Cuando el sexo se convierte en una droga

11 / 01 / 2012 12:09 Chris Lee (Newsweek)
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Fuera de los chistes fáciles y de casos sonados, como el de Strauss-Kahn, la adicción al sexo es una epidemia creciente y desconocida que destroza la vida con la misma eficacia que la peor de las drogas.

Valerie se dio cuenta de que el sexo estaba destrozando su vida cuando su segundo matrimonio se fue a pique. Con 30 años y empleada en el departamento de recursos humanos de una empresa de Phoenix (Arizona), había engañado constantemente a sus dos maridos, muchas veces con compañeros de trabajo o subordinados. Había mantenido encuentros sexuales con hombres que apenas conocía en los aseos de restaurantes de comida rápida, había tenido aventuras con hombres casados y tampoco se había privado de decenas y decenas de rollos de una noche. Pero Valerie no podía parar. Llamaba a líneas calientes, devoraba pornografía en Internet y se masturbaba tan compulsivamente que a menudo elegía quedarse en casa con su vibrador antes que ir a la oficina. De igual modo no podía resistirse a la tentación del exhibicionismo, sobre todo en clubes de streaptease, e incluso llegó a aceptar dinero a cambio de sexo; no porque lo necesitara, sino por el perverso subidón que le proporcionaba aquello.

Para Valerie el sexo era una especie de medicina que se administraba ella misma. Lo usaba para ocultar la ansiedad, la desesperación y el pánico irracional que le provocaba cualquier tipo de intimidad afectiva. Eran miedos que le habían perseguido desde niña, cuando fue abandonada por sus padres. “Para aliviar la soledad y el miedo a no sentirme querida busqué el afecto en todos los lugares equivocados posibles”, afirma.

Tras una década sumida en esta espiral autodestructiva, Valerie tocó fondo. Con su segundo matrimonio a punto de romperse, y después de una de sus aventuras, se hundió en un negro abatimiento que la llevó a intentar suicidarse con una sobredosis de pastillas. Se despertó en la UCI, y solo entonces descubrió en qué se había convertido: en una adicta al sexo. “El desenfreno sexual me robó dos matrimonios y un trabajo. Acabé en la calle, sobreviviendo a base de vales de comida”, afirma Valerie, que, como la mayoría de los adictos al sexo entrevistados para este reportaje, no quiso dar su verdadero nombre. “Estaba totalmente fuera de control”.

Sexo compulsivo.

La adicción al sexo sigue siendo una patología controvertida a la que casi nunca se toma en serio; muchos la consideran un simple mito, y debido a la enorme fama de algunos de sus afectados, como Tiger Woods o Dominique Strauss-Kahn, con frecuencia se ve degradada al papel de mero remate final de los chistes de los monologuistas. Pero el comportamiento sexual compulsivo, también llamado desorden hipersexual, puede destruir la vida de una persona tan eficazmente como las drogas o el alcohol. Y según los psiquiatras y expertos en el tema, cada vez afecta a más estadounidenses: “Es una epidemia nacional”, alerta Stephen Luff, coautor del libro Pure Eyes: A Man’s Guide to Sexual Integrity (“Una mirada limpia: una guía de integridad sexual para hombres”) y director de un programa de ayuda a adictos al sexo en Hollywood.

Es muy difícil ofrecer cifras fiables sobre este fenómeno, pero la Sociedad para el Fomento de la Salud Sexual, una organización de ayuda a estos enfermos, estima que entre el 3% y el 5% de la población de Estados Unidos (es decir, en torno a nueve millones de personas), encajaría en el perfil de esta patología. Según muchos investigadores y profesionales del sector, hoy existen 1.500 terapeutas que ayudan a superar esta adicción, frente a los poco más de 100 que había hace diez años. Del mismo modo, en la actualidad se puede encontrar publicidad de decenas de centros de rehabilitación, mientras que hace una década apenas existían cinco o seis. También está cambiando el perfil del enfermo. “Antes la mayoría de los que acudían a tratamiento eran hombres de entre 40 y 50 años, pero ahora hay cada vez más mujeres, adolescentes e incluso ancianos”, afirma Tami VerHelst, vicepresidenta del Instituto Internacional de Adicciones y Traumas Profesionales. “Los nietos sorprenden a sus abuelos viendo pornografía en el ordenador, mientras que los nietos empiezan a hacer sexting [envío de contenidos pornográficos a través de teléfonos móviles] a los 12 años”, afirma.

Parte del aumento de la adicción al sexo se debe a la revolución digital, que ha propiciado un cambio del metabolismo carnal de Estados Unidos. Mientras que antes la gente sentía vergüenza de ser vista entrando en sex shops y cines porno, ahora, gracias a Internet, la pornografía es accesible, gratuita y anónima. La organización Internet Software Review estima que en torno a 40 millones de estadounidenses visitan diariamente 4,2 millones de sitios pornográficos. Y a pesar de que ver contenidos pornográficos no es lo mismo que echarse a la calle en busca de sexo, los expertos advierten que lo primero puede ser la vía de entrada a lo segundo.

“Esto no quiere decir que todo el que vea la imagen de un desnudo vaya a convertirse en un adicto al sexo”, afirma el doctor David Sack, director ejecutivo de la franquicia de Los Ángeles de la cadena Promises Treatment Centers. “Pero esta actividad continuada podría perjudicar a las personas con mayor predisposición a sufrir esta adicción”, argumenta.

Las últimas tecnologías también están facilitando el citarse con extraños para tener encuentros frugales. Algunas aplicaciones de smartphones, como Grindr, utilizan tecnología GPS para indicar la localización de lugares donde los gays pueden mantener sexo sin compromiso en 192 países. La web AshleyMadison.com promete “encuentros garantizados” para aquellos que busquen sexo fuera del matrimonio, y ya cuenta con 12,2 millones de usuarios en todo el mundo.

Pérdida de control.

Tony, un hombre de 36 años residente en el acomodado barrio angelino de Westside, dejó de encontrarle sentido a su vida debido a su comportamiento sexual obsesivo. “Estaba totalmente atrapado –afirma-. Me sumía en estados similares al trance y perdía el control de lo que estaba haciendo en términos sociales, profesionales y espirituales. No podía parar”.

Le avergonzaban sus intentos constantes de encontrar mujeres. “Las buscaba en las canchas de baloncesto, en el club, y a veces hasta cogía el coche para buscarlas por las calles”, recuerda Tony. Tuvo que seguir un programa de doce pasos de adictos al sexo anónimos para descubrir que no era el único al que le ocurría aquello. Allí también aprendió que su fijación por el sexo era un mecanismo para ocultar sus inseguridades y evitar los aspectos emocionales que en última instancia provocaban su adicción. “La obsesión te acaba llevando a recorrer las calles por las noches, agitado, pensando ‘quizá vea a alguien por ahí’ –cuenta–. De alguna manera es como si estuvieras buscando a tu presa, con el corazón a cien por hora y la adrenalina disparada, concentrado al cien por cien en tu objetivo. Pero tienes la autoestima por los suelos”.

La mayoría de los tratamientos se inspiran en los programas de Alcohólicos Anónimos, pero en vez de abogar por una abstinencia total proponen lo que denominan “sobriedad sexual”. Esta puede adoptar muchas formas, pero en general lo que se busca es eliminar “el comportamiento sexual no deseado”, como por ejemplo la masturbación compulsiva o el recurrir a prostitutas.

Pese a que en ocasiones los adictos al sexo presentan comportamientos similares a los de las personas que sufren desórdenes obsesivo-compulsivos, las investigaciones no han hallado nexos directos entre los dos tipos de trastornos. Sin embargo, hay un número creciente de textos científicos que demuestran que el desorden hipersexual sí presenta similitudes con otros tipos de adicción. En los centros Promises han comprobado que algunos adictos al sexo tratan de refugiarse de la vergüenza que les produce su comportamiento en las drogas o en el alcohol. Por otro lado, es frecuente que cuando estos enfermos empiezan a tomar conciencia de su problema se hundan en profundas depresiones. “Me di cuenta de que no me sentía cómoda en mi propia piel”, afirma Valerie, que se metió en un programa de desintoxicación de cuatro meses en una clínica privada de la localidad de Torrance (California). “Mi depresión se debió al miedo que me daba quedarme sola el resto de mi vida. El miedo a la soledad y al abandono luchaba contra mi obsesión”.

Según los expertos, los adictos al sexo padecen la misma obsesión que lleva a los alcohólicos y los drogadictos a actuar de forma temeraria. Las investigaciones demuestran que ambos tienen una gran dependencia del mismo neurotransmisor cerebral responsable del placer, la dopamina. “Todo se enfoca a sentir ese subidón, aunque la persona se vaya perdiendo tras cada imagen, tras cada prostituta y tras cada encuentro fugaz –afirma Weiss-. Todos acaban por arruinar sus relaciones, contraer enfermedades y perder sus puestos de trabajo”.

Adulterio.

Pero llegados a este punto los expertos afirman que la adicción al sexo no debe usarse como una excusa para explicar un desliz o para justificar el adulterio. Chris Donaghue, el terapeuta sexual que presenta el programa Bad Sex, afirma, por ejemplo, que él no considera que Tiger Woods padezca adicción al sexo pese a sus muchas y muy publicitadas aventuras extramatrimoniales. “Que no respetara la integridad de su compromiso matrimonial no le convierte en un adicto”, afirma Donaghue, que critica que haya quien intente escudarse en esta circunstancia para usarla como “una tarjeta de salida de la cárcel” de las que se usan en el Monopoly.

Los abusos de la pornografía por Internet han sido objeto de numerosas investigaciones, que han demostrado, por ejemplo, que los masturbadores compulsivos que se pasan 20 horas al día o más frente a la pantalla del ordenador pueden acabar sufriendo un resaca de dopamina. Adictos y terapeutas esperan que cada vez haya más concienciación sobre esta patología y que esto lleve a los enfermos de todos los géneros y todas las edades a dar el paso y comenzar un tratamiento. Muchos así descubrirán que “la adicción al sexo realmente no es una cuestión de sexo”, tal como afirma Weiss, sino una cuestión “de ser querido”.

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