La ventaja de ser guapo
Poseer un aspecto atractivo se ha convertido en un factor crucial para conseguir trabajo y es aún más importante que la formación.
24/09/10
La mayoría de nosotros hemos oído la historia de Debrahlee Lorenzana, la neoyorquina de 33 años que demandó a Citibank cuando esta empresa la despidió debido a que resultaba “demasiado atractiva” con sus faldas lápiz, sus jerséis de cuello alto y sus altísimos tacones. También vimos cómo la credibilidad de Lorenzana quedó en entredicho cuando apareció en un programa de televisión sobre cirugía plástica ofreciendo una imagen de tonta incoherente, obsesionada con atraer la atención y con el cuerpo lleno de implantes y colágeno. “Adoro la cirugía plástica –ronroneaba Lorenzana en dicho programa-. Creo que es uno de los mejores inventos de todos los tiempos”. Puede ser. Pero en todo el debate formado en torno a esta mujer -gran parte del cual giraba en torno a si fue o no despedida por su apariencia- parece haber una pregunta que nadie se ha hecho. ¿No es posible que Lorenzana fuera contratada en su momento por Citibank gracias a su aspecto físico?
El bonus de la belleza.
Es improbable que todos los empleadores funcionen con una lógica tan superficial, pero no es menos cierto que formamos parte de una cultura que prima la imagen. Hace ya mucho tiempo que los economistas reconocieron la existencia de lo que se conoce como bonus de la belleza, una teoría según la cual las personas consideradas guapas, sean cuales sean sus ambiciones, tienden a ser mejores que aquellas que no lo son en prácticamente todas las facetas. Así, los hombres apuestos cobran de media un 5% más que aquellos que no lo son tanto, mientras que los sueldos de las mujeres atractivas son en promedio un 4% más altos que los de aquellas que no lo son.
Las personas guapas reciben más atención por parte de sus jefes y profesores, y los bebés miran durante más tiempo los rostros hermosos (mientras que nosotros también nos fijamos más en los bebés guapos). Hace un par de décadas, cuando la economía iba viento en popa y el ideal de belleza no era una Paris Hilton hinchada por las operaciones de cirugía estética, sino la modelo Kate Moss sin maquillar, habríamos desdeñado estos datos por considerarlos superficiales. Pero en 2010, cuando muchas niñas persiguen un ideal de belleza tan artificial como inalcanzable, existe una gran cantidad de estudios que demuestran que nuestros prejuicios contra las personas que no son atractivas son más fuertes que nunca. Y cuando este modelo de percepción es trasladado al ámbito laboral, nos encontramos con que con demasiada frecuencia es el aspecto físico y no los méritos del trabajador lo que cuenta.
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Datos incómodos.
Considere lo siguiente. Según el profesor de Economía de la Universidad de Texas Daniel Hamermesh, un estadounidense atractivo cobra 250 dólares más que su compañero más feo. Por otro lado, la Asociación de Cirujanos Plásticos Americanos sostiene que un 13% de las estadounidenses consideraría someterse a una operación de cirugía plástica si esto mejorase sus perspectivas laborales. Se trata sin duda de dos datos incómodos. Pero en la actual coyuntura económica, cuando las cifras de paro han provocado que los empleadores tengan más opciones que nunca a la hora de contratar trabajadores, parece que el aspecto físico ha dejado de ser un factor simplemente importante para tornarse en decisivo.
Newsweek ha realizado una encuesta a 202 empleadores -desde trabajadores del departamento de Recursos Humanos hasta altos cargos de la dirección de la empresa– y a otras 964 personas sin responsabilidades de contratación. Y se ha confirmado lo que creen muchos empleados o cualificados: que, ya hablemos de políticas generales de contratación o de promociones, tener una buena presencia ha dejado de ser un elemento que podamos tachar de frívolo.
Imagen o currículum.
El 57% de los empleadores consultados por Newsweek aseguran que los candidatos cualificados pero poco agraciados suelen tardar más tiempo en encontrar un trabajo. Mientras tanto, la mitad de los empleadores encuestados aconseja a los candidatos que inviertan el mismo tiempo y dinero en “asegurarse de que tienen una imagen atractiva” que en mejorar su currículum.
Cuando hablamos de candidatas, parece que poner de relieve sus encantos es algo que funciona. El 61% de los responsables de Recursos Humanos consultados (la mayoría de ellos hombres) afirman que para una mujer representa una ventaja llevar en su entorno laboral ropa que resalte su figura. Preguntados por las cualidades más importantes que ha de poseer un trabajador en orden de importancia, estos empleadores sitúan el poseer una buena presencia por encima de la formación. De un conjunto de nueve características la colocan en tercer lugar, sólo por detrás de la experiencia (considerada más importante) y la confianza en sí mismo (en segundo lugar), pero por encima del lugar donde el candidato cursó sus estudios. ¿Significa esto que uno deba abandonar su carrera en Harvard e invertir el dinero en una rinoplastia? Probablemente no. Pero implica que a la hora de elegir el centro de estudios una universidad pública puede ser más que suficiente.
“Esta es la nueva realidad del mercado de trabajo”, afirma una empleadora de Nueva York, que habla bajo condición de anonimato debido a que se gana la vida dando consejos a los candidatos para que sean contratados. “Es mejor estar en la media y ser atractivo que ser brillante pero feo”, afirma.
¿Recuerdan lo que pasó en el debate presidencial entre Kennedy y Nixon en 1960? Nos demuestra que nuestros prejuicios de belleza no son nada nuevo. Aquellos que escucharon el debate por la radio pensaron que Nixon había ganado. Pero los que vieron por televisión el contraste entre el rostro bronceado y perfectamente cincelado de Kennedy y la cara demacrada y con barba de tres días de Nixon no dudaron de que el joven senador de Massachusetts era el que se había hecho con la victoria en el debate.
Rostros simétricos.
Hay varias explicaciones para todo esto. Platón ya escribió sobre la proporción áurea, según la cual la anchura de la cara ha de ser exactamente dos tercios de su longitud, mientras que la nariz nunca debería ser más larga que la distancia existente entre los ojos.
Desde un punto de vista biológico, los seres humanos se sienten atraídos por los rostros simétricos y las mujeres con curvas, debido a que ambos rasgos se identifican con la concepción de hijos sanos. Siguiendo con esa línea de pensamiento, las caras simétricas son consideradas bellas; la belleza es a menudo identificada con la confianza; y se suele relacionar esta combinación de buena apariencia y confianza con la inteligencia. Estas percepciones podrían sustentarse en hechos empíricos. Así, si los niños guapos reciben más atención por parte de los profesores, es posible que su rendimiento escolar sea mejor y que más tarde también sean más competentes en su puesto de trabajo. Pero lo más probable es que el conjunto de identificaciones antes mencionado se deba a lo que los científicos conocen como el efecto aureola, según el cual las personas nos dejamos seducir por la belleza, a la que identificamos de forma irracional con virtudes como la inteligencia.
Hay muchas razones que explican que este modo de pensar esté tan extendido, desde un sistema económico que alienta que los consumidores sean cada vez más exigentes a una industria de la cirugía plástica que promueve las nociones de belleza humana más superficiales. Hoy existe un cúmulo de fuerzas culturales que nos mantienen fuertemente encadenados a un ideal de belleza en continua evolución. Los trabajadores jóvenes de hoy en día se criaron viendo en televisión programas tipo reality y otros imbuidos por la cultura pop en los que se repetía una y otra vez que todo es susceptible de mejorar. Así existen programas como Cambio radical, en los que personas poco agraciadas se someten al consejo de profesionales de la belleza y logran transformaciones físicas formidables; o el programa de la televisión estadounidense I Want a Famous Face (Quiero un rostro famoso) en que los participantes son sometidos a intervenciones de cirugía plástica para asemejarse a personajes como Brad Pitt o Jennifer López. Nos comparamos a nosotros mismos con los cuerpos inalcanzables que aparecen en televisión o en las revistas y nuestros peores temores se confirman. Vivimos en una cultura enormemente sexualizada y poseemos tecnología que nos permite mejorarnos fácilmente a nosotros mismos, lo que ha transformado por completo nuestra noción de lo que es normal. La cirugía plástica solía ser algo para los ricos y los famosos. Pero hoy los implantes mamarios, las liposucciones e incluso las intervenciones que no necesitan ingreso hospitalario y que se pueden hacer en la pausa para la comida están al alcance de todos. Todo ello nos sumerge en una competición en la que hemos de correr de manera frenética simplemente para mantener nuestra posición; es duro que la belleza haya pasado de ser un don a degenerar en una persecución sin fin.
Trabajar con tacones.
Deborah Rhode, profesora de Derecho de la Universidad de Standford y autora del libro The Beauty Bias (El prejuicio de la belleza) hace referencia a un interesante caso de estudio. Durante la época en la que presidió la Comisión de Mujeres Trabajadoras de la America Bar Association (la mayor organización de abogados voluntarios de Estados Unidos), a Rhode le sorprendía la frecuencia con que las mujeres más poderosas del país se quedaban atrapadas en un atasco y llegaban tarde a sus reuniones debido a que, al llevar tacones, realizar cualquier desplazamiento a pie queda totalmente descartado. Rhode escribía que estas mujeres eran poderosas, trabajadoras y ejemplos de liderazgo, y se preguntaba por qué se empecinaban en llevar zapatos de tacón. Es posible que a muchas mujeres simplemente les gusten (y también es posible que haya otras que sepan que es a sus jefes a los que les gustan). Pero mientras que la belleza física es algo que también cuenta en el caso de los hombres, para las mujeres siempre será una encrucijada. Esto se debe a que por un lado se ven empujadas a cumplir todos los cánones de belleza actuales, pero por otro se les critica por hacerlo.
Los empleadores podrían pensar que las mujeres como Lorenzana pueden progresar más rápido si exhiben sus encantos, pero el 47% de los encuestados consideran que el hecho de ser “demasiado atractiva” puede también suponer una desventaja laboral para una mujer. Tanto si se considera el atractivo físico una ventaja como si se opina todo lo contrario, no cabe duda de que algo anda terriblemente mal cuando se empuja a niños de 6 años a usar maquillaje. “Todo esto está ocurriendo en un contexto en que cada vez más mujeres se incorporan al mercado laboral en todo tipo de trabajos y se aspira a la igualdad plena”, afirma la psicóloga de la Universidad de Harvard Nancy Etcoff. “Por eso nos sorprende, aunque no debería, cómo esto [la maldición de la belleza] nos persigue”.
Efecto Barbie.
Hace 40 años, cuando un grupo de feministas quemó sus sujetadores en el exterior del edificio donde se celebraba la gala Miss America 1968, protestaban por el hecho de que las mujeres estaban esclavizadas por “cánones de belleza ridículos”. Hoy se supone que las mujeres han alcanzado la igualdad; componen la mayoría de la fuerza laboral, su sueldo es muchas veces el único o el más alto de los que entran en el hogar y con frecuencia se ven presionadas para no esconder su aspecto más sensual, ya sea en el dormitorio o en la playa. Pero mientras que su entorno extralaboral puede aceptar esa imagen de mujer independiente, puede ocurrir que en el ámbito laboral no se acepte. Hay estudios que demuestran que el hecho de no resultar atractiva es una desventaja para las mujeres en puestos de baja cualificación, como el de secretaria, pero que en los puestos de dirección, tradicionalmente dominados por hombres, las mujeres hermosas pueden sufrir el conocido como efecto Barbie. Se las ve demasiado femeninas, menos inteligentes y, en última instancia, menos competentes, no sólo que sus compañeros masculinos, sino también que el resto de mujeres.



