Derechos no humanos
El tratado comercial entre la UE y EEUU que se negocia ahora puede acabar con todo lo conseguido contra el maltrato animal.
Soy consciente de que vivo en un país donde el 1% de la población concentra más riqueza que el 70% más pobre. España es el país desarrollado en el que más aumenta la desigualdad por culpa del paro. Uno de cada cinco españoles vive por debajo del umbral de riesgo de pobreza. En tales circunstancias, habrá quien considere que defender los derechos de los animales es, como poco, una temeridad o una majadería. Todavía recuerdo el estupor que se produjo en un plató de televisión cuando la representante del Partido Animalista Contra el Maltrato Animal (Pacma) intentaba explicar a los espectadores que defender los derechos de los animales no es solo una cuestión de emociones o afectos, sino de principios. La militante de Pacma se enfrentaba con todos aquellos en cuyo orden de prioridades no está el impedir la tortura que padecen gallinas, cerdos, monos o ratones. Y también contra quienes piensan que hay demasiadas necesidades entre los humanos como para ocuparnos de la salud o el buen trato a determinados bichos.
La legislación de la Unión Europea, sin embargo, defiende el bienestar no solo de los animales domésticos, sino de los que se emplean en los laboratorios. Cuando no hay más remedio que utilizar especies destinadas a la experimentación científica se les debe reducir al máximo el dolor, la angustia o la intensidad del sufrimiento, y durante los ensayos hay que aplicarles anestesia, analgesia y asepsia. Desde 2013 se ha prohibido la experimentación con animales para productos cosméticos y, desde mucho antes, emplear para tales fines a chimpancés, bonobos, gorilas y orangutanes. Estos simios antropoides solo pueden utilizarse de manera excepcional para garantizar la supervivencia de la especie o en caso de que en el hombre aparezca de manera imprevista una enfermedad potencialmente mortal o incapacitante.
Se ha dedicado mucho tiempo y esfuerzo a lograr que estas medidas se interpreten como un gran avance en la defensa del ecosistema. Pues bien, el Tratado de Libre Comercio entre la Unión Europea y EEUU (TTIP), que se está negociando actualmente, puede echar por tierra lo logrado, sobre todo, en lo que se refiere a la crianza, el transporte y el sacrificio de los animales dedicados al consumo. La UE prohíbe administrar hormonas de crecimiento, antibióticos y el abuso de piensos modificados genéticamente, mientras el Gobierno norteamericano permite el uso de transgénicos, el clonado de animales para consumo humano y su legislación para el transporte es de 1873. Es probable que las autoridades estadounidenses, presionadas por las multinacionales de la industria cárnica, faciliten la entrada de productos que estén muy por debajo de las normas de la UE que regulan las condiciones de la vida animal. Si las autoridades europeas no son más exigentes a la hora de negociar, la nueva alianza comercial supondrá un retroceso, no solo en las normas ambientales y de seguridad, sino en la defensa de los animales y, en consecuencia, de la salud humana. Contra este y otros muchos aspectos del TIPP se ha levantado en Europa una marea de protestas.



