Mariano Rajoy señala ahora a Hillary Clinton
Mariano Rajoy, en el particular Juego de tronos que vive el Partido Popular, en forma de subterránea y sutil pelea por la sucesión, ha advertido a amigos y menos amigos de sus propias filas. El mensaje que ha transmitido, fuera de los circuitos oficiales –y eso también tiene su significado–, es que no tiene ninguna intención de retirarse, de dar un paso al lado. Su primer objetivo, claro, es seguir al frente del Gobierno, y por supuesto del partido, y fija su horizonte en cuatro años, sin que descarte un periodo que llegaría hasta los ocho años. Y eso, con independencia de lo que pudiera ocurrir en las elecciones que se celebrarán el 26 de junio, si no hay sorpresa de última hora y Pedro Sánchez y Pablo Iglesias pactan un Gobierno de izquierdas con la colaboración –ese es uno de los escollos– de nacionalistas e independentistas. Parece difícil, pero en el PP crece la inquietud en las últimas horas y cada vez temen más ese acuerdo al borde del límite del tiempo. El ejemplo en Cataluña de Junts pel Sí y la CUP, que convirtió a ese Carles Puigdemont que, por fin, ha visitado La Moncloa, pesa mucho y es un referente. También en ese caso, el más adverso para los populares, Rajoy está decidido a permanecer al frente del PP.
El presidente del Gobierno, el más experimentado político español todavía en activo –y por algo será–, es consciente de los movimientos a su alrededor en el PP y de las aspiraciones de unos y otras. Rajoy tiene garantizada la fidelidad absoluta del grupo parlamentario del PP y también la de todos los que aspiran a estar en las listas electorales si hay comicios a final de junio. Nadie hará nada que ponga en peligro la posibilidad de ser o volver a ser diputado, algo que no pocos ven también como un seguro laboral, sobre todo si el PP no llegara a gobernar. Por eso hay cierre de filas y las discrepancias que emergen llegan de quienes, en cierta forma, ya son outsiders en el PP, cada uno a su estilo, como José María Aznar o Esperanza Aguirre, abiertamente críticos con Rajoy en privado y cada vez más en público, lo que no impide que todos aparquen diferencias y aspiraciones, en una tregua tensa, en cuanto se convoquen las nuevas elecciones.
Rajoy está convencido, como también creía Popper, de que “el futuro depende de nosotros mismos” y, en este caso, de él mismo. Algunos en el PP interpretan que el presidente del Gobierno no tiene más remedio que decir ahora que pretende seguir durante bastante tiempo, entre otras cosas para evitar abrir, de manera oficial, algo así como una carrera por la sucesión. Alegan, sin embargo, que su relevo está cercano, salvo que el PP obtuviera una mayoría tan espectacular como impensable en unos nuevos comicios. Rajoy, sin embargo, cuando envía el mensaje y advierte de que él sigue, lo hace en serio y realmente está decidido a continuar un mínimo de cuatro años y, después, ya se vería. El presidente y su reducido equipo de máxima confianza ponen encima de la mesa, entre otros asuntos, su edad, 61 años. A renglón seguido señalan, por ejemplo, a Hillary Clinton, que aspira a la Casa Blanca después de haber cumplido 68 años que, si llega a convertirse en la primera mujer presidente de Estados Unidos estará en su cargo por lo menos hasta los 72 años e incluso podría seguir hasta los 76.
Rajoy, por otra parte, también está convencido de que puede seguir en La Moncloa. Su gran objetivo político personal cuando fue investido presidente del Gobierno fue gobernar, al menos, dos legislaturas y no ser el primer presidente de la democracia que no lo consigue, al margen del precedente de Leopoldo Calvo-Sotelo que, a estos efectos, no cuenta ya que llegó por la dimisión de Adolfo Suárez. Y si lo consigue, no habrá aspirante a su sucesión que mueva un dedo hasta que el presidente quiera, so pena de quedar proscrito en el PP, por mucho que le moleste, por ejemplo, a Aznar, indignado con razón de que sus cuitas fiscales se hayan filtrado, algo que en su entorno cargan sobre los responsables del fisco. Bastantes en el PP recuerdan que era inimaginable que, en una situación similar, en tiempos de José Luis RodríguezZapatero hubieran trascendido datos fiscales de Felipe González “y eso que las broncas y las guerras internas en el PSOE son incluso peores que las nuestras”.
Ahora, no obstante, todo depende de Pablo Iglesias, que aún tiene en sus manos la llave para evitar unas nuevas elecciones aunque no está claro que quiera usarla, algo que haría con agrado Íñigo Errejón, cada vez menos el número dos de Podemos. Pudo hacerlo el día siguiente de las elecciones y, si hubiera querido, Pedro Sánchez estaría sentado en La Moncloa, porque entre todos hubieran encontrado la fórmula para sortear o posponer las aspiraciones-condiciones de independentistas y nacionalistas para permitir, activa o pasivamente, un Gobierno encabezado por el líder del PSOE. Iglesias, sin embargo, quizá quiere jugar la baza del cuanto peor, mejor. El próximo Gobierno –de Rajoy o de quien sea– tendrá que afrontar, ahora sí, un ajuste impopular, una vez que el déficit sigue sin control y las previsiones han empeorado. Es el caldo de cultivo que prefiere el jefe de Podemos, que piensa no en las próximas, sino en las siguientes elecciones. Y entonces, Rajoy, ahora enfrascado en su Juego de tronos particular, todavía sería más joven que Hillary Clinton.


