Los días que conmovieron a Europa
El ataque a la libertad de expresión que ha sufrido Francia ha servido para demostrar la unidad de una Europa donde empieza a desarrollarse la islamofobia.
Desde hace diez días, toda Europa está en estado de alerta ante posibles atentados terroristas yihadistas, después de que en solo 52 horas, que tuvieron aterrorizada a Francia, una veintena de ciudadanos fueran muertos a balazos, entre ellos tres terroristas y casi toda la plantilla del semanario satírico Charlie Hebdo, acribillada con kalashnikovs en plena redacción por publicar caricaturas de Mahoma supuestamente blasfemas y por burlarse de la religión musulmana.
Francia, la patria de la libertad, de la tolerancia, y de la Enciclopedia, se ha visto invadida durante toda la semana por una ola de terror que se ha extendido a todo el continente, en el que residen veinte millones de musulmanes, y ha vivido su particular 11 de Septiembre, un atentado contra la esencia misma de la democracia: la libertad de expresión, sin la que no existen las demás libertades. Libertad de expresión, aun con miedo a equivocarse, sabiendo que muchos se han equivocado y seguirán equivocándose, pero que hay que defender por encima de todo, aunque estemos en desacuerdo con muchos de sus excesos.
La libertad de prensa es algo que casi todas las personas y organizaciones de tendencia autoritaria consideran repugnante. Por lo tanto, el grado de libertad de prensa es también un baremo para determinar el buen funcionamiento de la democracia y el grado de libertad en un Estado. La masacre de París iba dirigida contra determinadas personas de una determinada profesión, que de forma provocadora redefinían, cada semana, lo que significa la palabra libertad. El objetivo era destruir, o al menos dañar, la libertad, la igualdad y la fraternidad en el país que un buen día fue el punto de partida de la Ilustración.
Si los gánsteres armados con kalashnikovs, presentados como radicales musulmanes, que atacaron a los humoristas, caricaturistas, dibujantes y periodistas que hacían el semanario francés (similar a El Jueves, el desaparecido El Papus o Mongolia, en España) querían vengar la memoria de Mahoma o de Alá, supuestamente mancillada en sátiras políticas o religiosas y en caricaturas publicadas a lo largo de estos años, especialmente en 2006, cuando reprodujeron otras que había publicado en 2005 una revista danesa de extrema derecha, Jyllands-Posten (y que en su momento desataron una ola de violencia antidanesa en varios países musulmanes y costaron la vida de 50 personas), han conseguido todo lo contrario, en un efecto multiplicador donde la sátira, afortunadamente, no ha podido ser eliminada ni prohibida. Millares de publicaciones han vuelto a reproducir lo que, según esos sectarios, era impublicable, lo que era blasfemo y había que castigar con la ejecución sumaria. Porque impublicable es, para ellos, representar a Mahoma con un turbante del que salía la mecha de una bomba; poner en boca del Profeta la desesperada petición a los terroristas de que no se inmolasen porque no quedaban vírgenes en el paraíso; reproducir a un rabino llevando en una silla de ruedas a un imán, imagen inspirada en la película Intocables; o, como en el último número, parodiar el Ramadán con motivo de la publicación del libro-provocación de Michel Houellebecq, Sumisión, que desde la islamofobia pronostica la islamización de Francia, hasta el punto de jugar con la posibilidad de que en 2022 un musulmán se convierta en el presidente del país, tras la decadencia de los socialistas y de la Unión por un Movimiento Popular (UMP), el partido de Nicolas Sarkozy.
El libro de Houellebecq, un éxito editorial aún antes de distribuirse y que ha provocado la condena del autor por los radicales narra el triunfo en 2022 del candidato a las presidenciales de la Fraternidad Musulmana, gracias al respaldo de las tradicionales formaciones de Gobierno, el Partido Socialista (PS) y la conservadora UMP, para impedir el acceso al poder de Marine Le Pen, con el argumento de la defensa de la construcción europea. La Fraternidad Musulmana pone en marcha un proceso de transición al islam en Francia, que comienza con el cambio del nombre de la Sorbona, para que sea la Universidad Islámica, que se convertirá en el foco del islam en todo el Mediterráneo, y que termina con la plena islamización del país y el riesgo de una auténtica guerra civil, que es precisamente la que fomenta el partido de extrema derecha de Le Pen, que se ha convertido en muy poco tiempo en el partido de referencia en Francia, por delante de socialistas y conservadores.
La semana que han vivido Francia y Europa, que empezó con la masacre de unos dibujantes y periodistas que estaban ejerciendo su libertad de crítica, aunque muchos discrepasen del tono empleado, y que se cerró con la mayor manifestación (cuatro millones de franceses contra el terror) que ha conocido el vecino país desde la Liberación, al final de la Segunda Guerra Mundial, ha servido para demostrar la unidad de una Europa donde está empezando a desarrollarse la islamofobia, ante los valores de la sociedad occidental atacados por quienes no están preparados para aceptar las reglas de esa democracia que, por mucho que queramos, es incompatible con el islam.
Esa unidad tiene que seguir por el bien de una sociedad basada en unos valores reñidos con el fanatismo y que tiene que matizar provisionalmente ciertas libertades, como las que regulan la libre circulación en el espacio Schengen, algo que ya ha producido tensiones entre Italia y Francia y España después de la cumbre antiterrorista celebrada en París antes de la gran manifestación. Para Italia la libre circulación en el espacio Shengen es una conquista de libertad que no puede regalarse a los terroristas: “Las fronteras deben ser naturalmente controladas y por este motivo reforzaremos el sistema de información de Schengen, pero no podemos retroceder sobre estas conquistas de libertad para dar satisfacción a los populistas y a quienes, incluso en Italia, piensan que cerrando las fronteras se neutraliza el terrorismo”.


