Grandes relatos

25 / 01 / 2008 0:00 Ricardo Menéndez Salmón
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La casa del relato es la casa del ser. El hombre no es sólo el animal que come pan (Homero), el animal que promete (Nietzsche) o el animal que usa gafas (Svevo); el hombre es, además, el animal que cuenta, el dueño de la narración, quien pone nombres a todo aquello que no es él.

La casa del relato es la casa del ser. El hombre no es sólo el animal que come pan (Homero), el animal que promete (Nietzsche) o el animal que usa gafas (Svevo); el hombre es, además, el animal que cuenta, el dueño de la narración, quien pone nombres a todo aquello que no es él: las temibles cosas, el resto de organismos fraternos, la plétora de lo vivo. Porque escribir es nombrar el mundo, llenarlo de significado, procurar un vector de sentido a una realidad que carece de él: esta existencia azarosa, accidental, ateleológica, de cada uno de nosotros y del recipiente en el que viajamos. La necesidad de grandes relatos que nos contengan, que nos definan, que nos recojan, siempre me ha parecido la justificación última de la literatura, la deuda decisiva de la escritura con la oralidad. Un pueblo sin narradores es un pueblo sin horizonte. Podrá conquistar la felicidad, la libertad e incluso la justicia, pero será incapaz de decirlas. Quizá por eso, entre todas las banderas que la posmodernidad académica ha agitado, ninguna tan peligrosa como la que vocea el supuesto fin de las grandes narraciones. La tentación de un discurso fragmentario, amparado bajo modelos formales caóticos, no parece descabellada en un mundo tan plástico como el actual. Cosa distinta es la llamada, insistentemente escuchada desde finales de la década de los años 70 del pasado siglo, al agotamiento del gran discurso como depósito de la vida sentida. Para mí, que me acerco a la literatura de modo parecido a como lo hizo Onetti (“Todo lo que he querido expresar no ha sido otra cosa que la aventura del hombre”), esa renuncia a la expresión de semejante epopeya en un gran relato (y por gran relato no entiendo un relato que atienda sólo a la longitud del texto, sino sobre todo a su profundidad, pues tanto Gran Sertón: Veredas, la gigantesca novela de João Guimarães Rosa, como La muerte de Iván Ílich, la diáfana nouvelle de Lev Tolstói, son grandes relatos), esa renuncia, digo, se me antoja la expresión misma de la defunción de nuestra cultura.

Al grito de “¡Desespera! El mundo es inaprehensible”, la literatura ha opuesto siempre la ambición de su fracaso. Nunca el escritor ha sido tan humano y benéfico como en la desmesura de su ambición: Faulkner en ¡Absalón, Absalón!, Broch en La muerte de Virgilio, [en la foto] en Submundo. Ese fracaso perpetuo que es la literatura, condenada a permanecer un paso por detrás de aquello que anhela expresar, me parece el más inteligente alegato contra la tentación presentista y ahistórica de nuestro tiempo. Sobre todo porque de ese anhelo por dar cuenta del mundo, de ese hermoso fracaso, pueden extraerse un par de lecciones, quizá poco amables para los biempensantes que se acogen a una falsa democratización del gusto y, por extensión, a una perversa universalización del talento.

Esas dos lecciones, aplicadas al terreno de la literatura, rezan: primero, que no todo vale, y segundo, que, dentro de lo que es valioso, no todo posee el mismo valor.

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