Pedagogía para el país más fuerte del mundo

26 / 01 / 2015 Jesús Rivasés
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El FMI, la EPA y la economía dan argumentos al Gobierno de Rajoy, que tiene pendiente el reto de convencer a los ciudadanos –y sobre todo a sus partidarios– de que estos años ha hecho lo correcto.

Alfonso Guerra ha recordado estos días -en estas mismas páginas- una célebre boutade del canciller de hierro Otto Von Bismarck quien, cuando le preguntaron que cuál era a su juicio el país más fuerte del mundo, respondió sin dudarlo: “Estoy firmemente convencido de que España es el país más fuerte del mundo. Lleva siglos queriendo destruirse a sí mismo y todavía no lo ha conseguido”. Siglo y medio largo después de aquellas palabras del primer estadista que puso en marcha un primitivo sistema de Seguridad Social, pero cuya edad de jubilación prevista entonces –65 años– ha perdurado, España parecer seguir en su empeño de destruirse y, a pesar de todo, seguir adelante. Una histórica mala salud de hierro, con vaivenes tremendos, y que ahora, según el Fondo Monetario Internacional (FMI), es la referencia sobre cómo salir de la crisis económica y situarse como líder –por encima incluso de Alemania– del crecimiento económico europeo en 2015, a pesar del baldón del paro que, sin embargo, como refleja la EPA, empieza a darle un balón de oxígeno al Gobierno de Mariano Rajoy, aunque nadie sabe si será suficiente para el inquilino de La Moncloa y su partido.

España, como constató Bismarck, ha resistido a todo y a todos, lo que constituye una demostración insólita de fortaleza, incluso hoy en día. No existe constancia de ningún país del mundo en el que algunos de sus dirigentes políticos, más o menos apoyados por su clientela local, celebren que no se encuentre petróleo, en este caso no muy lejos de sus costas, como acaba de ocurrir en Canarias con el presidente de la comunidad, Paulino Rivero. Su afirmación “que no haya crudo [en la zona] es la garantía para las futuras generaciones” pasará a la historia de las declaraciones políticas más estrambóticas. Todo en el país de las cuatro o cinco, según se contabilicen, elecciones en 2015, todo un récord mundial que, sin duda, tendrá un lugar destacado en el Guinness político y que, sin duda, será estudiado en el futuro por los politólogos y expertos de todo el mundo, porque un país capaz de sobrevivir a cinco convocatorias –aunque algunas sean autonómicas su trascendencia es superior– a las urnas en nueve meses, de marzo a noviembre según todas las previsiones, desde luego es indestructible, les guste o no a Artur Mas y Oriol Junqueras.

Josep Piqué, ahora feliz en el sector privado al lado de Juan Miguel Villar Mir en OHL, solía decir en sus tiempos de ministro de José María Aznar, que no añora, que “la política es, sobre todo, pedagogía”. Rajoy, con quien compartió Consejo de Ministros, siempre lo ha sabido, pero quizá en algún momento su entorno pudo olvidarlo, aunque ahora parece decidido a recuperar el terreno perdido. El presidente del Gobierno, desde que sustituyó en La Moncloa a José Luis Rodríguez Zapatero, puso toda su atención y acción de gobierno en los asuntos económicos y, tres años después, la realidad y el Fondo Monetario Internacional empiezan a darle la razón. El problema para el Gobierno, para el PP y para Rajoy es si los frutos de la cosecha florecerán lo suficientemente a tiempo como para que los electores se lo reconozcan en las urnas, sobre todo porque todavía existen muchos partidarios del PP que no quieren aventuras locas, pero que se han quedado con las ganas de demostrar su cabreo con los responsables gubernamentales.

Rajoy, en La Moncloa, con Arriola y sin Arriola, que influye mucho pero el que decide es el presidente, ha dado la instrucción de que ministros y no ministros se lancen a explicar los logros alcanzados, que quizá son más y más importantes de lo que se ve a primera vista. El Gobierno ha comprendido que debe recurrir a la pedagogía y a la paciencia. El gran mensaje es que el buen comportamiento de la economía es fundamental para que puedan existir esas políticas sociales que tanto demandan unos y tanto gustan a otros. No es fácil de trasladar, porque la correlación, aunque cierta, a veces no es tan evidente y, ahí es donde entra la pedagogía, algo en lo que hasta ahora el Gobierno no ha cosechado grandes éxitos, sino todo lo contrario. Por eso ahora, ministros, secretarios de Estado y dirigentes del PP, empiezan a salir, casi en tromba, de sus despachos para volver a convencer a los más afines y partidarios, con la esperanza de que vuelvan al redil. Hay datos concluyentes, como repiten una y otra vez, pero quizá no sean suficientes. En 1996, cuando el PP llegó al poder por primera vez, en España tenían trabajo 12 millones de personas, en 2014, a pesar de la crisis –y del aumento del paro en los años más duros–, 17 millones de españoles tienen trabajo, aunque por en medio, en los años felices de la burbuja, esa cifra rozó los 20 millones. Ahora, el Gobierno, tras el excelente dato de la EPA del cuarto trimestre de 2014, respira aliviado, y aunque sabe –y tiene descontado– que los meses de enero y febrero son malos para el empleo, espera que la tendencia vuelva a repuntar y se consolide otra vez a partir de marzo. El gran logro del Gobierno, la espectacular recuperación de la competitividad económica de España, es algo muy complicado de explicar a los ciudadanos y todavía más difícil encontrar el método para convencerles que es lo mejor que ha podido ocurrir. En definitiva, como admiten en el entorno monclovita, “como los ajustes los sufre cada persona en particular, existe la sensación de que cada uno es el único afectado”, y eso sí “es un problema político” que, como ha comprendido Rajoy, necesita enormes dosis de pedagogía en el país –Bismarck tenía razón, como ha recordado Alfonso Guerra- que quizá sea el más fuerte del mundo.

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