Economía para inexpertos
Bienvenido sea todo aquel que se atreva a poner límites a la voracidad del sistema financiero.
Cada vez que tengo delante a un experto en política fiscal le pregunto lo mismo: ¿no hay un método justo y eficaz para que los ricos paguen más impuestos? ¿Es posible moderar el crecimiento del capital? Dicho de otro modo, ¿cómo se puede evitar que las grandes fortunas se multipliquen ilimitadamente a costa del empobrecimiento de la mayoría? La respuesta habitual es que el gran impedimento para gravar la riqueza es la fuga a paraísos fiscales o, en el caso de las empresas, la deslocalización. No se puede presionar demasiado a los ricos, porque huyen del país. Siempre hay un lugar donde la mano de obra sea más barata y tengan menos derechos laborales. En cuanto a la paraísos fiscales, hace casi dos décadas que los ministros de Finanzas de los países más poderosos anunciaron medidas eficaces contra el crimen financiero y el blanqueo de capitales. Dirán que algo hemos mejorado, pero quedan demasiados resquicios legales para poner el dinero a salvo de la persecución fiscal. Estamos muy lejos del principio constitucional según el cual cada contribuyente debe pagar en función de su capacidad económica. A riesgo de ser reiterativa, insisto una y otra vez, porque estoy convencida de que una sociedad más igualitaria acabaría con buena parte de nuestros problemas.
La visita a nuestro país de Thomas Piketty, el economista francés más influyente del momento, ha reavivado el debate sobre las graves consecuencias antidemocráticas que causa la desigualdad. En su colosal investigación, El capital en el siglo XXI, demuestra que la remuneración del capital es muy superior a la del trabajo y, para equilibrar el creciente desfase, propone un impuesto de hasta el 80% para las rentas superiores a un millón de euros. Evidentemente, debe imponerse de manera global, con el fin de que el capital no encuentre lugar donde refugiarse. Es posible, y absolutamente necesario, establecer un sistema global progresivo para evitar “comportamientos tóxicos” de los superejecutivos que se han acostumbrado a ganar decenas de millones. Aunque a muchos les parezca una tasa confiscatoria y desmedida, el autor recuerda que en Estados Unidos, entre 1960 y 1980, el tipo máximo en el IRPF era del 82% para los que ganaban más de un millón de dólares. Y el crecimiento en aquella época fue mayor que durante el mandato de Ronald Reagan. Por eso Hyman Minsky, un economista estadounidense rescatado del olvido, cuyos pronósticos se están cumpliendo, se opuso a la desregulación de los mercados que aplicaron Reagan y Margaret Thatcher. Según la teoría de Minsky, los mercados tienen un comportamiento ciclotímico que les lleva de la euforia al pánico, de modo que los Gobiernos deben regular el sistema para que los beneficios generados en momentos de prosperidad económica no se los lleve mayoritariamente el capital. Murió en 1996 sin que le hicieran caso y ahora le dan la razón. Bienvenido todo aquel que se atreva a poner límites a la voracidad del sistema financiero, que es el mayor enemigo de la redistribución de la riqueza. Lo mejor de estos economistas tan celebrados es que se explican con absoluta claridad y todo el mundo les entiende.



