El ‘hitchbook’

30 / 05 / 2016 Juan Bolea
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El libro de Truffaut sobre Hithcock, siendo documental, se eleva a doctrina.

¿Por qué razón la señora Danvers (Judith Anderson) no se movía jamás en Rebeca? ¿Por qué aparecía siempre en escena súbita, tenebrosamente, oscura esfinge hierática amenazando en la penumbra de las habitaciones de Manderley a la pobre Joan Fontaine? Alfred Hitchcock, director de la película, lo explicaba así: el terror de la protagonista (y del público) aumentaba debido al misterioso hecho de que la heroína jamás supiera dónde se encontraba el ama de llaves. “Ver andar a la señora Danvers la habría humanizado”, razonaba el director.

Esta confesión, y otras muchas de mayor calado, las fue desgranando el ya entonces consagrado Hitchcock a un joven François Truffaut que acababa de estrenar Jules et Jim y seguía colaborando como crítico con Cahiers du Cinéma.

En 1962, en la Universal City, Truffaut consiguió sentar al maestro ante un magnetofón para plantearle un cuestionario crítico de varias horas de duración, con idea de ir abordando y analizando toda su carrera. El material resultó extraordinario y Truffaut, entre proyecto y proyecto, entre viaje y viaje, emplearía otros cuatro años para elaborar su hitchbook, completando y matizando en sucesivas adiciones y correcciones las respuestas del mago del suspense. Sobre, en primer lugar, el cine (algo muy diferente, ironizaba Hitchcock, a tantas y presuntas películas que se limitan a encadenar “fotografías con gente que habla”); sobre argumentos y tramas, guiones y escenografías, envoltorios e interiores de personajes, diálogos (“en cine solo debe recurrirse al diálogo cuando no hay más remedio”), movimientos de cámara, efectos especiales y un largo etcétera de cuestiones relacionadas con el oficio de dirección de películas, al que el autor de Los pájaros dedicaría toda su vida.

Toda, sí. Desde que muy jovencito, en el Londres de 1920, entró a colaborar con una productora en calidad de montador de títulos y rótulos en cintas de cine mudo. Hitchcock sostenía que todo lo aprendió entonces y allí. “Las películas mudas son las formas más puras del cine”, confesó a Truffaut. El arte cinematográfico estaba en ellas, con excepción del sonido, pero la incorporación del séptimo arte al sonoro no justificaría, a su juicio, todos los futuros cambios.

Ambos genios reflexionaron también acerca de las diferencias entre suspense y sorpresa,
y los recursos para acelerar el corazón del espectador, erizar-
le la piel y conmoverle en lo
más profundo. Respecto a los géneros de intriga, a Hitchcock no le atraía la fórmula del whodunit porque, a su manera de ver, solo suscitaba curiosidad desprovista de emoción, ejerciendo, más que como locomotora, como mero crucigrama o puzle. “Las emociones son un ingrediente necesario al suspense”.

Una lección, no solo de cine, sino de literatura y guion, no en vano Hitchcock adaptó varias novelas. Y un libro, este hitchbook, que, siendo documental, se eleva a doctrina.  

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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