Alepo: el inicio de la ardua reconstrucción de una ciudad en ruinas

29 / 06 / 2017 Simon Kremer (DPA)
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"Es un poco esquizofrénico", señala Ghaith, uno de los voluntarios. "Todo está destruido y, pese a ello, los jóvenes están aquí, riendo y ayudando".

En los alrededores de la Ciudadela de Alepo hay numerosos edificios completamente destruidos, sin embargo, más de 200.000 personas han vuelto a la zona oriental de la ciudad. Foto: Simon Kremer/DPA

El misil impactó en el tejado de la mezquita haciendo saltar por los aires la parte del muro posterior. Un olor a pollo y cebolla asadas se expande por las ruinas. En una larga mesa, un montón de jóvenes empaqueta en pequeñas cajas raciones de comida para 13.000 personas a base de carne, arroz y zanahorias. Poco después, las llevará a la zona oriental de Alepo, casi totalmente destruida por los violentos combates de los últimos años, donde muchos han vuelto a vivir en medio de las ruinas y donde celebran el final del mes de ayuno musulmán, el Ramadán.

"Es un poco esquizofrénico", señala Ghaith, uno de los voluntarios. "Todo está destruido y, pese a ello, los jóvenes están aquí, riendo y ayudando". Junto a la mezquita que este hombre de 31 años y otros voluntarios utilizan en sus labores de ayuda, comienza la reconstrucción de Alepo. La gente barre las ruinas, limpia los innumerables agujeros por impacto de artillería en las fachadas, abren sencillos quioscos y pequeños talleres en edificios con los tejados parcialmente derruidos y con las paredes destrozadas, en un intento de volver a la normalidad. 

Pero las huellas de los combates que duraron años se han grabado a fuego en la imagen de la que una vez fuera la metrópolis económica de Siria, situada en el norte del país. En la zona oriental de la ciudad, donde los insurgentes resistieron con fuerza hasta diciembre del año pasado tras quedar asediados junto a decenas de miles de civiles, numerosas viviendas han quedado totalmente destruidas.

También en la línea del frente con la zona occidental, controlada por el Gobierno del presidente Bashar al Assad, hay un desierto de escombros. Torres de edificios con ventanas sin cristales flanquean las calles. Según la ONU, en torno a un millón de personas de la provincia de Alepo tuvieron que abandonar sus hogares a causa de los enfrentamientos de los últimos años. Pero poco a poco, están regresando a la ciudad. 

Directamente al lado de la Ciudadela que corona la Alepo, Bashir Mohammed al Kamus ha levantado un pequeño taller. A sus 60 años, se sienta en un taburete y fabrica pipas de agua. "Cuando los rebeldes fueron derrotados hace seis meses, regresé", cuenta elogiando al Ejército sirio. "Mañana abriré aquí un café de shishas (pipas de agua) para que la gente pueda celebrar el fin del Ramadán", señala. 

Como muchos en Alepo, él también insulta a los rebeldes, algo que puede deberse a que las conversaciones con los periodistas siempre están vigiladas por un empleado del Gobierno o a que, tras el fin de los combates, más de 36.000 personas abandonaron la ciudad en dirección a territorio bajo control rebelde. "Si Alepo no funciona, Siria no funciona", dice Fares al Shehabi, diputado del Parlamento y presidente de la Cámara de Industria de Alepo, además de defensor de Al Assad. 

A los problemas se une la lista de sanciones de la Unión Europea (UE). "El mayor desafío es ahora devolver a la vida la ciudad". Sobre todo la infraestructura ha sufrido con los combates: el suministro eléctrico es malo y en muchos lugares sólo funciona con generadores, mientras por las noches no hay farolas que iluminen las calles. En muchas partes de la ciudad la gente debe recoger agua con bidones en los grandes tanques instalados a tal efecto. Miles de fábricas también han quedado destruidas, según datos del Gobierno.

También la seguridad es frágil: las milicias fieles al Gobierno se están extendiendo en la zona, amenazan a la gente en los controles e incluso han matado a varias personas. "Estos criminales aprovechan la situación actual", señala Al Shehabi. "Actúan como la mafia". Damasco, asegura, ha enviado uno de sus mejores equipos de seguridad a Alepo para volver a controlar la situación. 

Pero pese a todos los esfuerzos por recuperar la normalidad y reconstruir la ciudad, el frente transcurre a sólo un par de kilómetros del centro de la urbe. Por las noches, los rebeldes realizan ataques aislados con mortero contra el extrarradio de Alepo. Y continuamente truena la artillería siria en la gran ciudad. No obstante, también hay barrios en los que apenas se reciben señales de los combates en el exterior. La ONU calcula que en torno a una tercera parte de los edificios han quedado destruidos o sufrido daños.

Después de huir hace varios años, Abdelrahman Hamidan ha regresado para el Eid al Fitr (la fiesta que pone fin al Ramadán) con su familia a su antigua vivienda en la zona oriental de la ciudad. Aún no está habitable, asegura. Sólo quería ver lo que quedaba en pie. En la mano lleva tres fotos de familia, un mantel, un carnet escolar de su hijo y un Corán cubierto de polvo. 

"Pese a todo podemos celebrar ahora con más tranquilidad que en los últimos años", dice. Los precios han subido mucho, pero, aunque con poco, intenta celebrar una hermosa fiesta. El joven Ghaith, que cocina junto a los otros voluntarios, no se deja intimidar con los inmensos desafíos que trae consigo la reconstrucción. "Sí, es una tragedia", señala. "Hay tantos muertos y tanta destrucción. Pero ha terminado, ahora debemos mirar hacia delante".

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