Pobreza, violencia y muerte: el negocio de los 10.000 millones de US$
El negocio del tráfico de migrantes está viviendo un auténtico "boom". Aunque el riesgo para quienes buscan una vida mejor es alto, la demanda sigue siendo enorme.
Según los cálculos de la Organización Integral para las Migraciones (OIM), los traficantes facturan unos 10.000 millones de dólares (8,9 millones de euros) al año en todo el mundo. "Y podría ser más", afirma Frank Laczko, director del departamento de investigación de la OIM en Berlín.
Anualmente, decenas de miles de personas indocumentadas escapan de la guerra y la pobreza, en su mayoría con la ayuda de estas bandas. Laczko lamenta que se sepa tan poco de este negocio: ¿Cuántos traficantes hay? ¿A cuántos migrantes mueven? ¿Cuántos mueren en el intento? La OIM registra cada año varios miles de fallecimientos, pero éstos son apenas la punta del iceberg.
La necesidad mantiene el negocio
Los clientes de los traficantes huyen sobre todo de la guerra en Siria, de la represión política y las detenciones arbitrarias en Irán, de la persecución religiosa en Myanmar, de los talibanes en Afganistán y, en la mayoría de los casos, de la pobreza y la falta de perspectivas de futuro. Con ayuda de los criminales, se embarcan en viajes que pueden prolongarse durante muchos meses, incluso años. Para ello, pagan desde unos pocos cientos hasta miles de dólares.
El negocio florece en muy diversas rutas: los migrantes africanos que huyen de la violencia y el hambre cruzan a pie peligrosos desiertos hasta llegar a Libia. Una vez allí, esperan en las costas de este Estado sumido en el caos para surcar el Mediterráneo a bordo de precarias embarcaciones. En 2016, la cifra de víctimas mortales que siguieron este camino aumentó notablemente.
Quienes en cambio huyen de la guerra en Siria dan sus últimas pertenencias a los traficantes para cruzar la frontera con Turquía. Y eso pese a que el peligro de que los detengan o incluso les disparen en los controles fronterizos aumenta.
Mientras, centenares de miles de musulmanes rohingya que intentan escapar de la persecución en Myanmar, esperan en destartalados campamentos en Bangladesh la oportunidad de viajar a India, Nepal o Pakistán con ayuda de traficantes.
En Centroamérica, quienes buscan dar la espalda a la violencia y la pobreza pagan a bandas de traficantes para llegar a Estados Unidos cruzando México. Sin embargo, debido al endurecimiento de los controles de la policía de fronteras estadounidense, el flujo ha disminuido mucho.
Los traficantes
Los traficantes trabajan en su mayoría organizados en redes que en ocasiones tienen un amplio alcance geográfico. Y se especializan: hay quienes van a la caza de clientes, mientras otros falsifican los pasaportes y los certificados de nacimiento. También están los dueños de las casas que albergan a los migrantes durante sus viajes clandestinos, los conductores y guías que les ayudan a cruzar la frontera y los funcionarios corruptos que extienden la mano para permitir su paso.
Como toda industria floreciente, el negocio continúa desarrollándose. Ante las lucrativas perspectivas, hay grupos transnacionales y bandas criminales que se abren paso cada vez más en algunas regiones como México y Estados Unidos, señalan los investigadores. Según la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), grupos que antes sólo trabajaban determinadas rutas o áreas están expandiéndose.
"Algunos se han unido o cooperan, ampliando así su alcance geográfico y diversificando sus actividades criminales", apunta la UNDOC. "Para algunos grupos delictivos, los migrantes son simplemente una de tantas mercancías con las que se puede traficar, como la droga o las armas".
Además, los expertos están observando una creciente brutalidad en los traficantes. Según Unicef, las mujeres y niños que huyen de los distintos conflictos en África son golpeados o violados en campamentos de detención no oficiales.
Además, en estos lugares a menudo escasea la comida y, según la agencia de la ONU, no son sino prisiones en las que los migrantes son tomados como rehenes, obligados a prostituirse o a realizar trabajos forzados. La cifra mundial de niños y jóvenes que huyen solos se ha quintuplicado desde 2010, señaló Unicef en mayo.
Los países de destino
Muchos países están reaccionando a la oleada de inmigrantes imponiendo drásticos crontroles fronterizos. Sin embargo, los expertos sostienen que éstos dan alas a los traficantes en lugar de combatirlos: cuanto más difícil sea para quienes huyen, más probabilidades habrá de que busquen ayuda. Salil Shetty, secretario general de Amnistía Internacional, es uno de los que más ha criticado este tipo de medidas, como por ejemplo en Australia. Allí, la Marina obliga a las embarcaciones de contrabandistas que se dirigen a sus costas a dar la vuelta y desviarse a otros países.
Según Shetty, estas duras respuestas no sólo violan los derechos humanos y la convención internacional sobre el estatuto de los refugiados, sino que afectan el negocio de los traficantes. "No importa lo altos que sean los muros y lo armados que estén los guardias costeros, la gente que no tiene nada que perder encontrará la manera de abrirse camino ante situaciones insostenibles. Aunque eso signifique arriesgar la vida en peligrosos viajes", afirma.
Por supuesto, medidas como el cierre de la ruta de los Balcanes o el acuerdo sobre los refugiados entre la Unión Europea (UE) y Turquía influyen en el negocio. Actualmente son muchas menos las personas que emprenden la ruta hacia Europa por el este del Mediterráneo, pero una parte busca otras vías por el mismo mar que a menudo llevan a la muerte.
Y cuantos más obstáculos haya, más importantes son los traficantes para poder superarlos. Demetrios G. Papademetriou, del Instituto de Política Migratoria en Washington, opina lo mismo que AI: el endurecimiento de los controles fronterizos beneficia el negocio. "Significa que cada vez más personas tendrán que confiar en los traficantes", afirma.
Los clientes
Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), hay más desplazados que nunca a causa de los conflictos. En su informe del año pasado, arroja la cifra de 65,3 millones de personas que huyeron de la guerra y la violencia hasta finales de 2015. El año anterior habían sido 59,5 millones. Alrededor de 41 millones se quedan en sus países, mientras que el resto prueba suerte en el extranjero. No obstante, hay quienes abandonan sus hogares por otros motivos y ni siquiera ACNUR puede dar una cifra total de todos los indocumentados.
Tampoco hay una cifra clara de cuántas personas cruzan ilegalmente las fronteras a cambio de dinero. Europol calcula que el 90 por ciento de los migrantes indocumentados que entran en el Viejo Continente lo hacen con ayuda de traficantes. En el caso de los chinos que buscan instalarse en Canadá sucede lo mismo. Y alrededor del 80 por ciento de los cerca de tres millones de migrantes indocumentados que viven en Malasia y Tailandia han pagado a traficantes y otros criminales para llegar hasta allí.
La ruta más mortífera
En 2016, más de 7.870 migrantes murieron en su intento de encontrar una vida mejor, 5.100 de ellos en el Mediterráneo. En 2015 fallecieron unas 3.800 personas siguiendo esta ruta, la más peligrosa del mundo.
Hasta principios de junio, según el proyecto "Missing Migrants" de la OIM, más de 2.300 personas murieron o se encuentran desaparecidas. De ellas, más de 1.600 por cruzar el Mediterráneo. No obstante, la verdadera cifra de víctimas seguramente es muy superior. Nadie sabe, por ejemplo, cuántos africanos mueren cruzando el Sahara al intentar llegar a Libia.
Lucrativos beneficios a bajo riesgo
El tráfico de personas es un crimen que proporciona jugosos ingresos a bajo riesgo. En las principales bandas, el pago se lleva a cabo siguiendo el hawala, el tradicional sistema de transferencias del mundo musulmán. El hawala se basa en la palabra, por lo que no deja huella. El dinero cambia de mano mediante personas de confianza: se desplaza sin moverse. Hay toda una red de mediadores que se extiende por Cercano Oriente, el norte de África y el cuerno de África.
Por otro lado, se usa mucho efectivo. Europol y otras autoridades hablan de grandes cantidades de dinero en metálico que cruza las fronteras y se blanquea, por ejemplo, a través de la compra de inmuebles.
Además, a la hora de trabajar, los investigadores se topan con el problema de que muchos migrantes no quieren contar cuánto han pagado. En parte porque tienen miedo o porque necesitan a esos traficantes para que ayuden a huir a sus familiares. Y pese a la estrecha colaboración entre las autoridades internacionales, no son los grandes capos quienes acaban ante los tribunales, sino los "jefecillos", como los líderes de las embarcaciones o los conductores de camiones.
Un fin de semana de mayo
Las estadísticas siguen siendo demoledoras, como las que arrojó el alto comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, Filippo Grandi: sólo en el fin de semana del 6 y 7 de mayo, más de 6.000 personas cruzaron el Mediterráneo rumbo a Italia. Setenta murieron. Según Grandi, cerrar las fronteras no es la solución a este problema humanitario.
Para algunos observadores, la situación en el Mediterráneo es una prueba de que las medidas adoptadas hasta la fecha no funcionan. Así, la operación Sophia de la UE contra las bandas de traficantes tiene como objetivo detener a los criminales y hacerse con sus embarcaciones, pero a menudo sus agentes se convierten en rescatadores de migrantes en apuros.
Desde su puesta en marcha, hace más de un año y medio, hasta finales de abril, los agentes capturaron a 109 traficantes y contrabandistas, se incautaron de 422 embarcaciones y rescataron a más de 35.000 migrantes. En ese tiempo fueron detenido más del 10 por ciento de los que intentaban cruzar el Mediterráneo, señala el director de la misión, Manlio Scopigno. Las patrullas, situadas a pocos kilómetros de la costa de Libia, a menudo facilitaban y abarataban el negocio, sostienen sus detractores.
¿Cuáles son las posibles soluciones?
En un mundo en el que las brechas entre países y regiones se profundizan, los expertos en migración coinciden en que la comunidad internacional ha gracasado a la hora de lidiar con estos flujos migratorios. Por mucho que hablen jefes de Estado y Gobierno, no sucede nada. Ante esta situación, Naciones Unidas aspira a firmar nuevos acuerdos para proteger los derechos de los refugiados, salvar vidas y repartir la responsabilidad.
El alto comisionado Grandi aprovechó una votación en la Asamblea General de la ONU el año pasado para recordar al mundo que todos debemos remar juntos: "Ningún Gobierno puede hacer frente solo a la oleada migratoria. El único camino hacia adelante es la cooperación internacional".
Las negociaciones definitivas para el pacto migratorio de la ONU, "Global Compact on Migration"- están previstas para 2018. El experto de la OIM Laczko augura debates complicados, pero es optimista: "Al menos comenzamos la discusión".
Frank Laczko, director del departamento de investigación de la Organización Integral para las Migraciones. Foto: Gregor Fischer






