El ‘comando Rubalcaba’

20 / 11 / 2006 0:00 Carlos Fonseca (Con información de Alejandrina Gómez, María Jesús Güemes y Carolina Martín)
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Su habilidad para tocar todos los palos y desenvolverse en cualquier situación le han convertido en el ministro más poderoso del Gobierno.

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Otra vez el 11-M

Lleva veinte años en primera línea política sorteando todo tipo de dificultades. Es, como dice el tópico, un político incombustible. Brillante en el discurso y astuto en la negociación, hasta sus enemigos le reconocen una capacidad innata para el debate y el acuerdo aun en las situaciones más complejas. Ha sobrevivido a situaciones de crisis y a batallas internas en su partido, de las que ha salido siempre reforzado. El comando Rubalcaba, como se le conoce por su habilidad para tocar todos los palos y desenvolverse en todas la situaciones, se ha convertido en uno de los hombres clave del Gobierno como responsable de la gestión del proceso de paz y del problema de la inmigración ilegal, dos cuestiones en las que el presidente Zapatero ha depositado buena parte de su patrimonio político.

Su autoridad le ha convertido en uno de los miembros del núcleo duro del presidente, con capacidad para influir en sus decisiones. Como tal participa en los maitines de los lunes en Moncloa con la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega; el secretario de Organización del partido, José Blanco, y el secretario de Estado de Comunicación, Fernando Moraleda, a los que ahora se ha sumado Diego López Garrido como portavoz parlamentario. Un privilegio que no tuvo su antecesor en Interior, José Antonio Alonso. En Presidencia cuenta también con el respaldo de José Enrique Serrano, director del Gabinete de Zapatero, que ya ocupó el mismo puesto con Felipe González.

Encuentro

A punto de cumplirse seis meses de su nombramiento como ministro y otros tantos del alto el fuego, el Gobierno y ETA ultimaban la semana pasada un encuentro formal de sus delegaciones, después de que el pasado julio tuviera lugar una “reunión técnica”para preparar el mismo. El “momento trascendental” al que días atrás se refirió el presidente Zapatero, que espera que la cita sirva para desbloquear la situación de impasse que ha vivido el proceso de paz durante el verano y de cuyo contenido se comprometió a que el ministro del Interior informe a finales de este mismo mes en la Comisión de Secretos Oficiales del Congreso.

Alfredo Pérez Rubalcaba se ha rodeado de un reducido grupo de personas dentro y fuera del departamento para trabajar en la fontanería del proceso. El grupo lo encabeza su jefe de Gabinete, Gregorio Martínez Garrido, experto en relaciones internacionales, a quien el ministro conoció durante la campaña electoral de Trinidad Jiménez a la Alcaldía de Madrid en las municipales de 2003. Un año después fue nombrado coordinador de la Secretaría de Relaciones Internacionales del PSOE, y en junio de 2005 volvieron a coincidir en el comité de campaña del referéndum de la Constitución Europea.

Equipo

Su otro hombre de confianza es Antonio Camacho, secretario de Estado de Seguridad, pese a que no se conocían hasta la llegada de Rubalcaba al Ministerio. “Han encajado perfectamente y su relación es inmejorable”, dicen fuentes del departamento. El número dos de Interior ha cedido la coordinación de Policía y Guardia Civil a Joan Mesquida, que la semana pasada tomó posesión como mando único de ambos Cuerpos, pero ha asumido la recién creada Dirección General de Relaciones Exteriores y la de Instituciones Penitenciarias. El triunvirato lo completa el propio Mesquida, que procede del equipo de José Bono en Defensa y tras hacerse cargo de la Guardia Civil en sustitución del general Carlos Gómez Arruche, ha desplazado también al de la Policía, Víctor García Hidalgo.

Su principal contacto con los socialistas vascos es desde hace años Rodolfo Ares, secretario de Organización y, como Rubalcaba, portavoz parlamentario en la Cámara de Vitoria en la anterior legislatura, con quien le une una relación de amistad. “Tienen un carácter muy parecido, hasta el extremo de que Ares es una especie de Rubalcaba vasco”, señalan fuentes del PSE, que aseguran que el ministro mantiene una relación fluida con Jesús Eguiguren, presidente del PSE y protagonista de los contactos con Batasuna, y con Patxi López, secretario general.

Convencido de que el PNV debe tener un papel destacado en el final de ETA, su relación con Josu Jon Imaz es excelente. “Siempre se han arreglado muy bien. Ambos son químicos y entre ellos hay química”, corrobora un colaborador del líder del PNV. Un entendimiento que esta legislatura se ha ampliado al portavoz peneuvista en el Congreso, Josu Erkoreka,“ hoy en día el político que mejor interpreta el discurso ideológico de Imaz”.

Su protagonismo en el tema vasco no es nuevo. Se remonta a la etapa en que su partido estaba en la oposición. Durante la tregua del año 1998 fue uno de los interlocutores con el entonces Gobierno del Partido Popular en materia antiterrorista. Javier Zarzalejos, secretario general de la Presidencia, y Jaime Mayor Oreja, ministro del Interior, se entrevistaron con él en numerosas ocasiones y pactaron, entre otras cuestiones, el acercamiento de un centenar de presos de la banda para afianzar el alto el fuego.

La experiencia acumulada en aquellos años fue un valor que Zapatero tuvo en cuenta nada más llegar a la Secretaría General del partido en julio de 2000, y le pidió que continuara ejerciendo la misma labor. Unos meses más tarde PSOE y PP suscribieron el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo, y los socialistas dieron su respaldo a la Ley de Partidos y a la ilegalización de Batasuna. La colaboración en materia antiterrorista entre ambos partidos marchaba viento en popa. Era una cuestión de Estado que quedaba al margen de la refriega política, aunque Rubalcaba, contra la opinión de algunos compañeros y del entonces líder del PSE, Nicolás Redondo Terrero, discrepaba de la estrategia de la confrontación con los nacionalistas que proponían los populares para desalojar al PNV del poder.

El hombre del 11-M

Los atentados del 11-M acabaron con aquella etapa y le convirtieron en la bestia negra de los populares. “Merecemos un Gobierno que no nos mienta. Un Gobierno que diga siempre la verdad”, sentenció Rubalcaba cuando el presidente José María Aznar y su ministro del Interior, Ángel Acebes, contemporizaban con la posible autoría de ETA y numerosos ciudadanos se congregaban ante la sede del PP en la calle Génova para exigir la verdad, convocados a través del teléfono móvil con la consigna de “pásalo”. El inesperado vuelco electoral alimentó una especial inquina hacia quien los populares culparon de haber instigado las manifestaciones en la jornada de reflexión electoral. Recibió llamadas telefónicas amenazantes, hicieron pintadas en su domicilio y le rayaron el coche, en unos días que recuerda como los peores momentos personales desde que está en la política.

La semana pasada tuvo que hacer frente en el Congreso a la última andanada del PP a cuenta de los atentados de los trenes de la muerte y la teoría de la conspiración, según la cual no hay que descartar la implicación de ETA en los mismos e, incluso, la complicidad de los aparatos de Seguridad, en una operación orquestada con los socialistas para vencer en las elecciones del 14 de marzo de 2004.

Desde aquel episodio ha sido habitual que ni Mariano Rajoy ni Ángel Acebes permanezcan en sus escaños durante sus intervenciones, salvo cuando se debaten asuntos de gran calado político. Su nombramiento el pasado abril como ministro del Interior fue recibido con una batería de descalificaciones. “Rubalcaba es el mejor representante de la política de conseguir cualquier objetivo como sea y el peor interlocutor para acabar con ETA. Es poner la zorra a cuidar las gallinas”, dijo Ángel Acebes.

“Su designación como ministro fue un accidente provocado por el inesperado relevo de José Bono como ministro de Defensa y su sustitución por José Antonio Alonso, que hasta ese momento era titular de Interior –dijo a esta revista uno de sus colaboradores–. El presidente le llamó a la Moncloa, le ofreció la cartera y le dio media hora para decidirse. Aceptó porque es un hombre de partido, pero su nombramiento no tiene nada que ver con el proceso de paz, en el que ya ejercía un papel destacado”.

Un corredor de fondo

Hasta llegar hasta lo que hoy es ha recorrido un proceloso camino que le define a la perfección como político. Fue hombre de confianza de Felipe González, que le hizo ministro por primeva vez, y también de su sucesor, Joaquín Almunia. Apostó por José Bono en la batalla con José Luis Rodríguez Zapatero por la Secretaría General del PSOE, y pese a la derrota el vencedor le incorporó a su equipo. Algunos dirigentes de la nueva hornada le recibieron con recelo porque veían en él al último representante de la vieja guardia del partido a la que habían derrotado en el 35 Congreso. Esta condición hizo que se convirtiera en la bisagra de José Luis Rodríguez Zapatero con Felipe González y en una vía de relación del nuevo líder con el grupo PRISA, en el que Rubalcaba tenía y tiene excelentes relaciones.

“Es cierto que perteneció a la vieja guardia y que apoyó a Bono, nunca lo ha negado –dice un miembro de su equipo–, pero por edad, tiene 55 años, está más próximo a la nueva dirección que a la de aquella época. El ex presidente o Javier Solana, por poner dos ejemplos, sobrepasan los sesenta”. Justificaciones al margen, lo cierto es que en los últimos seis años, los de la irresistible ascensión de Zapatero, ha acumulado poder y apoyos. Como portavoz parlamentario ha sido el artífice de los acuerdos que han dado estabilidad a un Gobierno en minoría, y ha negociado y sacado adelante en el Congreso los principales proyectos del Ejecutivo, desde la Ley Orgánica de Educación (LOE) al Estatuto de Cataluña.

Su capacidad para trabajar en varios frentes quedó demostrada la última jornada en que ejerció como portavoz parlamentario antes de tomar posesión como ministro. Ese día el Grupo Socialista en el Senado debatía la posibilidad de aceptar las enmiendas que PP y CiU habían pactado para desmontar parte del articulado de la LOE que Rubalcaba había negociado durante un año con los socios parlamentarios del Gobierno. Joan Puigcercós, su interlocutor de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), le llamó por teléfono irritado por lo que consideraba una traición consumada cuando estaba a punto de abandonar el barco. “Mira, te lo comento de buen rollo, pero si aceptáis las enmiendas vamos a votar en contra de la ley, no asistiremos a la entrevista que tenemos con el presidente en Moncloa y, además, os vamos a poner a parir. ¡Qué coño es esto!”, asegura Joan Puigcercós que le dijo.“Se puso manos a la obra y al día siguiente el PSOE las rechazó”.

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