Muerte en el hielo

23 / 10 / 2009 0:00 A. Ibáñez
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La muerte del alpinista español Óscar Pérez en el Himalaya ha abierto viejas heridas de este deporte de aventura del que nunca se sabe si se volverá bien.

Los avatares del intento de rescate de Óscar Pérez, cuyo cuerpo ha quedado en las montañas heladas de Pakistán, a 6.400 metros de altura, han reavivado la polémica sobre los límites que tiene el esfuerzo de un equipo para bajar a un colega herido. La próxima semana, por ejemplo, Carlos Soria, un montañero vasco que perdió a un compañero en julio, tiene previsto contestar a las duras afirmaciones sobre el presunto abandono de Luis María Barbero, otro alpinista vasco que estaba afincado en Alcoy, desaparecido a 7.600 metros, del que el veterano aventurero César Pérez de Tudela dijo que se le había dejado morir en el Gasherbrum II. La dura acusación de Pérez de Tudela recordaba a Barbero, quien fue sorprendido por el mal tiempo en esa cumbre y desapareció después de estar haciendo señales con su linterna durante dos días. Pérez de Tudela, al igual que las sobrinas del montañero bilbaíno, responsabilizaban directamente a un compañero de escalada, Carlos Soria, de frustrar el rescate.

A Soria y a la aragonesa Marta Alejandre les acusaban de falta de compañerismo por no haber hecho todo lo posible por rescatar a Barbero. Cruces de declaraciones durísimas que en parte quedarán resueltas la próxima semana, cuando Carlos Soria tiene previsto dar detalles de qué paso en esa montaña de 8.035 metros. A pesar de que el dolor y el desconocimiento de la familia les legitima en parte para considerar que nunca se hizo lo suficiente, no se puede responsabilizar a sus compañeros de escalada de la desaparición de Barbero. Carlos Soria ha asegurado que el montañero vasco hizo caso omiso de todas las recomendaciones que aconsejaban no subir, como hicieron él y Alejandre. Obsesionado con ascender a un ochomil, Barbero se unió a un polaco y varios iraníes que tampoco llegaron a la cumbre ante el mal tiempo que acechaba. Pero él continuó cuando fue sorprendido por una inmensa nevada. Dos días nevando y dos días pidiendo auxilio con su linterna.

Las señales luminosas eran visibles, pero nadie, nadie, podía llegar a él. Sólo cuando amainó el temporal, Sechu López barrió la zona en su búsqueda, pero no pudo encontrarle. Los injustos ataques a Soria y Alejandre hacen recordar una máxima que conocen los escaladores: la montaña es más poderosa que tú y a veces te gana. Otra indica que no se pueden arriesgar las vidas de los demás cuando se tiene un accidente y hay pocas posibilidades de éxito. Algo así ha pasado, a pesar de los medios, con la historia más reciente de Óscar Pérez. Cuando toda España se derretía en las playas con temperaturas que rozaban los 40 grados, un grupo de expertos escaladores vivían una de las experiencias más duras de sus vidas a miles de kilómetros, en las heladas cordilleras del Karakorum. Su desesperado intento por rescatar a un compañero oscense que yacía, malherido y colgado en la repisa de una pared de roca y hielo a más de 6.400 metros, conmovió al país. Una misión imposible que se truncó por un cambio brusco de tiempo y la complejidad técnica de una montaña que impedía continuar desafiando a la naturaleza.

Álvaro Novellón y Óscar Pérez formaban una de las parejas más prometedoras del alpinismo mundial. Además de ser amigos, ambos practicaban una modalidad de escalada destinada sólo para unos pocos románticos, el estilo alpino. Éste consiste en que el montañero se enfrenta solo con su mochila a las inmensas moles graníticas. Sin cuerdas fijas, ni teléfonos satélites, ni oxígeno, ni porteadores, ni doctores, ni grandes campos base. En muchos casos, como en esta ocasión, ni siquiera con altímetro. Ambos emprendieron en agosto un reto después de no poder ascender el Latok I: ser los primeros en hacer cima en el Latok II (7.108 m) por el collado norte. Cuando ambos descendían de la cumbre, unas placas de nieve inestables cedieron y ambos quedaron colgando en el vacío, con más de mil metros de caída bajo sus pies. Tras una lucha desesperada, Álvaro consiguió asegurar la cuerda y descender a su amigo hasta una pequeña repisa a más de 6.400 metros.

Posiblemente, Óscar tenía una tibia y un peroné fracturados, así como una mano, un fuerte golpe en la cabeza y varias congelaciones. Ambos comprobaron que el montañero lesionado no podía seguir el descenso y había que pedir ayuda. Álvaro descendió a la desesperada hacia el campo base. Llegó el 9 de agosto, dos días después de la caída. En ese momento, se emprendió una insólita operación de rescate nunca antes vista.

Mediación política

Lorenzo Ortas, Daniel Ascaso y Manolo Bara contactaron con Sebastián Álvaro, el director del mítico programa de TVE Al filo de lo imposible, que estaba de vacaciones en esa zona paquistaní con varios amigos y familiares visitando una fundación que tienen allí. Álvaro, aún conocedor de las dificultades que entrañaba un rescate a tanta altura y en tan pésimas condiciones, se instaló en Skardu (lugar habitado más cercano al sitio del accidente) y montó un operativo contra el reloj y luchando contra todas las dificultades.

Reunió miles de metros de cuerda, contactó con algunos expedicionarios que estaban en montañas cercanas, revolvió todo lo posible para dar con un grupo de escaladores kazajos que venían del K-2 y trató de mediar con las autoridades paquistaníes, más preocupadas por la guerra que les enfrenta con India desde hace 50 años que por la suerte de un escalador atrapado en una de sus cumbres.

Mientras, en España también se aceleraban las gestiones desesperadamente. El presidente de Aragón, Marcelino Iglesias, contactaba con Zapatero para que mediara con el primer ministro paquistaní. interés por el asunto. Zapatero y el embajador de España en Pakistán, Gonzalo Quintero, al igual que el ministro Moratinos, emprendieron una batalla diplomática sin precedentes en la historia del alpinismo. Al mismo tiempo, partía de España un grupo de escaladores más empujados por su corazón e instinto solidario que por sus posibilidades de ayuda: la falta de aclimatación era un problema que no les importaba. Darían todo por poder llegar hasta el collado. Daniel Ascaso, Jordi Tosas, Simón Elías, Ramón Portilla, Álvaro Corrochano y Antonio Moratinos fueron esos pequeños héroes que, acompañados por varios porteadores y dos alpinistas norteamericanos, tomaron un avión en pocas horas para llegar hasta ese remoto enclave en la cordillera del Karakorum. Allí se unieron a la avanzadilla del operativo, mejor aclimatada y que se desesperaba ante la inicial pasividad paquistaní. La falta de aclimatación producía intensos dolores de cabeza, una pronunciada fatiga y lentitud y descoordinación de movimientos. A Álvaro, además, con unas manos prácticamente inutilizadas, había que ayudarle para cualquier cosa que requiriera su uso. Pero ni eso le importó y colaboró activamente en el rescate, fijando 800 metros de cuerda.

Fuera de tiempo

Habían pasado ya seis días de la fatal caída y ya se estaba “fuera de tiempo”, como indica Sebastián Álvaro. A pesar de ello, el corazón les impedía parar y en una lucha contra los minutos organizaban toda la operación de rescate. Los contactos diplomáticos habían dado sus frutos y los helicópteros ya sobrevolaban la zona. Aunque en un principio se pensó que sería posible un acercamiento desde el aire a la repisa donde estaba Óscar, esa opción pronto se descartó. El punto concreto estaba en una zona de dificilísimo acceso y los helicópteros no estaba Esta era la única forma de capacitados para hacer una aproximación con garantías de éxito. No quedaba más remedio que volver a trepar por la montaña para llegar a Óscar.

Aunque ninguno quería verlo en ese momento, todos sabían que era muy difícil que para aquel entonces siguiera con vida. Sin agua, herido, y a una altura que sin ser crítica complicaba las cosas, las posibilidades de supervivencia eran escasas. “Sabíamos que, mientras hubiera una posibilidad entre un millón, lo intentaríamos”, indica Sebastián. El tiempo era bueno, con temperaturas que no superaban los 10 grados bajo cero, y sin grandes cambios de tiempo, aunque estos se esperaban para dos días más tarde. Por turnos, y a toda la velocidad que su organismo les permitía, instalaban cuerdas sobre las paredes del Latok. Luego destrepaban y otro grupo les relevaba. El helicóptero merodeaba por la montaña, en un intento de insuflar ánimos a Óscar, si éste permanecía todavía consciente.

Se recordaba la historia de 2005, en la que un esloveno permaneció diez días a la espera de que un helicóptero lo rescatara a 6.500 metros de altura del Nanga Parbat. Pero no eran historias comparables, puesto que el Latok es todavía más vertical y presentaba unas complicaciones técnicas mayores incluso de lo que pensaba el equipo de rescate. Mientras toda España seguía en vilo y se esperaban noticias milagrosas desde Pakistán, el optimismo inicial, casi ingenuo, de los rescatadores, se tornaba en un profundo desánimo. El 16 de agosto, por la mañana, la decisión de abandonar estaba prácticamente tomada. Las previsiones meteorológicas daban nevadas de más de 20 centímetros a partir de los 6.000 metros para las próximas horas, y rachas de viento superiores a 40 kilómetros por hora. Seguir para encontrar con toda seguridad un cadáver era un riesgo excesivo.

Desesperación

Desesperados, con un cansancio que casi les hacía discutir entre ellos y llenos de rabia, se comunicaban con el club Peña Guara para exponerles la situación. En Huesca dieron órdenes de suspender la misión. La propia familia de Óscar, su madre, Fina, su novia y su hermana, apoyaron su idea desde la tristeza y resignación, después de que los amigos más cercanos les explicaran la imposibilidad de acabar con éxito una historia de solidaridad y amistad nunca antes vista. El 16 de agosto decidieron emprender el descenso más amargo de su vida. Les quedaba aún un largo trecho de caminata por el glaciar Biafo, de 61 kilómetros de longitud, antes de llegar a la civilización. Y varios días para llegar a Barajas. Óscar forma parte ya del Latok, donde descansa junto a una cámara de fotos en la que hay imágenes de una cima nunca antes pisada por el hombre.

El resto, que descansa estos días antes de volver a emprender nuevas expediciones, ha contribuido a forjar una leyenda de solidaridad que a pesar de no acabar con un final feliz, es un ejemplo de lucha.

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