La Caballé cumplió 75 años diciendo que morirá en el escenario
La mejor voz del siglo XX sigue en activo y con planes para seguir grabando, mientras el Dúo Dinámico celebra doscientas representaciones de su musical.
Jesús Mariñas
18/04/08
Buen 75 aniversario, su primer mano a mano pero con ayes de dolor. Algo inédito en la dilatada carrera de Montserrat Caballé, una circunstancia inesperada con parón forzado por una piedra – “pedrusco”, dice ella– en el riñón que no acaba de soltar: “Parece que está parada pero no hay manera de pulverizarla, es cuestión de paciencia”. A la diva no le falta y acepta lo irremediable como mandato del destino. Un stop que causa regocijo entre los suyos, que siempre le recomiendan que vaya menguando la actividad como el tumor cerebral –afortunadamente extinguido o inactivo– le impuso en 1984 tras un concierto en la Casa Blanca para el rey Fahd. La convidó Reagan y durante toda su actuación padeció un goteo nasal que atribuyó al frío, Washington estaba con nieve de medio metro. Creyó que se habría constipado al trasladarse en coche desde Nueva York, allí la reconocieron y recomendaron inmediato internamiento. “Mejor mañana para prepararlo todo”, dijo ella y a la mañana siguiente, cuando debía ser hospitalizada, voló a Barcelona para someterse a consulta de su equipo médico. Había dos opciones, o intervenían desde el cráneo, con posibilidad de afectar al cerebro, o levantarle parte de la cara perdiendo la resonancia imprescindible en una cantante. Desmoronada, la vieron en Viena, donde recomendaron un tratamiento “a ver qué pasa”. Funcionó y ahí sigue como la última diva considerada por la crítica “la mejor voz del siglo XX”. Cumpleaños feliz en su céntrica residencia barcelonesa, ya superado el trance rompedor del corto matrimonio de su hija Montsita que ahora ensaya Gianni Schicchi. El primogénito sigue trabajando en Nueva York en un despacho de economistas: “Me encantaría ser abuela, pero parece que no va a ser de momento. A estas alturas sólo aspiro a llegar a mis bodas de oro matrimoniales, faltan seis años. Con eso me conformo”.
In mente y casi a punto de comenzar tiene la grabación de un disco de flamenco del que no adelanta nada. Hace años ya intentó algo similar, una serie de vocalizaciones sobre versos de Gala, con el poeta andaluz tan triunfador como novelista y autor dramático. Toda una vida la que repasamos, como anteriores conmemoraciones en Roma (el medio siglo con audiencia especial de Juan II), los 60 en París donde su Ópera cobijó un concierto, diez años después sería Hamburgo y ahora, anclada por una de sus incesantes dolencias –otra piedra en el camino– celebración doméstica que no realizaba desde hace un cuarto de siglo. Le sabe a poco, en ella no hay añoranzas: “Toda mi vida tuve por máxima que no hay que mirar atrás. De ahí que siempre rechazase regrabar óperas que ya había hecho. Nunca quise competir conmigo misma. Cada tiempo tiene su ritmo y la voz se adecua”.
Es una buena filosofía casi credo de vida, Montserrat.
Yo lo he tenido. Eso, y paciencia. Es la clave del éxito, si encima gozas con el trabajo. Paciencia, perseverar y disfrutar.
¿Y mañana?
Mañana siempre es mejor que hoy y si no, que no sea peor.
¿Repasamos nombres de su longeva carrera artística que llena toda la mitad del pasado siglo extendiéndose hasta hoy?
Cuando quiera.
¿Karajan?
El mejor de los directores. Tenía respeto a la voz y la expresión. Fue el maestro supremo.
¿Solti?
Raro: cuando Plácido y yo grabamos La Bohème, arrinconó nuestras músicas y nos dio otras. Empezamos por el tercer acto, tras afirmar que no quería lo tradicional. Fue una Bohème buena pero rutinaria.
¿Abbado?
Un maestro de la expresión del autor. Tiene la mano rota.
¿López Cobos?
Ah, estupendo. Carece de la rigidez de brazo de algunos.
¿Muti?
Es el maestro que tiene la manía –no sólo suya– de terminar las obras antes que Toscanini. Enamorado de la brillantez, logró lo contrario en Los puritanos, que era un Bellini.
¿Bernstein?
Fantástico, fantástico. Hacíamos un dúo entre mi brazo y mi voz. El que mejor me dirigió en Strauss.
Vamos con los cantantes: ¿Su marido, Bernabé Martí?
Era el tenor de los agudos. No se le resistía ninguno, hasta que cantando Norma en París tuvo una hemorragia que le obligó a retirarse.
¿Bergonzi?
Gran cantante de técnica espléndida. Y magnífico colega.
¿Plácido Domingo?
Casi empezamos juntos. Es el tenor con el que más he sentido sobre el escenario. Compusimos un gran matrimonio musical, había desacostumbrada comunión entre nosotros y las voces.
¿Pavarotti?
Gran amigo en la vida y en el teatro. Te sentías protegida porque siempre estaba pendiente de ti, incluso si se te enredaba la cola del traje. Muy generoso acaso por su facilidad de voz y expresión.
¿Josep Carreras?
¡Mi niño…! Debutó a mi lado en 1970. Es un cantante excepcional que sigue emocionándome. La otra tarde, buscando unas canciones de Puccini que él grabó, no resistí la pasión que pone. Es como un hermano pequeño.
¿El actualísimo Juan Diego Flórez?
Es una maravilla como cantante, por la voz que tiene y la manera en que lleva su carrera, programando siempre lo que le corresponde. Una persona muy noble, un poco infantil y muy generoso.
¿Algún personaje se le resistió?
La Electra de Strauss: me la ofrecieron en el Metropolitan neoyorquino, pero no era el tiempo. Años después pude hacerla en Grecia, pero ya no me atreví. Con la Isolda siempre creo que me equivoqué o no di lo que el personaje se merece. Incluso lo consulté con Kleiber, que acaba de grabarla no recuerdo con quién. Él me animó: “No sólo tiene que ser voluminosa, sino una lírico-dramática”, me advirtió. Eso me animó, pero siempre creí que no estuve a la altura. Isolda era el sueño de mi vida. Sin embargo, y pese a tal insatisfacción, algunos escribieron que fui una Isolda ideal y lo que Wagner pedía: no sólo gritos sino cante.
Va de celebraciones
Los 75 de la Caballé y doscientas representaciones de Quisiera ser, un musical que el Dúo Dinámico hizo al estilo del Hoy no me puedo levantar, de Mecano. Nostalgia actualizada y Manolo –ya superado el cáncer de páncreas de hace un año– y Ramón dándole a sus temas representativos de estilo y época. Platea con churras y merinas: desde una Sara Montiel entonando el Resistiré a Lidia Bosch haciendo palmas cuando suena La, la, la, Esperanza Roy autodefiniéndose como “la babilónica” –por como canta el Ay va... de La corte del faraón–, la restablecida María José Millán, feliz por el éxito de Josema en su parodia del terror gótico, o una Marlene Morreau “refugiada en mis vinos –más bien viñedos, no es que beba– ante la carestía televisiva actual”. De tal se quejaba “y por eso vivo de mis rosados Côte de Provence en espera de tiempos mejores. A tales lamentaciones artísticas se unía Malena Gracia, tristísima por no ser candidata al eurofestival del chikichiki: “Estoy segura de que haremos el ridículo, a quién se le ocurre”, lamentó ante la madura galanura de Manolo Zarzo cerca de una imponente y adelgazadísima Silvia Jato con el pelo muy recortado. Mano sobre mano, las ve venir. Pero tiene paciencia y no desespera tal la Terele Pávez que justificó su para algunos desarraigo tras ese vídeo casi pidiendo en la calle. Convenció con sus argumentaciones, pero no con un físico muy cambiado al que captaron las cámaras documentadoras, donde se la vio envejecida, abandonada y con el pelo grisáceo, mientras en su exculpación estaba perfectamente peinada y teñida. Era otra mujer, más acorde con las cuarentonas a quien Marta Robles dedicaba su libro muy para pijas. Hembras en la cuarentena un poco al aire de Ana Duato y una casi extinta Carmen Posadas, socialmente reaparecida en este bautismo nada que ver con las coplas recuperadas –¿destrozadas?– por Plácido Domingo en una presunta antología de Quintero, León y Quiroga. Le dio al tango, también a las rancheras y ahora lanza lo que bordaron voces como Juana Reina, La Piquer y Rocío Jurado. Mal están los experimentos y sólo Caballé salió indemne –y triunfante– con su mítico ¡Barcelona, Barcelona!, luego continuado con Hijo de la luna transformado por ella en hit mundial. Los tenores hacen versiones particularmente melífluas y líricas, desvirtuando lo que hay de canción popular. Caballé es una rara excepción como en su longevidad artística, igual que la saga Flores se perpetúa, continúa y engrandece con Elena Furiase, la mayor de Lolita, dale que te pego a series televisivas. Pocas lograrán la dilatada carrera de Montserrat que, erre que erre, me dice a modo de resumen, adiós y estímulo: “Moriré con las botas puestas y sobre un escenario”.
Que así sea.