Michael Fassbender: adicto a la interpretación

14 / 03 / 2012 13:03 Antonio Díaz
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Shame es la cuarta película que Michael Fassbender estrena en España en menos de un año. Encarna a un yuppie que sufre una adicción al sexo, un papel que le valió la Copa Volpi en Venecia y le ha dejado a las puertas del Oscar.

El anuncio de los nominados a los Oscar viene frecuentemente acompañado de polémica. Este año, son tres los actores que han sufrido el desaire de la Academia: Leonardo Di Caprio, algo que ya casi es una tradición; Ryan Gosling, que ha protagonizado dos de los títulos del año -Drive y Los idus de marzo-, y la incipiente estrella Michael Fassbender. Respecto a este último, se ha construido toda una teoría relacionada con una parte de su anatomía. La prensa especializada parece coincidir en que su abrupta caída de la carrera hacia el Oscar -había sido nominado previamente a los Globos de Oro- se debe a su papel en Shame, en la que interpreta a un neoyorquino de clase alta adicto al sexo y donde su desnudo frontal ha dado mucho que hablar. El actor se somete a una extrema exposición psíquica y física -muestra sus genitales en pantalla- que le valió la Copa Volpi, el premio más preciado para un intérprete en el festival de Venecia, y la película ha sido aplaudida por la crítica en diversos certámenes. “Shame [vergüenza], nunca mejor dicho”, titulaba la prestigiosa Entertainment Weekly en relación a su omisión en los Oscar. “¿Ha sido su pene el culpable?”, se preguntaba Moviefone, un conocido portal de noticias, de manera más concreta.

Fassbender, nacido en Alemania en 1977 y criado en Irlanda, ha sido la gran revelación del año. En los últimos doce meses ha estrenado cuatro películas, y todas sus actuaciones han sido mayoritariamente bien recibidas. En 2011, el actor ha encarnado a Magneto en X-Men: primera generación, una profunda revisión de los mutantes de la editorial Marvel; ha puesto rostro y voz a Carl Gustav Jung, uno de los padres del psicoanálisis, en Un método peligroso, de David Cronenberg; y ha vestido la piel del ladino Rochester en la remozada adaptación del clásico Jane Eyre. Su trabajo podría haber sido considerado, incluso, para una nominación al mejor actor secundario, por eso la discusión en los mentideros oficiales de Hollywood está tan encendida.

Sociología de la vergüenza.

En septiembre asistió al Festival Internacional de Cine de San Sebastián subido a su propia moto. Había pasado casi un año entero rodando diversos títulos y se permitió tomarse unas vacaciones en compañía de su padre, con quien viajó desde Londres, su lugar de residencia, a Venecia, donde concurría Shame. De la ciudad italiana partió al festival de Sarajevo, y a continuación siguió recorriendo las autopistas de Europa hasta que recabó en la capital guipuzcoana. Allí explicó a Tiempo que no le preocupaba que la película recibiera en Estados Unidos la calificación de No recomendada a menores de 17 años, lo que supondría un obstáculo para su proyección en los cines de ese país, pero no dudaba en calificar el asunto de “ridículo”. “Es curioso que haya películas que obtengan una calificación más amable cuando muestran una cabeza cortada o cuerpos acribillados por miles de balas. En EEUU la violencia es más aceptable en pantalla que un pene”, señalaba a esta revista. 

En su opinión, Shame va más allá del sexo: “Trata de entender el mundo en el que vivimos y cómo nos relacionamos con el sexo. Es una película relevante e inteligente y es una idiotez negar el acceso a las pantallas, porque sería negar la realidad, lo que está pasando a nuestro alrededor. No creo que trate sobre el vacío, sino sobre la confusión y la ansiedad que genera esta sociedad. Nos han dicho que debemos comportarnos de una manera determinada todo el tiempo, que tenemos que conducir ese coche, llevar esas ropas, ver a esta clase de gente, ir a unos sitios determinados, comprar aquello, comer esto otro, y tenemos que estar disponibles todo el tiempo en el teléfono, en el correo electrónico, en Facebook, en Twitter. Hay un constante contacto, pero no es un contacto profundo o íntimo. La gente trata desesperadamente de lidiar con eso, es un ambiente demasiado intenso”, argumenta.

 

Shame es la segunda película que rueda a las órdenes de Steve McQueen, un cineasta londinense proveniente del mundo del videoarte. Su primer trabajo en común fue Hunger (2008), que recreaba el tira y afloja penitenciario entre las autoridades británicas y los presidiarios del IRA a principios de los años ochenta. Fassbender encarnaba a Bobby Sands, militante de la organización republicana que falleció en el transcurso de una huelga de hambre. Para interpretar a ese personaje perdió 14 kilos, llegando a pesar 59 al final del rodaje. El sacrificio le dio un nombre en la industria, pero también su espléndida interpretación, que sublimaba en un complejo diálogo en plano fijo de más de quince minutos de duración.

McQueen, una de las mayores promesas del cine británico, cuenta con él para su tercera película, Twelve years a slave. Y el actor solo tiene buenas palabras para describir su afinidad con el cineasta. “No puedo definirle en pocas palabras, tengo miedo de no hacerle justicia. Para mí es alguien muy abierto y muy honesto, y tiene el don de lograr que todo el equipo se implique para hacer juntos algo especial”, explica. Más allá del plano personal, Fassbender considera que McQueen es un abanderado de una manera de entender el cine. “Se hace preguntas necesarias todo el tiempo, como las que aborda en esta película. Estamos demasiado acostumbrados a que el cine nos meta la cuchara en la boca. Steve ofrece la posibilidad de que rellenemos los espacios vacíos. En su cine el espectador es el que se plantea las preguntas y el que tiene que buscar las respuestas”, opina.

Un actor al desnudo.

Tras Hunger vino Quentin Tarantino con un papel a su medida en Malditos bastardos (2009): el de un soldado británico de origen alemán enviado al Reich para capitanear un atentado contra Hitler. Desde entonces no ha parado, y 2011 ha sido su año. A las cuatro películas citadas se suma el rodaje de dos títulos más que estrenará en el presente año. El primero es Indomable, de Steven Soderbergh, en el que comparte reparto con Michael Douglas, Ewan McGregor y Antonio Banderas. El segundo está destinado a convertirse en un taquillazo el próximo verano. Se trata de Prometheus, el esperado retorno del director Ridley Scott (Blade Runner, Gladiator) al universo de ciencia-ficción que inventó en 1979 en la inquietante Alien: el octavo pasajero.

El pasado mes de septiembre en San Sebastián trató de zanjar cualquier polémica que pudiera generar su notable desnudez. “No me preocupa. No estoy vendiendo Michael Fassbender, la marca. No decido papeles en función de si son buenos para mi imagen. Mi trabajo es encarnar personajes para contar historias, lo que se piense sobre mí es irrelevante”. Y mostraba, de nuevo, esa filosofía profesional de la que parece haberse impregnado junto a McQueen: “Los gustos están cambiando, el público ve películas más ambiciosas, hemos atravesado un periodo de mediocridad y es normal que las audiencias se hartaran. La recesión ha provocado, por supuesto, muchas cosas malas, pero también proyectos interesantes, de bajo presupuesto, como Shame, que están generando grandes beneficios”.

Se niega a reconocer que sea su momento y el desprecio de la Academia de Hollywood ha reforzado la postura que defendía en San Sebastián: “Espero que el trabajo me dure mucho tiempo, pero si en este momento se acabara mi carrera, estaría orgulloso de lo que he conseguido”, asegura.

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