Populistas son los otros

16 / 07 / 2015 Nativel Preciado
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Populismo y electoralismo son términos ambiguos para denigrar al adversario.

El Gobierno intenta que nos vayamos de vacaciones con la ilusión de que las cosas mejorarán después del verano. Por eso ha querido anticipar una serie de decisiones del agrado de los electores, entre otras, la rebaja del IRPF, el IVA y los impuestos especiales, retoque de las pensiones, recuperación de la paga de los funcionarios, más inversiones en infraestructuras y otras mejoras sociales y de empleo que, probablemente, se conocerán cuando estas líneas lleguen al lector. Ha movilizado a todos sus portavoces para anunciar las esperadas ofertas con la esperanza de dar un vuelco a los negativos datos de las encuestas y congraciarse con pensionistas, funcionarios y demás sectores afectados por los recortes. El resto de los partidos les acusan de electoralistas y populistas, algo que el Gobierno se niega a aceptar porque lo considera una ofensa y argumenta que la situación económica ha mejorado de tal forma que permite acelerar algunas medidas previstas para 2016. Al margen de que su objetivo final sea ganar votos, el electoralismo suele ser bien acogido si beneficia realmente los intereses de los ciudadanos y rechazado si se limita a engatusarles con ofertas de dudosa utilidad. Una cosa, por ejemplo, es dotar de presupuesto la ley de dependencia, aunque sea en el momento más favorable para intereses partidistas, y otra bien distinta inaugurar instalaciones o monumentos, con su correspondiente placa conmemorativa, a pocos días de la campaña electoral. Hay tantas clases de electoralismo como de populismo, de hecho, son términos tan ambiguos que se manejan indistintamente para denigrar al adversario. La derecha los utiliza como sinónimos de políticas irresponsables que prometen mejoras sociales para los más desfavorecidos, a sabiendas de que son incompatibles con los recursos económicos. El populismo y la demagogia son detestables cuando los partidos se limitan a complacer los sentimientos más primarios de los potenciales electores y apelan a sus deseos, sus odios y otras bajas pasiones que, a veces, convierten en clamor popular. Para lograrlo es más eficaz meter miedo, aunque se avive el fuego del sectarismo, que razonar o exponer argumentos. No importa crear falsos dilemas, porque el objetivo es lograr que la gente se vea obligada a elegir, sin matices, entre el blanco o el negro. El encendido debate que ha surgido estos días en torno a Grecia es un caso paradigmático. No voy a remontarme a los orígenes de la crisis, lo cierto es que el resultado del referéndum y, en cierta medida, las provocaciones del exministro Yanis Varoufakis, que acusó a los poderes europeos de “aterrorizar” y “chantajear” a los griegos, elevaron la tensión entre los dos bandos. Tan manipuladores son los que acusan al Gobierno de Alexis Tsipras del caos económico que vive el país como quienes le consideran una víctima indefensa de las políticas de la Troika. No se dejen engañar por los que mienten de una manera tan burda en beneficio propio.

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