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El orgullo de Nueva York
El Empire State Building cumple 75 años. Además de una proeza, construirlo demostró el empeño americano por superar la Gran Depresión. Hoy recibe cuatro millones anuales de turistas.
Gustavo Valverde (Nueva York)
15/05/06
La fantasía de los enamorados de media América es fotografiarse en el Empire State Building el Día de San Valentín. Este gran ídolo de Manhattan, en su día el rascacielos más alto del mundo, destacó desde el principio por su esbelta gracia, su depurado estilo arquitectónico y su fortaleza, pero tras su inauguración, en 1931, se convirtió además en símbolo de la pujanza económica de Estados Unidos cuando salía de la Gran Depresión.

En su 75 cumpleaños, el perfil iluminado de sus 102 pisos sigue siendo el símbolo más emblemático de la ciudad de los rascacielos, polo de atracción para los 70 millones de turistas que han acudido a visitarlo con la misma curiosidad que despiertan las pirámides de Egipto, la francesa Torre Eiffel o la Gran Muralla china.

La construcción
9.000 inmigrantes recién llegados de Italia, Irlanda o Alemania, junto a cientos de indios mohawk, contratados por su inmunidad al vértigo, realizaron la proeza hercúlea de levantarlo en un año y 45 días exactos. Fueron jornadas intensas sin horas extraordinarias, de 8 de la mañana a 4 de la tarde, para ir elevando el esqueleto de acero, con vigas todavía calientes salidas de las fundiciones de Pennsilvania, que llegaban en cientos de camiones para hacer crecer la mole a un ritmo de un piso por día. Carpinteros, forjadores del hierro y albañiles trabajaron sin descanso con lluvia, viento y nieve en invierno, y con temperaturas de hasta 40 grados en verano. Sólo paraban media hora para comer. Encaramados en tablones y vigas, se reunían al final de la jornada para jugarse a las cartas sus salarios (2 dólares por hora, los más cualificados) mientras vaciaban jarras de cerveza y miraban con ansiedad a los cientos de desocupados que hacían cola para sustituir a los heridos.

“Está a prueba de ataques similares al 11-S”, opinan los arquitectos pensando en las 60.000 toneladas de acero del entramado de vigas que sostiene el Empire. Con tal cantidad de hierro se podría construir una línea de ferrocarril desde Nueva York a Baltimore, aseguraron el arquitecto, Wally Lamb, y el constructor, William Sarret, para quien el proyecto fue “lo más parecido a preparar una guerra”. Tal “monstruo”, como lo definieron algunos críticos, causó cierta aprensión entre los primeros visitantes, que hoy pasan de cuatro millones al año.

Símbolo
El Empire costó 40 millones de dólares de la época, una ganga por la abundancia de mano de obra que generó la Gran Depresión. En sus 102 pisos hoy trabajan unas 9.000 personas, además de las 150 que requiere la limpieza nocturna de oficinas, pasillos y ascensores. Bajar a paso normal sus 1.860 escaleras lleva media hora y subirlas se ha convertido en una tradicional competición que se celebra cada año.

Hollywood se enamoró rápidamente del monstruo, escenario de filmes tan célebres como el King Kong de los años 30, o Tú y yo (1957), con Deborah Kerr y Cary Grant. En 1945, una tragedia real superó a la ficción cuando un bombardero B-25 se estrelló contra la fachada norte del edificio por la niebla y perforó el piso 70, tres días antes de concluir la II Guerra Mundial. El incendio que provocó el impacto causó 14 muertos, 9 de ellos en la torre.

Los suicidios no podían faltar en la crónica negra del Empire, que atrajo irresistiblemente a quienes querían despedirse del mundo “por todo lo alto”. En los primeros veinte años lo consiguieron 30, pero desde 1947 las ventanas y las terrazas se cerraron con enormes vallas y docenas de vigilantes. El último suicida que escogió este trampolín para abandonar este mundo lo hizo en 2004.

Belleza arquitectónica
Hoy, el Empire State Building ya no bate ningún récord de altura, pues otros ocho rascacielos a lo largo y ancho del mundo lo superan. No cabe decir lo mismo de su romántica historia y su belleza arquitectónica. Su elegante Art Déco americano, la proporción y el espacio de su interior, la mezcla de bronces y metales dorados con el bellísimo mármol italiano de techos y suelos, muy parecidos a los del Rockefeller Center o el Hotel Waldorf Astoria, lo han convertido en la joya de la corona de Manhattan.

Miradores entre nubes
Rockefeller Center
Si existe un icono neoyorquino que pueda emular al “Empire” en belleza arquitectónica y atractivo es el Rockefeller Center, el otro imán de la urbe de los rascacielos por su arte, monumentalidad y vitalidad. Un complejo de 18 edificios interconectados por pasadizos subterráneos cuyas torres albergan empresas. Entre ellas, el viejo edificio de Time-Life, el de la RCA y la cadena de televisión NBC, o el turístico Radio City Musical Hall, que cuenta con 6.000 asientos de aforo para ver a las célebres Rockettes. El vestíbulo del edificio de la RCA exhibe los murales del catalán José María Sert, que inmortalizan el capitalismo y el progreso humano. Sus diseños “taparon” el mural encargado a Diego Rivera, que la familia Rockefeller consideró revolucionario.
Time- Warner Center
En Columbus Circle, junto a Central Park, el complejo de Time- Warner costó 1.600 millones de dólares. Un tercio de sus dos torres, de 68 y 58 pisos, lo ocupa el conglomerado mediático AOL-Time- Warner. También está ocupado por un hotel de 250 habitaciones, el Mandarin Oriental, y apartamentos de lujo (12 millones de dólares los medianos). Todo con fachadas de cristal que permiten contemplar un panorama único. En la quinta planta está la catedral de la comida “made in USA”, el restaurante Per Se. El menú degustación, 180 dólares. Las reservas, con dos meses.

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