Vida útil
Cumplida la edad de jubilarse, quedan veinte años de vida, demasiados para derrochar tanto tiempo, experiencia y energía.
A propósito de la aparición del cantante Loquillo en un programa de televisión, @ainhat, joven tuitera con brillante carrera política, comentaba: “Verle el tupé tan canoso me hace pensar que este país se tiene que renovar”. “Eso, eso –replicaba la escritora @MartaRiveraCruz sarcásticamente– a partir de los 50, a un campo de concentración”. Al verse fustigada, @ainhat moderó su entusiasmo demoledor: “No digo eso, pero es evidente que hay un problema de cambio generacional en este país”. Tras diversas consideraciones, todas ellas en 140 caracteres, sobre la necesidad de la juventud de expandirse y la obsolescencia programada de la vejez, irrumpieron en el debate varios defensores de las canas de Loquillo y de otros veteranos tan imprescindibles como BB King o Chuck Berry.
Como hace tiempo que dejé de ser joven no tuve más remedio que tomar partido por Loquillo o, mejor aún, por los músicos aludidos, que rondan los 90 años y siguen en activo. Enseguida salen a relucir multitud de nombres de viejas glorias irremplazables, la mayoría artistas en plenitud creativa tipo Rolling Stones, Paco de Lucía o Bruce Springsteen, que continúan aclamados por una legión de seguidores a quienes poco importa la edad. También hay unos cuantos banqueros, empresarios y políticos, sin partidarios, que se empeñan en permanecer en el cargo porque están convencidos de que no conviene dejar el poder en manos menos experimentadas que las suyas. Les cuesta aceptar apaciblemente el relevo y se inventan teorías, más o menos sólidas, para sentirse imprescindibles. Del mismo modo que la juventud no siempre es un divino tesoro, la experiencia tampoco es un grado, a veces, se convierte en una larga acumulación de errores. En eso, ambos tienen razón.
Este penoso enfrentamiento generacional se ha visto agravado por la crisis, sobre todo en España, que soporta más de un 57% de paro juvenil y un alarmante envejecimiento de la población. Cumplida la edad de jubilarse, según las estadísticas, aún quedan otros veinte años de esperanza de vida. Demasiados para subsistir con una raquítica pensión y, todavía más, para derrochar tanto tiempo, experiencia y energía. Buena parte de los jóvenes desempleados culpan a los viejos de bloquear las escasas posibilidades que tienen para encontrar un puesto de trabajo. Los tiempos de penuria son nefastos para la solidaridad. ¿Qué estamos haciendo tan mal para que jóvenes y viejos, dos generaciones perdidas, excluidas del sistema, compitan para sobrevivir?
Lo siento por quienes detestan las canas. Lo siento por los jóvenes que me miran con acritud. Lo siento por los que piensan que estoy usurpando su lugar, pero tal y como van las cosas ni siquiera tengo programada mi jubilación. Solo me iré un minuto antes de que consigan expulsarme. Parafraseando a Pedro Almodóvar, el mundo se divide entre sanos y enfermos, más que entre jóvenes y viejos. Así que, mientras tenga salud, me resistiré con todas mis fuerzas a convertirme en clase pasiva.



