El hombre que ríe

19 / 12 / 2008 0:00 Ricardo Menéndez Salmón
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Quizás el humor, ese pan de los humildes, no esté hoy muy de moda, lo cual, bien mirado, constituye una profunda paradoja, pues no en vano vivimos en un mundo tributario del placer, un mundo que ha hecho del placer uno de sus ejes gravitacionales.

Y, sin embargo, uno sospecha que, dentro de este enorme ámbito hedonista en el que nos movemos, sólo parece haber espacio para el elogio de la frivolidad y para manifestaciones chabacanas de la risa, que a menudo comparten frontera con aspectos nihilistas de la realidad, como si la carcajada se hubiera convertido en un detrito de la inteligencia. La consecuencia es que el humor entendido como arte, el humor serio, ese que nos hace libres y, en buena medida, inmortales, no parece gozar de muchos adeptos. Defendía Brecht en una de sus piezas más logradas, El señor Puntila y su criado Matti, que un hombre sin humor no es un hombre. De las características que nos distinguen del resto de animales, pocas tan hermosas, tan admirables, tan esplendorosas como la risa. Reír con alguien, reírse de uno mismo, reírse de todo lo que existe e incluso de lo que no existe. Cómo tasar la risa de quien amamos. Sería como poner precio al mar: un imposible. El 9 de octubre, Jacques Tati hubiera cumplido 100 años. Aunque la palabra ‘cómico’, tan maltratada a menudo, no sirva para englobar todas las facetas que la exultante obra de este creador genial, uno de los más grandes artistas del siglo XX, acogió en vida, aceptémosla para situarlo al lado de ese otro gigante, Charles Chaplin , quizás el único nombre con el que ha podido dialogar de tú a tú en ese privilegiado y raro arte del hombre que ríe. La singularidad de Tati procede de su talento para la sátira, servida a través del más ingenuo de los caracteres, su inolvidable monsieur Hulot, quintaesencia del hombre bueno con el que, a partir de 1953, conseguirá que un personaje absolutamente naif retrate como nadie había hecho antes las perversiones de una sociedad. Exquisitamente educado y voluntarioso, aunque siempre despistado e inoportuno, monsieur Hulot encarna al hombre civilizado, casi ya desaparecido de nuestro tiempo, que se convierte en emblema de la excentricidad. Tenido por estúpido por casi todos los que con él se tropiezan, monsieur Hulot es, sin embargo, el magnífico revelador de la vacuidad ajena, el portador de los valores de un mundo muerto a manos de la prisa, la codicia y el éxito. En su crítica al consumismo y la máquina, ardiente en ese monumento que es Mi tío, una de las películas más inteligentes jamás concebidas, y llevada a su máxima expresión en Playtime y Trafic, obras en las que, como el auténtico artista de vanguardia que fue, Tati construye ya no gags visuales, sino incluso auditivos, la conversión del humor en piedra angular y sinónimo de humanidad engrandece al espectador que contempla esas películas maravillosas mientras recuerda cierta vieja verdad que insinuamos al principio de este texto: nada existe más serio que el humor.

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