Pedro el Guapo y el espectro de Hamlet

21 / 07 / 2014 Jesús Rivasés
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 “Voy a ganar”, decía Pedro Sánchez la víspera de formalizar su candidatura a líder del PSOE. “No sé si me presentaré, porque corro el riesgo de ganar”, explicaba Eduardo Madina unos días antes. 

José Bono era presidente del Congreso de los Diputados en las navidades de 2010, cuando la Asociación de Periodistas Parlamentarios concedió sus premios anuales y, entre ellos, el de Diputado revelación, que recayó en el socialista Pedro Sánchez, que había accedido ese mismo año al Congreso en sustitución de Pedro Solbes, que dejó el escaño algo después de abandonar también el Ministerio de Economía, por discrepancias con José Luis Rodríguez Zapatero por la política económica. En la cena de entrega de aquellos premios, que incluían el Emilio Castelar al mejor orador para Alfredo Pérez Rubalcaba, intervino Bono como presidente del Congreso y, quizá por primera vez en público, habló de Pedro Sánchez como de Pedro el Guapo.

Tres años y medio después, y tras repetidos batacazos electorales del PSOE, aquel diputado revelación, que quería destacar en el Congreso y lo consiguió, vaya si lo consiguió, es el nuevo secretario general del PSOE, in péctore todavía por unos días, investido con el poder que dan los votos de los militantes. Ahora, Pedro Sánchez afronta la tarea ingente de volver a convertir al PSOE en un partido federal como ha sido siempre, desde una situación actual en la que parece más una “federación de partidos”, como dice uno de los barones autonómicos socialistas de uno de los territorios en los que ganó el nuevo líder y que no es Andalucía.

Pedro Sánchez, cuya primera decisión, la de que los socialistas españoles votaran contra la elección del nuevo presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, ha sido bastante discutida, quiere demostrar desde el primer día que está dispuesto a mandar y también a reconocer a quien ha estado a su lado, al menos en los últimos tiempos, como ha escenificado con su llegada a la sede socialista de Ferraz junto a Susana Díaz, presidenta andaluza y una de sus valedoras en el proceso electoral del PSOE.

Pedro el Guapo transmitió desde el principio, se lo creyera o no, porque esa es otra cuestión, mucha confianza en sus posibilidades. “Voy a ganar”, “estoy seguro de ganar”, repetía una y otra vez desde que decidió presentar su candidatura a secretario general del PSOE. Y lo afirmaba con tanta naturalidad como firmeza, y también con un optimismo y confianza que sorprendía sobre todo a quienes se acercaban a él por primera vez para escrutar qué clase de personaje-político era. Todo lo contrario que Eduardo Madina, esa especie de Hamlet doliente, que ya es pasado del PSOE sin haber sido nunca presente, y que durante demasiado tiempo coqueteó con la posibilidad de convertirse en la “gran esperanza” socialista del postzapaterismo, con un discurso más original y elaborado de lo que ha sabido transmitir, pero que también se ha perdido entre las dudas permanentes de un aspirante que ya no pasará de eso. Frente al “voy a ganar” de Pedro el Guapo, Eduardo Madina, cuando deshojaba en público la margarita de si se presentaría a las primarias –el soldado Rubalcaba todavía acariciaba su última oportunidad– solía decir, y dejaba atónitos a sus interlocutores, que no tenía claro si al final se presentaría, “porque corro el riesgo de ganar”. Cuando al final se decidió, o le ayudaron a decidirse, quizá ya era demasiado tarde y, además, fruto de su talante hamletiano midió mal sus pasos y, como el príncipe shakesperiano, pereció políticamente en el intento.

Pedro Sánchez no dudó y está ahí, encaramado en la secretaría general del PSOE y su futuro, como hubiera dicho Popper, depende de él y, por eso, será candidato a la presidencia del Gobierno. En el PP y en el Gobierno de Mariano Rajoy, los más perspicaces, tienen claro que el nuevo líder socialista, salvo que cometa algún error garrafal, solo puede “crecer”, en apoyos, en poder y, en la primera cita electoral, en votos. Un éxito en las urnas, que va de mejorar bastante los últimos resultados hasta un triunfo espectacular, le permitirá reafirmarse y consolidar el principio de otra etapa en el socialismo español. El centro derecha, dentro y fuera del Gobierno y del PP, que temblaba con la irrupción de los criptomarxistas digitales de Podemos, veía en Pedro Sánchez un antídoto al caos, pero ahora descubre día a día que el futuro secretario general del PSOE, si se asienta, se convertirá en un formidable rival electoral muy difícil de batir, al que además resultará complicado implicar en los destrozos de las políticas de Zapatero, porque nada tuvo que ver, más allá de su amistad con el que fuera ministro de Industria, Miguel Sebastián.

Pedro Sánchez, el Guapo, tiene ahora por delante un largo o no tan largo camino en el que, como le ocurre a Rajoy por los mismos motivos y otras circunstancias, el gran escollo está en Cataluña. Rubalcaba lo percibió enseguida: “Cuando alguien te esgrime el derecho a decidir –explicaba–, estás atrapado”. El nuevo jefe de los socialistas catalanes, Miquel Iceta, buscará un acuerdo y una aproximación urgente con Sánchez, pero consciente de que tampoco puede descartar esa consulta que socialistas de otros lugares de España ni entienden, ni desean, ni comparten. Es el partido federal o la federación de partidos, y no es lo mismo. Pedro Sánchez, porque supo dar el paso adelante en el momento preciso sin dudas hamletianas, ya es el futuro del PSOE. Pronto aprenderá, sin embargo, como recitaba el llamado actor-rey, trasunto del espectro, en la tragedia de Shakespeare que “nuestras voluntades y nuestros sinos corren tan contrarios, / que nuestros planes pronto son derribados: / nuestros pensamientos son nuestros, sus finales nada tienen de nuestros”. A Zapatero le sonará la música, o no, como apostillaría Rajoy.

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