe Junior. La exitosa Kathleen, que había sustituido a su noble marido muerto en la guerra por un novio de similar prosapia, el VIII conde de Fitzwilliam, murió también en un accidente de avión en 1948. Luego vendrían los asesinatos que cortaron las brillantes carreras de JFK y de Bob. El pequeño y único superviviente de los varones, Ted, creyó burlar la venganza del destino cuando su avión se estrelló, pero lo sacaron con vida de entre los restos. Sin embargo el hado le esperaba en Chappaquiddick en 1969: tras una juerga de alcohol y sexo en la genuina tradición Kennedy, conduciendo en malas condiciones Ted provocó la muerte de la chica que iba con él, y eso arruinó las posibilidades de ser elegido presidente que había heredado de sus hermanos muertos violentamente.

La maldición alcanzó a la siguiente generación. Dos hijos de Bob murieron jóvenes, uno por sobredosis de droga y otro en accidente de esquí. Y en 1999 John-John, el único hijo varón del presidente Kennedy, brillante abogado y periodista, “el hombre más sexy de América”, que, siguiendo las huellas de su padre se había acostado con Kim Basinger, Madonna, Brooke Shields y Daryl Hannah, y se esperaba que un día compitiera por la Casa Blanca, estrelló en Martha’s Vineyard el avión que pilotaba, matándose con su mujer y su cuñada.

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