El ermitaño que veía películas de Hollywood

09 / 10 / 2009 0:00 Raúl de la Rosa
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El ermitaño es un hombre generoso y cordial, que siempre tiene la puerta abierta y el consejo apropiado para quien acuda a verlo. Para ilustrar sus enseñanzas recurre no sólo a parábolas y citas de filósofos y grandes sabios sino también a la inesperada profundidad de algunas películas de Hollywood.

Raúl de la Rosa, escritor y filósofo práctico, ha experimentado y ahondado en los campos de la ecología, la salud medioambiental, las religiones y las tradiciones ancestrales. Es autor de obras sobre espiritualidad y crecimiento interior como Sé feliz, El poder de ser consciente o La senda del chamán.

El ermitaño que veía películas de Hollywood /Raúl de la Rosa /Ed. Vergara /224 págs. /Precio: 16€ /Publicación: 9 de septiembre.

CAPÍTULO 1 : TRAS LAS HUELLAS DEL DESTINO

El viejo ermitaño estaba meditando en su choza como hacía todos los días, rodeado de sus discípulos, cuando levantó la mirada hacia su extraño reloj como si no lo hubiese visto en mucho tiempo.

–¡Ya! –dijo antes de levantarse.

Salió de la choza, se dirigió hasta la fuente, y con unas tijeras y una cuchilla de afeitar se cortó su larguísima melena y su tupida barba cana. Miró su cara en el agua cristalina y se sintió satisfecho, como si se hubiese quitado un gran peso de encima, y desapareció por el sendero ante los ojos atónitos de sus seguidores.

Mientras bajaba por el sendero, se encontró con Leo, un joven inquieto y espigado que hacía poco tiempo había perdido su trabajo y que después de haber oído hablar del ermitaño de largas barbas, se dirigía a su encuentro con la esperanza de que se convirtiese en su maestro.

Leo le preguntó por el gran sabio que vivía en la montaña y del que tanto iba a aprender, el mejor y más grande maestro, sin saber que le preguntaba por él mismo.

–No conozco a ese tipo –contestó algo tajante, aunque luego sonrió con complicidad y, amablemente, le dijo–: Si realmente quieres conocer al maestro que ahora necesitas, vuelve sobre tus pasos y ve a ver al labrador con el que seguro te habrás cruzado antes de llegar aquí.

–Sí, he visto a un labrador arando su campo. Ha sido él quien me ha indicado el camino para llegar hasta la choza del ermitaño, pero me parece que no sabes de qué te estoy hablando –le dijo con aspereza–, busco a ese sabio para que me transmita su sabiduría, para que me ayude a resolver mis problemas y se ocupe de mí.

–¿Tienes un minuto? Te contaré una historia: dos amigos iban por una senda como esta, junto a un acantilado. Como varias veces estuvieron a punto de caer al abismo, uno le dijo al otro: “Vamos a ocuparnos el uno del otro. Tú vigílame por si tropiezo y yo haré lo mismo por ti”. Al cabo de un rato, el amigo tropezó y cuando parecía que iba a caer, logró cogerse de una rama, pero el otro, que trataba de agarrarlo, lo empujó sin querer y los dos cayeron al abismo. Mientras caían, el amigo le gritó: “Creo que será mejor que la próxima vez tú te ocupes de ti y yo de mí”. ¿Y tú, vas a esperar a caer por el abismo antes de decidir empezar a ocuparte de ti? –le dijo el ermitaño con aire socarrón, antes de alejarse por la vereda serpenteante.

Leo se quedó en la montaña durante un tiempo, aunque el ermitaño ya no estaba. Esperó por si volvía, pero el ambiente se fue enrareciendo y hasta Lucía, su discípula más aventajada, parecía perdida y acabó dudando de él, al igual que muchos otros de sus discípulos que no entendían lo que había sucedido.

–Se ha corrompido.

–Ha perdido la razón.

–Hacía tiempo que se veía venir.

–En realidad, todos sabíamos cómo era...

Al cabo de un tiempo, el joven bajó de la montaña y se encontró con el labrador que le había indicado el camino que conducía hacia donde vivía el ermitaño.

–El ermitaño me dijo que tú eras el maestro que yo necesitaba –le explicó un tanto perplejo.

–Vaya, ese hombre es un guasón. ¿Qué podría enseñarte yo? Lo único que hago es labrar este campo para dar de comer a mi familia. Todos los días vengo aquí. Cuando es la época de sembrar, siembro, y cuando crece el fruto, cosecho. Sigo a mi mula intentando que no se salga del surco. Y pongo toda mi atención en lo que hago. ¿Qué podría enseñarte alguien tan ignorante como yo?

Dentro de Leo se movían emociones encontradas. Por un lado, aquel hombre parecía tener razón: ¿qué podía enseñarle? Pero, por otro, el ermitaño debía de ser un hombre sabio a pesar de haberse ido sin dar muchas explicaciones y por algo le habría dicho que se quedase con el labrador.

–Sí, ya sé quién es ese hombre –dijo el campesino, dándose un golpecito en la cabeza como si de pronto le hubiese llegado la imagen–. Hace unos días, al poco de verte a ti subir hacia la montaña, apareció por aquí y me dijo que vendrías y que te diera trabajo. Yo le contesté que no estaría mal un poco de ayuda de un hombre joven, pero que no tenía nada con qué pagar. Él me contestó que no hacía falta, que tú me pagarías por trabajar conmigo hasta que recogiésemos la cosecha.

Leo miró asombrado y confundido al hombre. Durante unos instantes quedó aturdido sin saber qué decir. Él no tenía mucho dinero, hacía poco que le habían despedido y su situación anímica y económica no era la mejor, aunque algo sí podía pagar. Pero, ¿pagar por trabajar en algo tan duro? Qué absurdo. Miró al hombre, un analfabeto, vio sus manos encallecidas, su rostro surcado de profundas arrugas, y detrás el vasto campo que araba. Inexplicablemente, se oyó decir:

–Sí. Me quedaré contigo si me aceptas y te daré lo poco que llevo encima –dijo sacando su cartera de la mochila.

–Es increíble –dijo el hombre tras contar el dinero–. Es justo la cantidad de dinero que necesito para comprar las semillas. El año pasado el granizo acabó con la cosecha y este año sólo iba a poder plantar una pequeña parte del campo. No era suficiente para sobrevivir hasta el próximo año. Es increíble. Pero tengo que ser honesto, no sé qué puedo enseñarte yo, a ti ni a nadie.

–Aun así me quedaré –contestó el joven sumido en una extraña fe.

Ya el primer día, aunque el labrador no era muy dado a la charla, se quedaron conversando hasta bien entrada la tarde junto a su familia, su mujer y sus tres hijos.

Mientras trabajaba con el labrador, Leo fue entendiendo que un héroe no es el que lucha contra titanes, dioses y gigantes, sino quien sale todos los días a la calle o al campo a trabajar o a buscarse el sustento como buenamente pueda. El héroe es aquel que trata, a pesar de todos los obstáculos y dificultades, de seguir adelante con su vida de una forma digna y ética. Leo fue aprendiendo que no quería ser sobrehumano, ni superhéroe, ni supervillano, simplemente quería ser lo que era.

No sólo es héroe quien se enfrenta a grandes peligros y aventuras sino el que se enfrenta cada día, sin mentiras ni autoengaños, a lo que la vida le depara a cada momento. Es en ese día a día donde se conoce realmente a los valientes, a los que se esfuerzan en las pequeñas cosas, en realidad las grandes cosas, sin presumir ni esperar aplausos, a los que se sobreponen a la adversidad, a la pereza mental, a la desesperación.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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