Las gallinas los prefieren guapos

10 / 04 / 2006 0:00 Pepa Rebollo
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La proliferación de investigaciones estúpidas tiene una razón: los científicos necesitan, por encima de todo, publicar. Y casi todo vale. Prueba de ello es que se ha estudiado la actividad cerebral de una langosta mientras ve `Star Wars´.

Padres y madres del mundo: ¡Dejen de regalar la Barbie a sus hijas! Ustedes ni lo imaginan, pero ellas odian profundamente esa muñeca. Un estudio realizado en la Universidad de Bath, en Reino Unido, señala que las niñas rechazan a la Barbie porque la “consideran un icono femenino y un símbolo de su más temprana infancia”. Son las conclusiones de uno de los muchos estudios científicos de este tenor que se publican en revistas de prestigio. Algunos, incluso, y pese a su inutilidad, son galardonados con premios de cierta talla.

¿Qué mueve a los investigadores a perder meses de su tiempo en estudiar la actividad cerebral de una langosta mientras ve en un monitor de televisión fragmentos de La Guerra de las Galaxias o en buscar una explicación a la preferencia de las gallinas por los seres humanos guapos? O peor, ¿merece la pena gastar neuronas en averiguar por qué las cortinas de la ducha siempre ondean hacia dentro, por qué una bola de alquitrán sólo gotea una vez cada nueve años o cuáles son los efectos de la música country en el suicidio? El motivo de tanta sesuda extravagancia no reside, al menos en la mayoría de los casos, en un afán de efímera notoriedad o en una demostración de inteligencia, sino en la necesidad de publicar a toda costa para engrosar el currículo. “Publicar o morir” es el dicho que rige la vida de todo investigador que se precie. De otro modo resultaría difícil entender que una revista científica dedique un artículo al colapso de los váteres en Glasglow y a las lesiones provocadas en humanos por la caída de cocos desde los cocoteros. “Los científicos tienen necesidad de publicar porque se les evalúa de acuerdo con la cantidad y calidad de sus publicaciones. Si no publicas, no conseguirás proyectos, no podrás investigar, no podrás publicar... Y a un científico normal le gusta investigar, quiere proyectos”, comenta Juan Miguel Campanario, profesor del Departamento de Física de la Universidad de Alcalá de Henares.

Gente “pa’tó”.

Lo más curioso es que muchos de estos estudios surrealistas también son necesarios si se quiere seguir avanzando en asuntos de ciencia. “Normalmente, si exceptuamos los temas estrella, los científicos que trabajan en un tema determinado son muy pocos. Esto es debido a la especialización, imprescindible para poder abordar un tema en profundidad. Es posible que un artículo interese a poca gente, pero esa poca gente es, tal vez, el 80 por 100 de los que trabajan y conocen un tema concreto. Por otra parte nunca sabemos qué será interesante, si lo supiéramos lo investigaríamos”, dice Campanario.

Después de mucho estudiar y observar la tensión de los perros cada vez que se sometían a un baño, Eduardo Segura y Andrés Díaz encontraron la solución: una lavadora automática para perros y gatos. Lavakan, nombre con el que se comercializa su invento, es, según los diseñadores, “más segura y menos estresante para los animales que el baño manual”. Bromas aparte, Eduardo y Andrés pueden sentirse muy satisfechos con este proyecto que fue avalado por el departamento de Medio Ambiente de la Universidad de Barcelona y por su gran éxito comercial. La lavadora ya se vende en todo el mundo, incluso se puede encontrar en un exclusivo hotel para perros en Arabia Saudí. Hasta ahora son los únicos españoles que han tenido el honor de recibir un premio IgNobel –juego de palabras que viene a significar así como innoble en inglés, una parodia de los Premios Nobel– que cada año entrega la Universidad de Harvard a los individuos cuyos “logros no pueden o no deben ser reproducidos”, lo que no quiere decir que una cosa tenga que ser buena o mala, encomiable o criticable. Como ejemplo, el estudio que encumbró al IgNobel de la Salud Pública 2001 a Chittaranjan Andrade por demostrar que hurgarse la nariz es un acto común entre los adolescentes. El doctor Andrade, que es de los pocos que se prestó a recoger su galardón, aseguró en su discurso que estaba “encantado de recibir este premio. Hay quien mete la nariz en los asuntos de los demás y yo me ocupé de meter mis asuntos en las narices de los demás”.

Todo por publicar.

Lo que muchos expertos se preguntan es si las revistas especializadas deberían hacerse eco de este tipo de estudios. Vladimir de Semir, director del Observatorio de Comunicación Científica de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, cree que “son las propias revistas especializadas las que fomentan lo que podríamos denominar un cierto sensacionalismo científico. En parte, porque saben que en un contexto meramente científico no son realmente relevantes”. Y pone un ejemplo: cuando la prestigiosa revista Nature publicó que se había descubierto el gen de la infidelidad, ¿qué estaba buscando realmente: la notoriedad científica o la notoriedad social? ¿Tiene alguna posible aplicación el descubrimiento? “¡Parece claro que no, salvo para los que deseen justificar por qué llegan tarde a casa! En realidad, debería estar en discusión si este tipo de aparentes avances científicos se han de publicar o no en tales revistas”, comenta Vladimir de Semir.

Mientras continúa el debate sobre qué hacer con estos absurdos estudios, se puede considerar demostrado que los científicos españoles solteros son felices. Se trata de una conclusión a partir de un estudio elaborado por Partship, una agencia matrimonial en Internet. Aunque algunos de ellos tengan que dedicar horas y horas a estudiar ciertos misterios de la humanidad, una vez que se quitan la bata y abandonan el microscopio, saben divertirse más que nadie.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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