El negocio de la muerte
Nichos con códigos QR, joyas realizadas a partir de las cenizas del difunto, tumbas que incorporan vídeos con sus últimas palabras...
Ya que nos vamos a morir, por qué no disfrutar de ese más allá de la mejor manera posible. Hablar de la muerte da repelús. Aunque se niegue y se diga que eso es cosa de abuelas, lo cierto es que el negocio de la muerte existe. Y es muy rentable. Al fin y al cabo, todos nos vamos a despedir de este mundo y pagaremos por ello. Más allá de responsos, flores y canciones, cada vez más personas quieren personalizar su funeral y convertir lo protocolario en un homenaje a lo que será su vida en el más allá. Y es que los motivos funerarios personalizados –entierros, pabellones, criptas, ataúdes...– han ganado adeptos en España. Tal y como anunciaba la publicidad de una funeraria en Palma de Mallorca, ¿por qué por la muerte va usted a perder su calidad de vida?
Las empresas funerarias se las ingenian para sacar al mercado nuevos, y sorprendentes, productos. Las coronas, los ramos y las lápidas de mármol son antiguallas a descartar. Existen otras opciones con las que recordar al ser querido de forma especial. Se puede empezar comprando una parcela en un cementerio privado. La misma empresa de Palma da la opción de conseguir un terreno edificable en el que inhumarse en un chalecito dotado de salón, cuarto de baño y vistas a un jardín con un relajante césped verde. En el salón los visitantes tienen a su disposición menaje, frigorífico, sillones, televisión y un reproductor de DVD. La finalidad de esta decoración tan poco habitual es que los allegados gocen de todas las comodidades cuando vayan a visitar al difunto. Así pueden merendar mientras ven películas y recuerdos del que está ahí. Y, de paso, disfrutar de la herencia.
Otra fórmula para tener a mano información del muerto llega gracias a la tecnología. En el cementerio Parque de la Paz, de Valencia, se da la opción de instalar en las lápidas códigos informáticos QR. Así, a golpe de clic, se puede acceder a vídeos, fotografías y demás recuerdos del difunto. Ver el último adiós de familiares y amigos en una especie de santuario on-line de los que le acompañaron en vida. Una idea que el gerente de este camposanto, Alejandro Peris, ha traído de países como Reino Unido y Dinamarca, donde ha triunfado. Un código QR que dura intacto treinta años y gracias al cual las siguientes generaciones podrán saber más de la historia de sus antepasados.
Entierro ecológico.
Más allá, otra moda que también ha cuajado en los cementerios es la de lo ecológico. Exequias verdes o ecofunerales. Sepelios en los que la pasión por lo verde se lleva hasta las últimas instancias, o últimas voluntades. Todo, de bajo impacto ambiental y no contaminante. Incluso se puede escoger un ataúd de cartón, antes impensable. Por el módico precio de 100 euros, señala Mauricio Kalinov, responsable de Restbox, uno puede conseguir una caja de cartón reciclado de bajo impacto medioambiental. De un árbol sale un solo ataúd; del mismo macizo “podrían fabricarse 100 de cartón”. O, rizando el rizo, enterrar el cuerpo desnudo directamente sobre el suelo para que se convierta en fertilizante. Moda versus dignidad. Si se desea, las urnas se pueden fabricar con sal marina para ser arrojadas al mar. Sin restos. Aunque otra opción son las elaboradas con tierra y pensadas para introducir en ellas una semilla a partir de la que crezca un árbol. Como parte de esta tendencia medioambiental se debe medir también la intensidad de los hornos crematorios. Cómo señala la Patronal de Empresas de Servicios Funerarios (Pasef) la incineración tiene un fuerte impacto ambiental por las elevadas temperaturas que alcanzan los hornos. Es necesario buscar aquellos que tienen sistemas de filtración de dioxinas para reducir las emisiones a la atmósfera. Como colofón, la información sobre el difunto se imprime en papel reciclado. Todo pensado. Una inversión de tiempo en vida para lograr un descanso eterno y verde.
Personalización.
El sector funerario en España debe seguir evolucionando. Como señala Eduard Vidal, director general de la empresa funeraria Mémora, son numerosos los cambios que está experimentando la sociedad española en relación con la organización de un servicio funerario y una de las características principales de esa transformación es la personalización. Las claves de futuro en España pasan por cambiar hacia alianzas con diseñadores de prestigio, trato personalizado, esquelas on-line y tendencias y modas adaptadas al usuario. Aunque algunas parezcan descabelladas. Es el caso de los ataúdes musicales. Dotados de hilo musical, wi-fi y con varios altavoces para que se puedan escuchar las canciones favoritas desde la tumba. Además, los familiares o amigos pueden actualizarlas para que ese “descanse en paz” no sea tan monótono. Su precio roza los 20.000 euros y lo surrealista.
Para los soñadores y románticos que desean ser contemplados como estrellas existe la opción de transportar sus restos al espacio. De la misma forma que el inventor de los Doritos, Arch West, pidió que lanzasen esas tortitas de maíz sobre su tumba, otros prefieren los funerales espaciales. Sepelios siderales a los que pronto se sumarán los futuros entierros lunares. Un lujo cada vez más popular que Space Services, una empresa de Houston, Texas, convierte en realidad. El truco reside en que, al poner a la vez en órbita unos 200 cuerpos, los costes se reducen significativamente; entre 900 y 5.000 dólares (entre 650 y 3.500 euros). Una tarifa modesta si se compara con la media de casi 10.000 dólares (7.200 euros) que cuesta un sepelio terrenal en Estados Unidos. Entre los que ya lo han escogido, cómo no, James Doohan, actor de Star Trek, que podrá contemplar de cerca el Enterprise, o Vitaly Fedorov, un veterano de la industria espacial rusa.
Si prefiere ser enterrado en la tierra, debe ser un sitio original. En una galería de arte, como un cuadro –mezclando cenizas con pintura– o, por unos 4.000 euros, en una tumba submarina a través de la Sociedad Neptuno. Eso sí, las visitas tendrán que usar equipo de submarinismo. Pero si lo que quiere es llevarlas siempre encima, se pueden convertir esas cenizas en algo tan mundano como un lápiz –viene en un cajita con sacapuntas y con el nombre del fallecido en el lateral– o tan glamuroso como un diamante. Se extrae el carbono que contienen las cenizas y se transforma en brillante certificado. El proceso, que en condiciones naturales llevaría años, se termina en cinco o seis semanas. Se escogen las perfecciones –joyas de 0,3 a 3 quilates–, el color azul claro o blanco con reflejos azules o la opción de personalización: imprimiendo la huella dactilar o grabando con láser una inscripción microscópica con el nombre del fallecido. Así, en términos poéticos, la persona amada será siempre una joya. Las fórmulas científicas se ponen al alcance del deseo de conservar su esencia más pura: su ADN. Este proceso permite tener cerca su información genética por si es necesaria para análisis y pruebas. Así, siempre estará intacto y, si en el futuro es posible, clonarlo.
Una vez elegida la forma en la que descansará ese ser querido, todavía se puede hacer algo más por él. Existe la opción de elaborar una memoria digital. Por algo más de 150 euros rastrean todos los perfiles y la información que el difunto tenía en redes sociales y en Internet y se entrega recopilada en una memoria USB. Arriesgándonos siempre a que se encuentre algo en su Facebook que no debiéramos ver. El servicio incluye el borrado de todo lo encontrado, la cancelación de sus cuentas e, incluso, la comunicación de su fallecimiento a amigos o fans a través de la última actualización de perfil.
Humor negro o juegos inconscientes con la muerte. Al fin y al cabo, como se asegura en la entrada del cementerio de Betanzos, La Coruña, “Mansión de la verdad es la que miras, no desoigas la voz del que te advierte, que todo es ilusión, menos la muerte”.



