El nuevo rey del ajedrez
Tiempo habla con el noruego Magnus Carlsen, campeón del mundo con 24 años y aspirante a suceder a Kasparov como mejor ajedrecista de la historia.
El noruego Magnus Carlsen posee una mente fuera de lo normal. Con solo 24 años, acaba de coronarse campeón mundial de ajedrez por segundo año consecutivo. El destino natural de un verdadero niño prodigio, que a los 13 años conquistaba el título de gran maestro y a los 19 se convertía en número uno mundial, el más joven de la historia. No es de extrañar que su acelerada carrera, en la que, uno tras otro, está batiendo todos los récords, le convierta en uno de los principales candidatos a arrebatar el título de mejor ajedrecista de todos los tiempos a Garry Kasparov.
El gran logro del mito ruso fue mantenerse ininterrumpidamente durante 20 años en lo más alto del podio. Y aunque todavía tendrá que pasar mucho tiempo para comprobar si Carlsen consigue igualar tal hazaña, está claro que su extraordinaria capacidad y, sobre todo, la velocidad a la que la está desarrollando, le vaticinan un futuro tanto o más prometedor. Pero al noruego no le gusta darse tanta pompa. Prefiere vivir el presente. Entrevistado por esta revista, evita plantearse la cuestión de si algún día alcanzará o no a Kasparov. “No me gusta marcarme objetivos a largo plazo. Mi motivación principal es seguir aprendiendo y pasármelo bien”.
El campeón tranquilo.
Su talento le permite vivir el reto de seguir siendo el mejor con tranquilidad. Tiene una memoria de elefante. Una capacidad de concentración y una creatividad en el juego extraordinarias. Impresiona verle jugar contra 10 jugadores al mismo tiempo y ganarles a todos. Aunque esto no es lo más asombroso. Lo verdaderamente increíble es que lo hace de espaldas, con los ojos vendados. No ve los tableros, pero es capaz de seguir y anticipar los movimientos de 320 piezas a la vez. “Para mí es crucial lograr separar cada juego, eso me permite recordar todas las posiciones”, nos explica con naturalidad, como si se tratara de la cosa más normal del mundo.
Su rara habilidad es un misterio, un don de la naturaleza que empezó a emerger cuando no era más que un niño, convirtiéndole en el Mozart del ajedrez, como le ha bautizado la prensa.
Nacido en Tønsberg, a las afueras de Oslo, el 30 de noviembre de 1990, pronto sobresalió por su precoz inteligencia. A los 5 años se sabía los nombres y las poblaciones de todos los ayuntamientos de Noruega. Su padre, Henrik Carlsen, recuerda que ya de muy pequeño sorprendía su capacidad para concentrarse durante horas en un tema concreto. Y así es como se inició en el ajedrez. Fue su padre el que le enseñó a jugar. Al principio, el niño no manifestó especial interés. Fue más tarde, cuando su progenitor empezó a jugar con su hermana mayor, Ellen, cuando despertó en él el espíritu de competición. Empezó a estudiar el juego. Se leyó libros enteros de estrategia. Y lo primero que hizo fue batir a su hermana. Ganar a su padre le costó algo más. Henrik se dio rápidamente cuenta de la excepcional habilidad de su hijo y empezó a llevarlo a competiciones.
Su evolución fue muy rápida y pronto empezó a arrasar a nivel nacional. Por eso, en 2003, la familia entera decidió tomarse un año sabático e irse de ruta por Europa con la excusa de acompañar a Magnus a los principales torneos. El más importante era el que se celebraba ese año en Reikiavik, la capital de Islandia. Y fue allí donde cogió la ventaja que le convertiría en leyenda.
A sus 13 años, logró lo inalcanzable. Batió al mito ruso Anatoli Karpov y empató con el gigante Kasparov en una serie de partidas rápidas. En un vídeo familiar filmado en una piscina el día antes del campeonato se le ve disfrutando y jugando con sus hermanas. Tampoco se le ve nervioso durante el torneo, cuando, entre partida y partida, aprovecha para leer un cómic del Pato Donald.
Aquel niño es hoy un adulto. Sin embargo, su actitud ante la gloria y la fama sigue siendo sencilla y desenfadada. “Magnus es una persona relajada, fácil de tratar –nos explica su mánager, Espen Agdestein–. Le gusta pasárselo bien y la mayor parte del tiempo, pasárselo bien es lo que le motiva”.
Sentido del humor.
A pesar del ambiente altamente competitivo que prima en el mundo del ajedrez, Carlsen no ha perdido el sentido del humor. “Le encanta bromear y divertirse. Su actitud hacia el ajedrez está movida por el amor que siente por el juego, la curiosidad y el entusiasmo. No le gusta seguir un régimen de entrenamiento muy estructurado, pero, claro está, piensa en el ajedrez todo el tiempo y lo practica siempre que está inspirado”, cuenta Agdestein.
Cualquiera que haya asistido a algún torneo, especialmente al campeonato del mundo, estará de acuerdo en que la tensión que se respira es extremadamente alta. En estas ocasiones, a Carlsen le gusta llevar consigo a su familia. Tener cerca a sus hermanas le relaja. Después de las rondas, le encanta jugar a las cartas con ellas o gastarles bromas. En palabras de Agdestein, “eso le ayuda a alejar su mente del estrés”.
Carlsen es un chico muy familiar. Está muy unido a sus padres y a sus tres hermanas. Parte del éxito de su carrera, de hecho, se debe a la ayuda y entusiasmo de sus progenitores. Ellos fueron quienes le animaron a competir y le acompañaron a los torneos. Pero cuando un niño tiene una capacidad tan especial, no siempre es fácil evitar que perciba algún tipo de presión por parte de sus padres, lograr que no busque el triunfo para complacerles, para demostrarles que es un buen hijo. Preguntado al respecto, Carlsen niega tajantemente que sus padres le presionaran de alguna forma.
“Mi padre dice que su mejor logro fue no darme ningún consejo sobre ajedrez. Temía que malos consejos pudieran dañar mi desarrollo”. Por lo demás, dice que nunca se interpusieron en su camino: “Sí fueron muy buenos, en cambio, al dejarme jugar todo lo que quise. Les estoy infinitamente agradecido por ello”.
Jugar mucho, explica, es una de las claves de su éxito. Carlsen se hizo famoso en el mundo del ajedrez cuando todavía era muy joven. Esto hizo que, poco a poco, fuera dejando de lado los estudios para concentrarse completamente en el juego. Dejó la escuela en 2009 sin llegar a graduarse y en sus planes no figura el de sacarse una carrera universitaria. Ni falta que le hace. Al menos, si de lo que se trata es de labrarse un porvenir.
Sex symbol.
Lo cierto es que dedicarse al ajedrez le ha salido más que rentable. Ha llegado a acuerdos de patrocinio con varias empresas, lo que le reporta anualmente ganancias millonarias. Según admite él mismo, de momento, ya ha ganado más que suficiente como para vivir de ello. Carlsen, de hecho, ha roto la imagen de ajedrecista empollón que todos tenemos en la cabeza. Y se puede decir que la inteligencia no es el único talento del que ha sabido sacar partido. En su país es visto hoy como un ídolo juvenil. Ha posado para varias marcas de ropa junto a actrices y modelos, como Liv Tayler o Gemma Arterton. Tanto es así, que la revista Cosmopolitan lo incluye en su lista de hombres más sexies del planeta. Amante del fútbol, el Real Madrid es su equipo favorito. Él mismo practica este deporte en el Fremad Famagusta, conjunto de la Sexta División noruega, y trata de hacer ejercicio cada día. Y es que estar y sentirse en forma es otro de sus trucos. Dormir también es importante, cosa que hace un mínimo de 9 horas diarias. Por lo demás, es un apasionado del zumo de naranja. Lo toma a todas horas, pero sobre todo, cuando compite y ya es un clásico de los torneos verle concentrado ante el tablero con un vaso lleno al lado.
Cada campeonato supone un gran gasto de energía incluso para tipos tan dotados como él. Por eso, tras el mundial celebrado en noviembre se tomó unas largas vacaciones. “He descansado junto a mis amigos, haciendo cosas muy normales. Después de un mundial es bueno pensar en cosas que no tengan nada que ver con el ajedrez durante unos días”.



