La auténtica historia de la duquesa Cayetana
Más allá de la bien documentada ficción televisiva, la vida de la duquesa de Alba ha tenido claroscuros, amantes, luces, sombras y dolores. Aquí están algunos.
Está encantada con la miniserie de Telecinco, aunque pone sus peros: ella se casó por primera vez en Sevilla, no en Madrid, y su padre tampoco se murió en Liria. Pero ambos, en la serie, hasta se parecen. Como se parecían el cura Aguirre y este Alfonso Díez de ahora. Y es que la duquesa tuvo fijación por un mismo tipo de hombre.
Es irreemplazable y lo sabe. La suya sí que es una vida de película. Si Cayetana no existiese, habría que inventarla. Es “mujer de capote”: así me la definió hace ya muchos años una de sus próximas. La aristócrata con más títulos de nobleza del mundo heredó un imaginado casticismo de su antepasada número 13 (ella es la decimoctava duquesa de Alba), la que alternó sentimentalmente a Goya con Godoy. Bien lo subraya la miniserie de Telecinco, que acaba de batir audiencias del 22%: el cuadro de Goya es el leit-motiv, el espejo en que la Cayetana de ahora se mira desde niña. Mientras la miniserie arrasaba en los índices, ella, aparentando cierta indiferencia por lo recreado con más literatura que fidelidad histórica, paseaba la feria de Sevilla en la carretela de Carmen e Isabel Cobos, la segunda casi recién estrenada –o tal suponen- duquesa de Terranova. Forman parte de su grupo de habituales, donde siempre destaca la prudente entrega, lealtad reprobada y dedicación de Carmen Tello.
Nunca olvida, ni deja de comentarlo, cómo se portó con ella Cayetana cuando dejó de ser marquesa de Valencia y Sevilla le dio de lado, muy en el aire de siempre: amparar a los poderosos. El caso ya había tenido precedentes con Nati Abascal cuando dejó, exhausta, al duque de Feria, padre de sus dos hijos. La ciudad bética ejerce con los caídos socialmente una especie de apartheid desfasado, plenamente rendida al poder de los títulos a los que aún -¡y con lo que está cayendo!- mantiene un cierto vasallaje por encima del tiempo y la modernidad.
Jordi González recordaba en parte esa sumisión cuando, en su espléndida presentación televisiva, no dejó de referirse a ella como doña Cayetana. Es un tratamiento hace años olvidado; superado, diría, por el favor y fervor popular que la considera una más del pueblo a pesar de su colección de Grandezas de España. Su espontaneidad, su desparpajo, su vive como quieras y su real gana, que es lo que hace siempre, la distinguen de otras Grandes, como las duquesas de Medinaceli o la anciana Osuna. Mujeres singulares bastante distanciadas entre sí, aunque reinen en Andalucía. Los títulos más añejos de España ven con pasmo cómo Cayetana no sólo es la más en titulaciones nobiliarias sino la de más impacto popular. Todos la tutean, la consideran igual, cercana, de casa; y si en tiempos impactó enamorándose de un ex cura de muy variadas y abundantes tendencias sexuales, la gente ahora entiende, tutela y jalea esa octogenaria pasión por Alfonso Díez Carabantes, que, curiosamente o no tanto, es hermano del anticuario Pedro: en tiempos, uno de los más íntimos del ex cura Aguirre, que luego se hizo tan amigo de Ratzinger; más de una vez cenó con ellos el actual Papa en Liria. “Hacemos el amor cada noche”, fue la réplica cruda con que ella afrontó el runrún que ponía en duda el gusto del ex cura por las señoras.
El primero, el torero.
Porque Cayetana tiene fijación con determinado tipo masculino. Quizá rebotada por lo que en su juventud no pudo hacer –aunque lo hizo- con Pepe Luis Vázquez, su primera frustración repleta de romanticismo juvenil, fue fijándose en gentes como Antonio el bailarín, Vicente Parra, Aguirre o ese Alfonso de nuestros pecados -de los suyos, a mí que me registren- que fueron llegando mientras no cuajaban los encandiles por un príncipe italiano y un multimillonario alemán que luego maridó con Denis Surto, ex baronesa Thyssen. Lo frecuentó en Munich para curar su corazón destrozado por la imposición paterna de romper con el torero.
Hay otros episodios afectivos ni rozados en estos dos capítulos que supieron a nada: lo que pudo ser con el duque de Alburquerque, con el marqués de Cubas y hasta con el ex torero Mondeño, que se retiró de las plazas para hacerse monje. Éste mantenía el perfil ambiguo o equívoco de otros pretendientes, como Parra o el bailarín. Ella, siempre necesitada de cariño, dedicación y una entrega que nunca le dio su padre: comportamiento familiar -cosas de la época habitual en su clase- extendido a sus hijos mayores, criados por nannys. De ahí que, en la ficción televisiva, sorprenda ver que Eugenita, duquesa de Montoro, le pregunte: “¿Puedo dormir contigo esta noche?”, cuando su única hija siempre lamentó haber crecido –y no tanto, la verdad- en manos del servicio, lo mismo que Cayetano.
La mujer a quien familiarmente llaman todos Tana fue impecablemente interpretada por Adriana Ozores: hay hasta parecido físico, pero menos distinción. Hay cosas imposibles de imitar. Cayetana es un caso excepcional de impulsos, fuerte carácter y temperamento voluble. Aunque mantiene filias y fobias no modificadas por la edad ni por esa enfermedad en que cayó, y Alfonso le salvó la vida. Sin la tenacidad del amigo, ella nunca se habría prestado a la intervención reavivadora que hizo Paco Trujillo. Salió renacida, recuperada la vitalidad de siempre; nada que ver con aquella duquesa desmayada, abatida y tenaz que pasearon, rota, en silla de ruedas, perdida toda la esperanza de rehabilitación.
El secante y la insoportable.
Hasta sus hijos se pusieron en lo peor, nadie apostaba por que sobreviviese. Parece un milagro su estado actual, casi pimpante. La fuerza del amor desbancó y superó la paciencia. Lástima que esta creación de La Fábrica de la Tele se corte justo en el momento de dar el sí a un Jesús Aguirre que no era como dice el guión de Telecinco: lo conoció una noche en el palacio rústico que los entonces duques de Arión tenían en Malpica, en las afueras de Madrid, y el flechazo hizo olvidar el primer encontronazo, cuando ella lo tildó de “secante” ante su adormecedora erudición y él la definió como “carácter insoportable”.
Supo seducirla, aunque cuentan que fue ella la seductora, que empleó todas sus armas –incluso nobiliarias- para pescar a aquel señor con tanta fama de ambiguo. Aguirre era famoso por la acidez de sus comentarios, siempre demoledores: una arrogancia impresentable viniendo de un hijo de soltera santanderina supuestamente engañada por un militar de baja graduación. De físico y prestancia quevedesca luego aumentada por barba, sintió celos de Antonio el bailarín hasta el punto de destituirlo como director del Ballet Nacional, porque sabía de lo ¿habido? entre ella y aquel genio mundial de la danza. Atildado, compuesto y peripuesto, prodigó una elegancia ostentosa, como de nuevo rico: nada que ver con la sencillez habitual en su mujer, que siempre daba golpes con los abanicos que compraba en el Rubio de Sierpes. Los guardaba en el bolsillo de pecho. Él no dejaba de abrumarla con erudición, conocimientos y sapiencia; él ordenó los polvorientos archivos de la casa, donde se guardan 21 cartas autógrafas de Cristóbal Colón.
¿Despistes de una vida a vuelapluma llevada a la pantalla? Su presunto flechazo con el televisivo y barbudo Sandokan, de nombre Kabir Bedi, a quien sólo vio una vez cenando en casa de Pitita Ridruejo. ¿O fue todo un montaje de Julio Ayesa, que promocionaba a aquel señor por Madrid?
Otros errores: que se casara en Madrid y no en Sevilla; quizá presentarla cual madre amantísima, o recoger su afición pictórica creyéndola hacedora de grandes pinceladas al estilo Viola cuando en realidad prodigó una pintura tirando a relamida sin grandes paletadas ni claroscuros goyescos.
Al menos así era el cuadro de la plácida mecedora verde que Vicente Parra colgaba en su salón de Plaza de España. La dedicatoria trasera no dejaba lugar a dudas acerca del cariño con que se lo ofrecieron. Jaime Peñafiel presume de haber recibido ofertas multimillonarias para vender uno que tiene. Aunque en las subastas de Durán y hasta Goya han salido esbozos y algún apunte creados por esta Cayetana creativa que siempre renueva vestuario –especialmente estampados, y no precisamente de Missoni- en lo que antaño eran otoños venecianos, y es que en sus escapadas italianas siempre usaba el tren. Sigue detestando el avión. Pero mantiene lealtades gastronómicas aún hoy, ya afincada en Sevilla porque, como dice, “Liria se me cae encima”. Personalmente controla desde el papel impreso de sus invitados-estos días Sebastián y Tere Pickman-, hecho especialmente, hasta los menús; o que todo esté en orden.
Conserva devotas como Marta Talego, Nati y Ana Mary Abascal, que fue la primera de sus amigas que conoció –y se entusiasmó- a Alfonso Díez Carabantes. Para Nati mostró Cayetana por primera vez el pasado veraz de su casa donostiarra, herencia de Luis Martínez de Irujo: es la Arbazinea donde quiso secuestrarla ETA. Descolocadas de las incondicionales están la marquesa de Saltillo, rubia, pizpireta pero crítica; y María Dolores, la anticuaria cordobesa que salió tocada tras proteger y velar sus primeros tiempos ennoviadores con el funcionario de la Seguridad Social que trabaja en un costado del Bernabéu.
Cuando almuerzan juntas, que es cada día, alternándose, con incondicionales del Puerta Grande, lugar creado por Antoñito Donaire tras cerrar El Tenorio, próximo a la Giralda. No le fallan las señoras ni a Manolo Vázquez ni al más moderno Abadesiana. Tana se pirra por la tortilla de patatas no muy cuajada, el marisquito y la cerveza de barril. Ignora las tarjetas de crédito y siempre paga, también de manera rotativa -rica pero no tonta ni generosa- en metálico. Gasta unos 40 euros en esas comidas reparadoras de sus madrugones, porque a las siete está en pie y ojo avizor. Cena un batido.
Lo que vimos fue ficción adornando una realidad a veces muy triste, como el doble entierro de sus maridos en el casi siniestro panteón de Loeches. De ahí que, meses atrás, haya adquirido una parcela para ser enterrada entre Juana Reina y Paquirri en el camposanto sevillano. “Para ver a las que quieran verme”, comentó, graciosa, al adquirir la definitiva parcela, su descanso póstumo. Previsora, ya distribuyó sus títulos y propiedades: Carmona, a Cayetano; Eugenia disfruta de La Pizana en la que vivió matrimonio con Fran Rivera; Jacobo Siruela tiene la casa ibicenca donde a ella la pillaron en bolas con Aguirre que le rozaba la rodilla; y Fernando, el cuarto, la reducida y playera Las Cañas marbellera. En esto, como en todo, atípica, personalísima y caprichosa. Pero muy justa. Lo visto en la tele tiene mucho de película, aunque los parecidos con la realidad eran más que coincidencias. Y es que su vida daría para otras mil y una noches.



