Al límite de la ley

21 / 06 / 2017 Nativel Preciado
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¡Gracias!

Me indigna escuchar a quienes pretenden ningunear el enorme esfuerzo que hicimos todos en la Transición.

Hace 40 años que voté por primera vez en unas elecciones libres y desde entonces no he perdido una sola oportunidad de hacerlo. Aquellas elecciones del 15 de junio de 1977, las primeras que se celebraban desde los tiempos de la Segunda República, eran vitales para los ciudadanos que soñábamos con llegar a ser lo antes posible como el resto de los demócratas europeos. Necesitábamos elegir a los parlamentarios que iban a elaborar la Constitución y cambiar una legislación discriminatoria, opresiva, arbitraria, en definitiva, profundamente injusta. La libertad de la que disponíamos en esos momentos era muy frágil y estaba rodeada de constantes amenazas. Por eso me indigna escuchar a los críticos que pretenden ningunear el enorme esfuerzo de aquellos días alegando que fue “una transición mentirosa que derivó en una democracia de mentira”. Falsa la idea de que los de siempre se pusieron de acuerdo para hacer una chapuza o un simulacro democrático. Los partidos se esforzaron por atraer electores hasta el punto de celebrar durante la campaña cerca de 22.000 mítines. Dos meses antes, Adolfo Suárez se arriesgó a legalizar el Partido Comunista con la hostilidad, no solo de los mandos militares, la ultraderecha y todo lo que bautizó como el búnker, sino del Gobierno de la UCD e incluso de los socialistas. Conservo la grabación de las revelaciones que me hizo el entonces vicepresidente del Gobierno Fernando Abril Martorell: “Torcuato Fernández-Miranda pensó que Adolfo iba demasiado lejos y frenó, se quedó atrás mentalmente y se distanció del proceso (…) Aquí todo el mundo tenía voluntad de apertura política, pero nadie se atrevía a dar los pasos necesarios”. Los socialistas eran muy jóvenes y tenían poca experiencia y mucha impaciencia. Algunos pretendían hacer las primeras elecciones sin legalizar el PCE, pero Santiago Carrillo se negó y Suárez entendió lo que estaba sucediendo en la calle. Tras los secuestros de Oriol y Villaescusa, y los asesinatos de Atocha, se produjeron multitudinarias movilizaciones, todas ellas controladas por el impresionante servicio de orden de los militantes comunistas. Cuando detuvieron a Carrillo las calles aparecieron llenas de pintadas pidiendo su liberación. Estaba claro que el PCE era una fuerza política decisiva y Suárez se dio cuenta de que sin los comunistas era imposible la democracia. A cambio, Carrillo le garantizó que respetaría la monarquía para cumplir la ley y, sobre todo, para ahorrar más sufrimientos a su gente, que estaba muy torturada tras 40 años de exilio.

Entre la reforma o la ruptura, la balanza se inclinaba decididamente hacia la primera. La ruptura implicaba violencia y muerte, cuando el país aún estaba convaleciente de la Guerra Civil, con miles de muertos y desaparecidos cuyos restos, todavía hoy, no han sido recuperados. España no estaba para más sangrías. Con el PCE se hizo lo mismo que con todas las reformas: pegar un acelerón y llevar al límite la ley sin salir de ella. Espero que los jóvenes escépticos estudien mejor la historia para no hacer un análisis simplista y entender lo mucho que nos costó votar por primera vez. Aquel esfuerzo mereció la pena.

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