El maestro del año
César Bona, profesor en un colegio de Zaragoza, ha sido seleccionado para el Global Teacher Prize, el Nobel de la enseñanza.
Mi primer hallazgo de 2015 ha sido conocer la existencia del profesor César Bona. Es un placer comprobar que, de vez en cuando, aparece un personaje humilde capaz de despertar admiración unánime. Da clases en un colegio público de Zaragoza, tiene 42 años, es licenciado en Filología Inglesa y se ha convertido en noticia al ser el único español seleccionado para el Global Teacher Prize, una especie de Nobel de la enseñanza dotado con un millón de dólares. Ante los méritos de este maestro de escuela, una profesión muy devaluada en los últimos tiempos, todo el mundo se quita el sombrero. Le echa tanto entusiasmo a la enseñanza que, a través de métodos poco ortodoxos, logra objetivos extraordinarios. Solo hay que ver cómo le valoran sus alumnos, sus colegas y cuantos han conocido alguno de sus proyectos. Mi admirada Jane Goodall, primatóloga, premio Príncipe de Asturias y Embajadora Mundial de la Paz, habla maravillas sobre su capacidad para abrir la mente de los niños y le pone de ejemplo como un pedagogo fuera de serie. Goodall le entregó uno de los premios que ha obtenido por crear Children for Animals, El Cuarto Hocico, una protectora de animales virtual dirigida por 12 niños que ha tenido la misma repercusión global que el resto de sus trabajos educativos. Da gusto escuchar a César cuando explica alguno de sus retos. Uno de ellos fue rodar con seis niños de una escuela unitaria La importancia de llamarse Appelwhite, película muda que ha sido galardonada en el Festival Internacional de la India. Tras el éxito, los seis actores rodaron otro documental en el que aparecen los abuelos del pueblo contando lo que les hubiera gustado ser. Un día destinaron a César a un colegio de los que llaman “de difícil desempeño” para hacerse cargo de la clase más conflictiva de 4º de primaria, donde niños de 10 años aún no sabían leer. Los primeros días fueron difíciles. Se le ocurrió pedirles que le enseñaran a tocar el cajón gitano y, a cambio, les escribió una divertida obra de teatro para interesarles por la lectura. Ante el asombro de sus colegas, logró que todos aprendieran a leer. “Es que son niños extraordinarios –dice quitándose méritos, convencido de que de sus aulas saldrá un gran filósofo, un futuro presidente del Gobierno o el líder de una gran empresa global– y no se trata de meterles datos en la cabeza, sino de enseñarles empatía, sensibilidad y resiliencia para que puedan salir fortalecidos de las situaciones adversas. Deben saber que si se proponen algo y luchan por ello, lo conseguirán”. Tiene la teoría de que los buenos profesores son como los salmones, que nadan contra corriente, a pesar de la falta de medios y, sobre todo, de tantos conceptos erróneos. Gran error de la educación es preparar a los alumnos para la vida profesional, marginando otra clase de conocimientos sin objetivos inmediatos o fines prácticos. César da prioridad a lo segundo, sin olvidar lo primero. Enseña a sus alumnos a disfrutar de la naturaleza y de los animales, hacer películas, jugar, imaginar y pensar en los demás. También les enseña inglés, historia y matemáticas, pero lo más importante para él es que sean buenas personas. Como diría Goodall, todo un hallazgo.



