Robots: amigos y enemigos

05 / 07 / 2017 Nativel Preciado
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Lo sensato es pensar que seremos capaces de utilizar la inteligencia artificial en nuestro beneficio.

Les sugiero una visita a la exposición sobre robots que permanecerá todavía un tiempo en el Parque de las Ciencias de Granada. A lo largo de un sugerente recorrido podrán comprobar que, desde hace mucho tiempo, no solo estamos rodeados de máquinas robóticas, sino que las llevamos en el interior de nuestro cuerpo. Desde sus orígenes el ser humano inventó herramientas para cortar, golpear o cazar. Se hicieron más sofisticadas cuando los griegos, hace más de 2.000 años, investigaban con la fuerza del vapor del agua, aunque las primeras máquinas empezaron a funcionar en el siglo XVIII. Mucho antes, Leonardo da Vinci ya soñaba con volar e inspirándose en el mundo natural inventó un planeador cuyo modelo aparece en esta exposición. Telégrafos, relojes, impresoras, fonógrafos, motores diversos, armas bélicas... hasta que aparecen los primeros robots industriales que sustituyen el trabajo de las personas. A partir de ese momento nos entra el pánico. Resulta inquietante la amenaza que supone el avance imparable de la inteligencia artificial porque puede acabar con millones de empleos. En la sociedad ficticia que se ha recreado en novelas, cómics, series televisivas, videojuegos o películas fantásticas casi siempre se contempla que los robots humanoides o algo más complejos aún como son los cíborg, criaturas compuestas por elementos orgánicos y mecanismos cibernéticos, lleguen a dominar lo que quede de nuestra especie. Somos ya un poco mezcla de ambas cosas. Cualquier persona que lleve un marcapasos o un brazo robótico es ya un cíborg.

De nosotros depende que el futuro inmediato se convierta en distopía o en utopía. Si no somos precavidos y dejamos que aumenten las tiranías más diversas, es posible que la sociedad involucione, se vuelva distópica, indeseable y se convierta en un mundo orwelliano donde el gran hermano nos vigila, maneja y esclaviza. Al contrario, si nos esforzamos en mejorar, lo probable es que la utopía se haga realidad y cada vez existan más libertades y derechos consolidados. Lo sensato es pensar que seremos capaces de utilizar la inteligencia artificial en nuestro propio beneficio, para que los inventos cibernéticos nos liberen de los trabajos más pesados, monótonos y peligrosos, que nos sirvan de entretenimiento y nos proporcionen las soluciones terapéuticas más avanzadas. Tendremos jornadas laborales reducidas y mucho tiempo libre, no hay duda, pero ese era el sueño de mentes privilegiadas. El filósofo Bertrand Russell estaba convencido de que si la jornada laboral fuera de cuatro horas, el trabajo se repartiría entre todos, no habría paro, aprenderíamos a disfrutar del ocio y seríamos más felices. Lean su Elogio de la ociosidad. Muchos dirán que la gente no sabe cómo emplear el tiempo libre, pero ese defecto se podría remediar con una educación adecuada desde la infancia. Solo añadir dos pequeños detalles: tendríamos que disfrutar de una renta básica y pensar en la posibilidad de que los robots paguen impuestos a través de las empresas que se benefician de ellos. La magnífica exposición a la que me refería en las primeras líneas da para pensar todo esto y mucho más.

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