En el 40 aniversario de las primeras elecciones democráticas
El Congreso de los Diputados celebrará la semana que viene la efeméride de unos comicios con los que se inició de hecho la transición política de la dictadura a la democracia.
La próxima semana, con trece días de retraso por la moción de censura de Podemos y Pablo Iglesias contra el presidente del Gobierno, que alteró el calendario del Congreso de los Diputados, se celebrará, presidido por los Reyes, el 40 aniversario de las primeras elecciones democráticas, con las que se inició, de hecho, la transición política en nuestro país. Una transición que ha acogido la etapa de mayor progreso, paz y prosperidad de la historia española, al tiempo que se establecían toda una serie de libertades y derechos. Los españoles no votaban desde febrero de 1936, cuando ganó el Frente Popular, al que siguieron el golpe de Estado del general Franco, una guerra civil de tres años, la muerte de un millón de españoles, el encarcelamiento de cientos de miles de personas, el exilio de los representantes más significativos de la ciencia, la política y la literatura del país y el establecimiento de una dictadura que fue desapareciendo con grandes resistencias, hasta la muerte del dictador, en la cama, víctima del “equipo médico habitual”, en noviembre de 1975.
Cuando un soleado miércoles de junio de 1977 el pueblo español se echó a la calle a depositar su voto en unas urnas que habían estado secuestradas desde hacía 39 años, no eran muchos los convencidos de que ese experimento electoral durase mucho. El rey Juan Carlos había iniciado su reinado, pero el Ejército, del que el jefe del Estado ostentaba el mando supremo, era el mismo que había ganado la Guerra Civil y que había jurado fidelidad al monarca por deseo y orden del Caudillo, reflejados en su testamento político, leído entre lágrimas por el entonces presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro, heredado de Franco y de quien se desprendió el Rey tras filtrar al Washington Post que era “un desastre sin paliativos”. Con gran sorpresa para el país, que cree que Juan Carlos va a nombrar al monárquico José María de Areilza, elige a un hombre que proviene del Movimiento, que ha vestido la camisa azul, y al que conoce desde su etapa de director general de TVE.
Adolfo Suárez había elaborado con gran habilidad junto con el presidente de las Cortes, Torcuato Fernández Miranda, una Ley para la Reforma Política por la que la clase política del franquismo se hacía el harakiri, para dar paso a una nueva generación encargada de hacer el tránsito y el cambio. Nos lo contó el propio Suárez un año antes de aquellas elecciones y una semana después de ser designado presidente del Gobierno, en una larguísima conversación off the record a un grupo de periodistas que formábamos parte del Club Blanco White (Juan Luis Cebrián, Miguel Ángel Aguilar, José Antonio Novais, Félix Santos, Lorenzo Contreras, Ramon Pi...) en un almuerzo en el restaurante La Nicolasa, en la calle Velázquez de Madrid.
Fumando sin parar aquellos Ducados de importación, cuya principal característica era su elegante caja azul, y sin apenas probar bocado (pidió solo una tortilla francesa muy echa) estuvo hablando sin parar y solo interrumpido por alguna pregunta, desde las tres de la tarde hasta prácticamente las nueve de la noche. Nos dijo que si se aprobaba en el plazo previsto la Ley de Reforma Política en un año se celebrarían elecciones generales libres en España.
Tengo que decir que no le creímos, nos parecía imposible que ese calendario pudiera cumplirse. No solo el calendario sino todos los pasos que este llevaba consigo: Ley de Reforma Política, Ley de Amnistía, legalización de los sindicatos, reconocimiento de todos los partidos, incluido, posiblemente, el Partido Comunista, vuelta a España de los exiliados... Tengo que añadir que conforme avanzaba en su exposición menos le creíamos. Nos parecía imposible que los jerarcas del régimen se hicieran el harakiri, que el Ejército aceptase un plan como ese, que dejasen incluso al joven Rey intentarlo.
Pero nos equivocamos. Todo lo que nos anunció Suárez en aquella comida se cumplió. Y un año después de aquel encuentro, lo que parecía imposible se hizo realidad el 15 de junio de 1977, hace ahora cuarenta años. Como he repetido en muchas ocasiones a una España en blanco y negro la sustituyó una España en color. Una España en libertad, una España reconciliada en la que, y es la imagen que tengo viva en la memoria, el día de la constitución de las primeras Cortes democráticas, presididas por el rey Juan Carlos, aparecen muchas de las figuras del anterior régimen, de la España en Franco y negro, con quienes salían de la clandestinidad, como Santiago Carrillo, Dolores Ibarruri, la Pasionaria, o Rafael Alberti, que habían vuelto del exilio y del sufrimiento.
Aquellas fueron las primeras elecciones de mi vida. Yo venía de militar en el Felipe (Frente de Liberación Popular Español) hasta que aquello se convirtió en lo que fue la Liga Comunista Revolucionaria(LCR) y convivía con el miedo de la clandestinidad. Dirigía entonces Cambio 16 que, por distintas circunstancias, se había convertido en punta de lanza de lo que fue primero la Transición y, luego, el “cambio” político. Aquel miércoles de junio (para fomentar la participación, que superó el 77%, se decidió que las elecciones se celebrasen en día laborable) no solo había caras de alegría, también de asombro. Creo que en aquellos momentos hicimos en Cambio 16 la única portada que podíamos hacer, una portada tipográfica con un solo titular: “¡Olé!”.


