Contar tu vida, aunque sea mentira

21 / 03 / 2012 17:24 Daniel Jiménez
  • Valoración
  • Actualmente 5 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • Tu valoración
  • Actualmente 5 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
¡Gracias!

Tanto los autores consagrados como los jóvenes talentos utilizan su nombre real para narrarnos... ¿qué? Diarios más o menos sinceros, literatura y autobiografía conforman un género que hace furor: la autoficción.

Estas novelas darán paso, con el tiempo, a diarios o autobiografías: libros cautivadores, siempre y cuando sus autores sepan escoger de entre lo que llaman sus experiencias y reproducir la verdad fielmente”. Con esta cita de Ralph Waldo Emerson abría Henry Miller su primera y provocadora y profundamente autobiográfica novela, Trópico de Cáncer. Otro estadounidense, William Saroyan, solía explicarlo también en cada una de sus obras. En Las aventuras de Wesley Jackson el narrador se disculpa así ante los lectores: “Ahora estoy escribiendo esta historia que trata de mí mismo, ya que no conozco a nadie mejor que a mí mismo, y también de otra gente, de la que solo puedo contar lo que sé”.

En el mundo anglosajón, quizá por la influencia del protestantismo, es más corriente la exposición del autor en su obra, el examen de conciencia, la expiación. Francia acumula, posiblemente, el mayor número de ejemplos en este subgénero de la literatura que hoy llamamos autoficción y que está ahora de moda, pero que es tan antiguo como la escritura misma. Montaigne, Rousseau, Proust, Céline, Léautaud, Doubrosky, Emmanuel Carrère.

¿Y España? ¿Qué está ocurriendo hoy en la literatura escrita en castellano? Carlos Pardo, una de las voces más relevantes y sinceras de la nueva hornada de jóvenes escritores, que sorprendió a la crítica y al público con su novela Vida de Pablo (Periférica), lo explica así: “En España no ha habido muchas autobiografías sinceras porque la Contrarreforma, en el siglo XVI, prohibió el autoexamen, y eso ha durado en nuestro país tanto como el Antiguo Régimen”. En pleno siglo XXI, donde la identidad se expone a diario en Facebook y se autoafirma a base de tuits, no es extraño que la primera persona se haya convertido en la seña de identidad de un nutrido grupo de escritores, algunos de los cuales han explicado a Tiempo sus ideas y sus aproximaciones a la literatura de la propia experiencia y del yo.

Autobiografía, autoficción.

“Me gustan los libros que no se terminan en una catarsis perfecta, que están decantados hacia el contexto, hacia eso que llamamos vida. Que no quieren ser perfectos en sí, sino mostrar el conflicto en nuestra manera de leer la realidad y de construir nuestra identidad –se justifica el mismo Pardo-; a todo esto hoy se le llama autoficción, pero no es un término que me guste demasiado. Creo que se utiliza como eufemismo de autobiografía, un género que en nuestro país siempre se ha considerado menor, por no decir indigno o inmoral”. Pardo, narrador y verdadero protagonista de Vida de Pablo, confía en la autoexploración para dar una nueva utilidad a lo que llamamos novela: “Es especialmente oportuno por su resistencia a la construcción de la identidad como fetiche, como mercancía, como currículo. En ese sentido, la autobiografía empleada con rigor, la confesión (qué palabras tan antiguas para referirse a lo mismo), es la mejor arma contra el perfil de Facebook”.

Marcos Giralt Torrent había coqueteado en otros libros con la autoficción hasta que en su novela Tiempo de vida (Anagrama) derrama en cada página una parte esencial y verdadera de la relación con su padre, empezando por su muerte. “Toda ficción es autobiográfica en último término. El material sobre el que elabora la imaginación manipulando, transformando, mezclando, proviene siempre de la realidad, es decir, de la experiencia propia”. Con esta cautivadora obra, Giralt Torrent ha ganado el premio Nacional de Literatura de 2011, lo que viene a demostrar que la ficción autobiográfica ha dejado de tener ese componente de indignidad al que aludía Carlos Pardo, pero sobre todo el escritor madrileño ha ganado la batalla al olvido y a la muerte: “Un personaje se construye con retazos de personajes reales, leídos o vistos en películas –dice– no surge de la nada, es como un puzle inventado al que añades piezas según tu conveniencia. Lo mismo sucede con los escenarios, con los conflictos e incluso con las tramas. Sin embargo, Tiempo de vida es una ficción sin invención”.

El argentino Patricio Pron fue inmiscuyéndose dentro de sus ficciones poco a poco, primero en algunos relatos y finalmente como narrador autoconsciente en El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (Mondadori). A la combinación de recuerdos y experiencia aderezados con la retórica de la imaginación que da lugar a las novelas autobiográficas, Pron añade un mecanismo más: la metaliteratura. “En los últimos tiempos un puñado de autores parece haber comprendido que existe algo fundamentalmente contradictorio en el hecho de que, en el pasado, las novelas autobiográficas que pretendían ser el vehículo de un cierto tipo de verdad personal ocultasen los dispositivos con los que eran escritas. En nombre de esa supuesta verdad, las novelas autobiográficas recientes exhiben esos dispositivos y hacen de esa verdad personal el objeto de una especie de búsqueda antes que una legitimación previa a los textos, y eso las distingue de sus predecesoras”.

Para Javier Moreno, quien desmenuza su identidad y sus recuerdos en Alma (Lengua de Trapo), el yo protagónico y autoconsciente tiene una vertiente sociológica y otra artística que de alguna manera se complementan. “Quizás el siglo XXI, aquejado de una biopolítica que aboca a la uniformización de gustos y costumbres, exija movimientos compensatorios y generalizados de muestra –y exhibición- de nuestra singularidad”. Ordenar los recuerdos, aunque sean reales; decidir seccionarlos y poner unos primero y otros después para conseguir un efecto, ya es, sin duda, una ficción. “Creo que lo autobiográfico está indisolublemente ligado a la ficción. El yo no es sino una narración. Lo que contamos acerca de nosotros, bien a nosotros mismos o a los demás, es un relato. Es algo así como un principio
 de indeterminación de la identidad.
 

Si no me narro, soy yo sin discusiones; pero si intento narrarme, el Javier Moreno biográfico se transforma no solo en el personaje Javier Moreno, sino en otros personajes añadidos, posibilidades de mí mismo que no llegaron nunca
 a ser efectivas”.

Estuches de memoria.

La novela como representación de la realidad y, al mismo tiempo, como inventario de otras posibilidades. La novela como documento y la novela como invento. La novela como género que contiene todos los géneros. Así es la novela para Lolita Bosch. Esta autora catalana buceó en su árbol genealógico para escribir La familia de mi padre, y el resultado fue un libro emotivo y sobrecogedor. “Para mí las novelas son como estuches de memoria. No es tan importante si lo que guardan ha sucedido exactamente así, porque lo que es cierto es que ha sido contado exactamente así y eso es lo importante. Nunca he diferenciado mucho la autobiografía de otros formatos”. Lolita parece saber, como sabía Lacan, que la verdad tiene estructura de ficción. 

Del mismo modo piensa Julián Herbert, ganador del premio Jaén de Novela con su libro Canción de tumba. “Es imposible escribir una autobiografía sin hacer ficción por una razón simple: nuestros procesos neuronales no lo permiten. Todo recuerdo es, estructuralmente, una invención. La diferencia en todo caso (y no digo que esto no sea importante) radica en una ampliación irónica de la retórica: radica en el recurso metaliterario de mentir ambiguamente y a sabiendas, e incluso de confesarle al lector ese gap: novelizarlo”. Herbert, mexicano y artista, desembarcó en la novela procedente de la poesía, y se valió de ella para narrar la azarosa y en ocasiones trágica vida de su madre: “Parafraseando a Dostoievski: si la memoria no es Lo Real, todo está permitido.”

Ahondando en ese punto de fuga, el jovencísimo Antonio J. Rodríguez, autor de la delirante novela Fresy Cool, nos plantea una cuestión casi metafísica. “Fíjate que Montaigne, el padre del ensayo, un género literario a medio camino entre la filosofía y el periodismo, se inventa el género con el siguiente enunciado: ‘Yo soy la materia de mi libro’. Creo que no suele ser una idea muy manejada el hecho de que el pensamiento también pueda ser autobiográfico”. Según J. Rodríguez podemos conocer mejor a un autor por las filias y fobias que proyecta en su literatura que por los hechos presuntamente reales que cuente. Es decir, que narrar abiertamente la realidad a veces ni siquiera es una evidencia de que lo narrado sea real. Todo es ficción. Somos máscaras. Una última iluminación: el doble y sus múltiples sombras. Como escribió Borges con horror: “No sé cuál de los dos escribe esta página”.

COMENTARIOS

No hay comentarios

ENVIA TU COMENTARIO

  • Los campos marcados con "*" son obligatorios

Grupo Zeta Nexica