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Cultura y Sociedad
LA IRREVERENCIA RELIGIOSA TODAVÍA LEVANTA AMPOLLAS
Prohibido blasfemar
Miles de musulmanes claman contra unas caricaturas que consideran blasfemas. ¿Y aquí? Grupos radicales se querellan contra expresiones culturales que, según ellos, agraden sus creencias.
José María Goicoechea
13/02/06
Aparece en La Regenta, la novela de Clarín, un grupo de intelectuales de la ciudad de Vetusta quienes, por anticlericales, tenían como costumbre reunirse a cenar el día de Viernes Santo para comer... carne, por supuesto. Se trataba de molestar a la Iglesia católica mediante la conculcación de uno de sus preceptos. Ciento veinte años después, la provocación religiosa, la blasfemia, sigue funcionando; es decir, sigue dando lugar a reacciones airadas por parte de algunos creyentes. Que se lo digan al cómico Leo Bassi.

El llamado Centro Jurídico Tomás Moro se ha querellado contra el actor italofrancés por supuestas ofensas a los sentimientos religiosos en su obra La revelación, que se representa en el madrileño Teatro Alfil. “Estoy sorprendido –explica Bassi–, este espectáculo ha estado de gira por España, Francia, Italia, Alemania, Holanda, Portugal, y no ha pasado nada. Es un homenaje a la Ilustración... No hago nada raro con la cruz”. Leo Bassi se viste de Benedicto XVI y habla, critica aspectos de la Iglesia católica y defiende su manera de pensar: “No creo en Dios”.

Educación y creencias
“La blasfemia es una injuria a Dios –recuerda el escritor Antonio Álamo– y para blasfemar hay que ser creyente”. Álamo es el actual director del Teatro Lope de Vega de Sevilla, dramaturgo y novelista. Hace un par de años publicó Nata Soy (al revés se lee Yo Satán), una novela sobre un Papa que hace tambalearse la estructura de su curia por unas extrañas decisiones. La historia acaba de ser llevada al teatro.

Efectivamente, la blasfemia es cosa de creyentes o, al menos, de quienes han sido educados en esa fe. Cagarse en lo más sagrado es habitual en las calles y campas del muy católico País Vasco, por ejemplo. En León, en los grises años cincuenta, un grupo de heterodoxos puso en pie la leyenda de san Genarín, un pellejero que murió atropellado por el primer camión de la basura de la ciudad, el Jueves Santo de 1929. Era una burla de la estricta Semana Santa de los tiempos del nacionalcatolicismo. De Genarín hay evangelio apócrifo y lista de sus milagros, como por ejemplo el “inmerecido ascenso de la Cultural y Deportiva Leonesa a Primera División”. Durante el franquismo, cuando la blasfemia podía tener peores consecuencias, el Entierro de Genarín, en Jueves Santo, se mantuvo en secreto. Con la llegada de la democracia, fue perdiendo ese espíritu transgresor.

Antonio Álamo cree que la blasfemia, en sentido estricto, “es pobre como recurso artístico”, pero sí le encuentra sentido al uso de cierta provocación religiosa: “Es válido, necesario y hasta enriquecedor, y más cuando ese juego implica una cierta crítica sobre el poder religioso. No hay que olvidar que la religión es un poder”.

Antonio Álamo dice que le parece “naif” la querella contra Leo Bassi: “Estimo su inteligencia y su buen hacer escénico, y no creo que pueda ofender tanto al público como el actual Papa ofende a la inteligencia. Y no creo que lo haga con un sentido comercial”. Recuerda el caso de otro autor teatral, Íñigo Ramírez de Haro, quien, que hace un año y medio, sufrió también las denuncias del Centro Tomás Moro por su obra Me cago en Dios: “Íñigo no lo pasó bien”. Efectivamente, porque a él incluso llegaron a agredirle. “La historia de la cultura es la historia de la provocación, que no significa más que hacer cosas nuevas frente al conservadurismo –cuenta Ramírez de Haro–. Veo con asombro que se hable de que frente a los violentos islamistas están los pacíficos cristianos, a mí, en nombre de Cristo Rey, me han dado de hostias”.

El cantaor flamenco José Domínguez, El Cabrero, actuaba en Alcolea, Córdoba, una noche del verano de 1980. Le falló la voz, y una parte del público comenzó a increparle. El Cabrero se enfadó y se marchó del escenario diciendo “me cago en Dios”. Le denunciaron por escándalo público, fue juzgado y condenado a dos meses de prisión por un delito de blasfemia. Ingresó en prisión en octubre de 1982. Hasta el arzobispo de Sevilla, el recientemente papable Carlos Amigo Vallejo, solicitó el indulto del cantaor al entonces ministro de Justicia, Pío Cabanillas.

Nostalgia
Durante tres meses de 1985 estuvieron unos beatos rezando a la puerta de los cines Alphaville, de Madrid, porque se proyectaba la película de Jean- Luc Godard Je vous salue, Marie (Dios te salve, María), que ellos consideraban blasfema. Hace más de veinte años de esto, pero esa clase de incidentes, visto lo visto, mantienen cierta actualidad.

“Los religiosos, como llevan 2.000 años con el poder absoluto, se resienten de estas pocas décadas sin teocracia, hay nostalgia. Todavía pretenden reivindicar ese pasado teocrático, cuando al que no pensaba igual que ellos se le asesinaba. Ahora se denuncia y se pega”, dice Íñigo Ramírez de Haro. Las denuncias que sufrió su obra se quedaron en nada, pero ocurrió algo llamativo con la demanda por agresión que él (junto a un actor y uno de los técnicos del teatro) interpusieron. Una jueza condenó a los agresores a pagar sendas multas de 60 euros y dijo que había que entender la obcecación de éstos dado lo ofensivo del título, recuerda. “Pocas cosas hay tan parecidas a aquello de que la violaron porque iba provocando...”, dice.

Cita Leo Bassi a la Ilustración como referencia laica, y también lo hace Íñigo Ramírez de Haro, al oponer el “mundo laico, racional e ilustrado” a las “teocracias monoteístas”: “No puedes poner al mismo nivel la libertad de expresión y el no ofender a las personas; no son equiparables. Al final –dice– siempre se pide la censura”. Y uno de los peligros en los que se puede incurrir como consecuencia de estas presiones es la autocensura, en la que él se niega a caer.

Tiene Ramírez de Haro otra nueva obra escrita, Franco, ese santo. Hay productores que le han dicho que tendría éxito pero no la programan para no tener problemas. Hay también quien le ha asegurado que Franco ya no interesa a nadie. “Sí –exclama el dramaturgo–, por eso hay que quitar sus estatuas por la noche”.

Una creencia habitual es que se provoca para vender más. En el caso de Me cago en Dios recuerda su autor que solo sirvió para que la gente dejara de acudir a la función dado el clima violento que se creó. Leo Bassi ha tenido que recurrir a guardaespaldas.

Al principio de los años treinta –en el momento de cambio de régimen, de monarquía a república–, Enrique Jardiel Poncela publicó La tournée de Dios, una demoledora historia sobre la llegada de Dios a la tierra, un Dios absolutamente desconsiderado con sus criaturas, cruel, caprichoso. Algo había en el ambiente para que el escritor dedicara un largo prólogo a demostrar –lo consigue a medias– que “éste no es un libro antirreligioso”.

En 2005 todavía hay que explicar las razones de los actos creativos: “Yo quiero reivindicar el laicismo –ilustra Leo Bassi–, he hecho un espectáculo contra la izquierda y el mundo laico, por haber perdido estos valores”. ¿Qué es el laicismo? “Ser dueño de tu propio destino, ser libre para pensar y no tener tabúes”. Bassi ha hecho suya una frase de Voltaire, ejemplo del pensamiento ilustrado: “No estoy de acuerdo en nada de lo que dices, pero lucharé hasta la muerte por tu derecho a decirlo”.

Me cago en Dios es una expresión que se oye en la calle, fruto de la presión histórica católica –dice Íñigo Ramírez de Haro–. Si la presión islámica aumentara, yo utilizaría Me cago en Mahoma para un título”.
Leo Bassi




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