Una historia de nervios con pinza incluida

23 / 02 / 2015 Jesús Rivasés
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PP y PSOE afrontan, con demasiados nervios, las cinco elecciones más inciertas de la democracia mientras Podemos y Ciudadanos, aunque en las antípodas uno de otro, sueñan con la pinza perfecta. 

Mariano Rajoy tiene fama bien ganada de ser un hombre tranquilo, aunque la procesión pueda ir por dentro, que tiene un “galáico tempo” propio que exacerba los nervios incluso de sus colaboradores más cercanos, ya bastante tensos por casi todo en el año de las cinco elecciones más inciertas desde casi el principio de la Transición. Rajoy, desde luego, no improvisa y calcula cada movimiento, como esperar hasta el último momento para anunciar los candidatos del PP a la Comunidad y al Ayuntamiento de Madrid, con Ignacio González, Esperanza Aguirre, Cristina Cifuentes y alguien más en un sobresalto permanente. Los hechos le han dado muchas veces la razón, pero también muchos barajan la hipótesis de que a veces se puede pasar de frenada y aluden, entre otros asuntos, por ejemplo a Podemos. Pablo Iglesias y los suyos pasaron de ser unos frikis el día después de las elecciones europeas –antes pocos en el PP sabían quiénes eran– a una vía/opción de desgastar-dividir sobre todo al PSOE, para terminar por convertirse, al menos ahora, con su eclosión en las encuestas, en un problema que nadie sabe cómo acometer.

Pedro Sánchez es, sin duda, menos tranquilo que el presidente del Gobierno, pero en muchas ocasiones le gustaría tener ese sosiego aparente de Rajoy y, sobre todo, el control absoluto de su partido, algo que de lo que sí disfruta el líder del PP y disfrutará por lo menos durante algunos meses más. El jefe de los socialistas, como si fuera un candidato in péctore de Rajoy para Madrid, también vive en un sobresalto permanente. Día tras día, los embrollos se acumulan delante de él y, aunque procura mantener la calma, los nervios hace tiempo que se instalaron como un inquilino tan permanente como incómodo entre la mayoría de sus colaboradores. No es que, como algunos se quejan de Rajoy, Pedro Sánchez se haya pasado de frenada, sino que desde que accedió a la secretaría general del PSOE –pequeñas meteduras de pata por inexperiencia al margen– no ha tenido tiempo, ni tampoco medios, para frenar todo lo suficiente. La sombra de Susana Díaz sobrevuela de forma permanente alrededor de Pedro Sánchez, agobiado, y mucho, por las malas noticias demoscópicas que, un día sí y otro también, pregonan el ascenso de Podemos, primero a costa de Izquierda Unida pero enseguida también a costa de un PSOE que sigue sin aumentar sus expectativas electorales, hasta el punto de que los más agoreros ponen en duda que quedara en segunda posición. Eso parecía incluso muy claro en Madrid, en donde Sánchez ha tenido que mover, quizá con algo de brusquedad, la silla de Tomás Gómez, lanzado hacia el éxito solo que en dirección contraria, para protegerse a sí mismo. La apuesta ha sido fuerte, porque ahora el resultado que obtengan los socialistas en Madrid –y nadie garantiza nada– se cargarán al debe o al haber de su secretario general. Sánchez y su equipo, aunque no tienen nada que ver con ese pasado, deben apechugar con el culebrón de los ERE andaluces, con dos expresidentes de la Junta de Andalucía, Manuel Chaves y José Antonio Griñán, citados como imputados por el Tribunal Supremo entre el 7 y el 21 de abril. Es cierto, como proclama Chaves, que el instructor del Supremo Jorge Barreiro no les atribuye ningún delito específico y que de alguna manera ellos han propiciado esa comparecencia. Sin embargo, ahí están las afirmaciones pasadas, por muy matizadas que fueran después, recordadas ahora por el Partido Popular, de Pedro Sánchez y Susana Díaz, en el sentido de que una imputación debería implicar la renuncia al escaño parlamentario. Es la teoría de la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio. El PP carga contra los imputados del PSOE, como en otras ocasiones los socialistas han demonizado a los imputados del PP, mientras en todos los casos, los afectados recordaban -y es cierto- que imputación no significa, en principio, nada más que la necesidad de acudir a prestar declaración asistido de abogado. Es cierto, pero también que una parte de la sociedad –y de ahí los nervios de todos– lo percibe como algo mucho peor que, además, en ocasiones la realidad posterior empeora.

Populares y socialistas, que durante lustros se han mirado de perfil, y también han intentado debilitar al adversario con el sueño de convertirlo en irrelevante, acaban de darse de bruces con dos fenómenos emergentes, uno en las antípodas de otro, pero ambos sueñan con hacer una pinza a los que llaman los partidos de otra época. Por una parte Podemos y Pablo Iglesias, y por otra, Ciudadanos y Albert Rivera, se presentan a sí mismos como los partidos de la modernidad que además –y en eso coinciden– presentan como algo antiguo, del pasado, la dualidad izquierda y derecha. No importa que Podemos sea de extrema izquierda y que Ciudadanos coquetee en el espacio del centroizquierda, centroderecha. Los equipos de Iglesias y Rivera prometen un país nuevo y nuevas formas de hacer las cosas y galopan, sin representación parlamentaria en el Congreso de los Diputados, a lomos de espectaculares éxitos democráticos y con el sueño, cada uno a su manera –y las diferencias muy importantes–, de fagocitar a los históricos PP y PSOE. Los proyectos políticos de Pablo Iglesias y Albert Rivera, aunque muy faltos de concreción, y también el modelo de sociedad que representan, no tienen nada que ver y basculan entre el leninismo de la era digital y un pseudoliberalismo moderado que defiende “un cambio seguro”. Eso sí, Podemos, desde un extremo, y Ciudadanos, desde un centro-móvil, como expresión de un tiempo nuevo, pueden hacer la pinza perfecta a esos PP y PSOE, al borde de un ataque de nervios y sin que Pedro Almodóvar tenga nada que ver.

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