Intrigas y conspiraciones
Algunos reportajes sobre nuestro país parece que forman parte de una campaña de desprestigio contra la marca España.
Prestemos más atención a los reportajes sobre el spanish way of life que están apareciendo en la prensa anglosajona. El más reciente, publicado en la portada del New York Times, critica nuestro disparatado sistema de horarios. El reportero nos sugiere que abandonemos las tapas, las cervezas, las largas sobremesas, la siesta, las cenas tardías y los programas de televisión en prime time para acostarnos antes y madrugar más. Lo dice por nuestro bien, porque así no rendimos lo suficiente, no somos productivos y con costumbres tan rancias no hay quien se recupere de la grave crisis económica que padecemos. Tenemos que poner al día nuestros relojes con los del resto de la Unión Europea. Escribe el reportero que arrastramos tan malos hábitos desde la dictadura, cuando Franco adaptó nuestro huso horario al de la Europa Central para complacer a Hitler y a Mussolini. Una funesta herencia que aún sigue vigente en España y que, quizá por indolentes, no hemos sido capaces de resolver.
Parece un simple reportaje colorista cargado de tópicos mediterráneos, pero mi interlocutor, alto funcionario del Gobierno, me traslada la sospecha de que forma parte de una amplia campaña de desprestigio contra la marca España. Insiste en que pretenden desacreditarnos. Quieren dar la imagen de que el nuestro es un país de vagos, tercermundista y bananero, donde no hay la suficiente seguridad jurídica. Me recuerda que son reincidentes las críticas contra las costumbres españolas. Antes lo hizo el Daily Telegraph y el propio The New York Times con el reportaje titulado España es un país donde reina la austeridad y el hambre, ilustrado con fotos de manifestaciones, colas de parados y mendigos hambrientos buscando comida en los contenedores de basura. En aquella ocasión nos pareció excesivo y reaccionamos en contra. Fue trending topic en Twitter y hasta el rey Juan Carlos aprovechó una visita a Nueva York para mantener un encuentro privado con el consejo editorial del periódico y transmitir una visión más optimista de España. También Mariano Rajoy se reunió en The Wall Street Journal. Todo fue inútil. Siempre encuentran algún motivo para presentar a España como un país retrógrado que funciona a base de chapuzas. Lo malo para el funcionario gubernamental es que aquí damos pábulo a cualquier información hipercrítica procedente de otros países y eso es tirar piedras contra nuestro propio tejado. Ha pasado con el debate sobre el anteproyecto de ley del aborto, censurado hasta en un editorial del New York Times. Le respondo que los colegas internacionales solo se hacen eco de nuestro propio estupor. Reitera mi interlocutor que este aluvión de ataques en la prensa estadounidense forma parte de una campaña difamatoria hacia la marca España. ¿A quién beneficia? Y señala en dirección a los lobbies de las renovables norteamericanas, interesados en algunos contratos multimillonarios. Me quedo atónita. La charla concluye comentando el éxito del programa Operación Palace de Jordi Évole. No hay nada más fascinante que alimentar alguna teoría de la conspiración.



