Ladrones de libros
Quienes piratean libros contribuyen a la eliminación de cientos de miles de puestos de trabajo.
En las semanas que llevo viajando por España para promocionar mi nueva novela he tenido curiosas discusiones con lectores que me han confesado, unos con ingenuidad y otros con absoluto descaro, que piratean mis libros. De entrada, yo no diría que son piratas, sino ladrones. No es que me parezca menos detestable el bandolero marítimo pero, al menos, se juega la vida cuando roba la carga de una embarcación o toma como rehenes a sus tripulantes. Sin embargo, los piratas o bucaneros tienen la connotación romántica de haber sido héroes literarios y cinematográficos de nuestra infancia. Algo que no se merecen los ladrones de libros, simples rateros que ni siquiera corren riesgos cuando se dedican a robar el trabajo de los demás. Cómo no voy a manifestar mi indignación con la actitud de quienes están contribuyendo a cargarse nuestra industria editorial, hasta 2008, una de las más potentes del mundo. Porque no solo hunden a los que hacemos un esfuerzo laboral sobreañadido y nos privamos de fines de semana y horas de sueño para escribir un libro, sino al resto de los que viven del sector (editores, distribuidores, libreros, diseñadores gráficos, traductores...) lo que implica la pérdida de centenares de miles de puestos de trabajo. Ya sé que los ladrones no son los únicos culpables, también la caída del consumo y la disparatada carga fiscal del IVA de los libros digitales.
Estoy indignada, cómo no iba a estarlo, con la inconsciente lectora que vino a contarme que había leído todas mis novelas, pero que no compraba la última porque estaba esperando a que sus hijos se la bajaran “con un programa que tienen de libros gratis”. Más indignada aún estoy con el insolente y majadero que me argumentó que estaba en contra de la propiedad intelectual y por lo tanto reivindicaba su derecho a leer libros gratis, porque bastante se habían enriquecido ya los grandes editores. Es más, añadió, tenía que darme con un canto en los dientes y estar orgullosa de que mis libros fueran pirateados, ya que en su aberrante opinión, era señal de que interesaba a los lectores. La persona referida en primer lugar necesita educación, porque al decirle que sus hijos estaban robando impunemente mis libros se sintió un poco abochornada. El segundo, además de educación, necesita que le disuadan, es decir, una ley que sancione por robar la propiedad ajena. Como sucede en otros países europeos donde el pirateo ha disminuido notablemente desde que se han tomado las medidas oportunas. ¿Por qué en España las autoridades, supuestamente competentes, no hacen algo eficaz para evitar las descargas ilegales?
Todas las editoriales tienen un servicio para rastrear y combatir dichas descargas, pero se trata de un esfuerzo baldío, porque al instante de cerrar una página web que ofrece libros gratuitos surge otra alojada en cualquier lugar inaccesible. Funciona aún peor la comisión creada por la Administración a tales efectos. Ignoro si se trata de simple torpeza o existen motivos ocultos para que este Gobierno (como los anteriores) sea incapaz de resolver un problema que está contribuyendo al hundimiento de la industria editorial, un sector que aporta el 2,1% del PIB.



