Que devuelvan el dinero
El clamor popular, también en las redes sociales, además de la privación de libertad (insuficiente), exige justicia.
Ha pasado casi un mes desde que escribí en el anterior ejemplar de Tiempo (número 1662). Un mes de agosto algo especial, al menos, para quienes nos tomamos un respiro y no seguimos la actualidad con la misma obsesión compulsiva que durante el resto del año. Para que el descanso fuera efectivo, me he sometido a una cura de desintoxicación informativa y he dejado de leer minuciosamente los periódicos, escuchar cada mañana la radio y ver la televisión. No ignoro que las noticias siguen siendo de suma gravedad, sobre todo, las referidas a las masacres en Gaza, el éxodo de sirios, iraquíes y palestinos, la penuria de los campos de refugiados, la epidemia de ébola que se ha extendido descontroladamente por África Occidental y el resto de los desastres globales que se han cobrado la vida de miles de personas. Nadie puede abstraerse de la cruda realidad por más que intente blindarse contra el dolor.
Cuando hablo de desintoxicación me refiero más bien a las informaciones sobre asuntos políticos nacionales que, aunque de menor gravedad, también son capaces de amargarnos la vida. Por eso no está de más planear durante el tiempo de descanso por encima de ese tipo de acontecimientos, porque te permite tomar una distancia terapéutica y ponerte en el lugar de los menos informados pero de los más afectados por los que toman decisiones en su nombre. Y lo que he escuchado de manera reiterada en todas las conversaciones de verano que sobrevuelan la actualidad es “que devuelvan el dinero”. El clamor popular, también en las redes sociales, no exige venganza sino justicia. Hay varias iniciativas que recogen firmas para exigir que los corruptos devuelvan lo robado.
Imposible determinar a cuánto asciende la suma total generada por la corrupción. Algunos cálculos establecen cantidades desorbitadas, entre los 100.000 y los 150.000 millones de euros, porque incluyen las últimas tres décadas de democracia. Quizá no sea para tanto, pero recuperar aunque solo fuera una parte de ese dineral serviría para asegurar el pago de las pensiones, mantener el sistema sanitario y los servicios sociales básicos. Por eso a la mayoría de la gente le importa poco que metan en la cárcel a los delincuentes político-económicos, si no se consigue que reintegren a la sociedad todo el dinero que nos han esquilmado. Con buena lógica sostienen que muchos corruptos darán por bueno pasar unos años en prisión, generalmente demasiado pocos, si antes y después de la privación de libertad disfrutan a manos llenas de una fortuna ilícita sin pegar un palo al agua. ¿Qué joven sin trabajo, qué parado de larga duración, qué madre sin recursos para alimentar a sus hijos no cambiaría dos o tres años de cárcel, incluso alguno más, por vivir a cuerpo de rey el resto de su vida? Y eso suponiendo que no encuentren la manera de blindarse ante los tribunales como pretende hacer, por poner el ejemplo más corrosivo, la familia de los Pujol Ferrusola. Depende de lo que suceda con el clan, pero si dentro de unos meses todos sus miembros siguen indemnes, el asunto puede convertirse en la gota de agua que colme el vaso de la indignación.



