Emprendedores
La afirmación de que el que no sale adelante es porque no quiere es tan injusta como mentirosa.
Coincido con un empresario que me dibuja un bonito panorama sobre la enorme capacidad de innovación de los jóvenes españoles. Se refiere, naturalmente, a los pocos que han logrado liberarse de las penalidades que sufre el resto de una generación aniquilada por la crisis. Alaba las virtudes de los que reinventan su propia vida, muy al estilo yanqui, y se arriesgan a iniciar negocios insólitos. Ya sabes, si no te gusta lo que haces, cámbialo. Pone varios ejemplos. Un joven emprendedor que ha creado una aplicación para el teléfono móvil que permite reservar plazas de aparcamiento de la calle. Otro que ha tenido la ocurrencia de crear una tienda virtual de venta de flores, abierta las 24 horas, por si alguien tiene la urgencia de enviar un ramo a las 2 de la madrugada. O el que ofrece un servicio de entradas de último minuto, con grandes descuentos, para eventos culturales y espectáculos. Son compañías startup, es decir, empresas emergentes, creativas, innovadoras, apoyadas en las nuevas tecnologías, con costes mínimos, que desarrollan productos o servicios muy requeridos por el mercado. Todos los días se inventa una nueva aplicación para smartphones; la que logra dar en la diana proporciona ganancias que crecen exponencialmente y hace multimillonarios a sus creadores.
Lo cuenta con entusiasmo, mientras repite la consabida letanía de que el mundo avanza muy rápido y para reciclarse hay que ser flexible, creativo, arriesgado y estar alerta. Frases todas ellas muy de management, como por ejemplo que para aprender a volar, a veces, hay que saltar al vacío y, si te rompes la cabeza, no pasa nada, porque el fracaso es el mejor entrenamiento. Y así sucesivamente, hasta llegar a una conclusión tan injusta como mentirosa: el que no sale adelante es porque no quiere. Le replico que me parece ofensivo para el 55% de los jóvenes españoles que está en paro ¿Qué no darían esos 880.000 jóvenes por ganarse la vida trabajando? Tendríamos que hacernos demasiadas preguntas, sobre todo, si ampliamos la mirada hacia la UE y contabilizamos sus seis millones de jóvenes desempleados. Y la respuesta no puede ser tan simple como que han sido excluidos del mundo laboral porque son todos una panda de vagos e indolentes sin capacidad de iniciativa. A esa generación, que ahora tiene entre los 16 y los 33 años, se le añade siempre la cantinela de que son los más preparados académicamente y, sin embargo, han sido bautizados como la Generación perdida, silenciosa y malcriada. Ahí está la clave, me interrumpe mi interlocutor, nacieron en hogares confortables en una época de prosperidad económica, fueron criados entre algodones y, ahora, no tienen agallas para enfrentarse a las dificultades. Una vez más, repite, los que triunfan no son los que vencen, sino los que nunca se dan por vencidos. Para finalizar la discusión me pregunta si no me gustaría que mis hijos fueran emprendedores. Titubeo unos instantes, pienso en Jenaro García, el creador de Gowex, y me entra un escalofrío. Prefiero una profesión de las de toda la vida. ¡Qué antigua –exclama–, tienes que ponerte las pilas!



