La noche que tembló el PSOE y las señales de Rajoy
Los partidarios de Susana Díaz se temieron lo peor al comprobar que acudían a votar militantes independientes, que no frecuentan las agrupaciones y que están menos controlados.
Tremendo. Fue tremendo. Susana no se lo podía creer, nadie la había advertido durante todo el día de que los signos aparentes no eran buenos. Siempre había temido las primarias, pero se dejó convencer de que esta vez era pan comido y aparcó su intuición, que le recomendaba desconfianza y prudencia. Tremendo. Pedro confiaba en su fortuna, en aquella “baraka” que le llevó de convertirse en diputado por la puerta de atrás –sustituto de Pedro Solbes cuando renunció al acta– a secretario general del PSOE. Sin embargo, el último candidato de los socialistas a la presidencia del Gobierno tampoco imaginó la magnitud de su victoria hasta el último momento. Por eso, en la noche que tembló el PSOE, Pedro, Susana y Patxi tardaron tanto tiempo en salir para hacerse la foto de compromiso de una concordia que deberán buscar, y Sánchez en anunciar el inicio de una nueva era en el partido de Pablo Iglesias.
Susana Díaz, que ya no será ni la Reina del Sur ni tampoco la Sultana, secaba sus últimas lágrimas en un hotel no muy lejano de la sede socialista de Ferraz, casi al mismo tiempo que las huestes vikingas del Real Madrid de Florentino, Zidane y Cristiano empezaban a llenar la plaza de la Cibeles para festejar la primera liga ganada en cinco años y alimentar el sueño de otra Champions. De madrugada, cuando el capitán blanco Sergio Ramos colocaba la bufanda madridista alrededor del cuello de la efigie de la diosa, algunos diputados socialistas intentaban cruzar las líneas y pasarse al bando de Pedro Sánchez. En pleno Dunkerque susanista, el instinto de supervivencia política afloraba, muchos procuraban averiguar cómo podían apresurarse a encabezar la manifestación en favor del vencedor, pero también algunos, como el exministro José Luis Corcuera, se bajaban del barco y abandonaban el partido.
La victoria de Pedro Sánchez la barruntaron algunos partidarios de Susana Díaz en Madrid a mediodía del domingo. Habían detectado una alta participación, pero sobre todo que acudían a votar militantes que nadie o muy pocos conocían en sus respectivas agrupaciones. Todo era correcto y los militantes, verdaderos y al corriente de pago. La sorpresa –y lo que indicaba lo que podía ocurrir– fue que muchos de esos socialistas son de los que nunca o casi nunca acuden por su agrupación. Por una parte, nadie contaba con ellos y, por otra, tampoco nadie se había dirigido personalmente a ellos. Constituyen el colectivo de militantes que no tienen dependencia personal –ni laboral– del partido. Eso los hace más independientes, menos influenciables y, sobre todo, impredecibles. Y lo detectado en Madrid al filo del mediodía, el resto del equipo de Susana Díaz empezó a comprobar que ocurría en otros muchos puntos de España. Fue cuando, a media tarde, el pesimismo se instaló en las filas susanistas, aunque nadie quiso decirle a la jefa que todo estaba perdido. La última oportunidad consistía en que Susana Díaz superara con holgura el 75% de los votos en Andalucía, pero aunque ganó con una gran mayoría se quedó alrededor del 63%.
La noche que tembló el PSOE, en pleno Dunkerque de las filas susanistas, barones como Guillermo Fernández Vara o Emiliano García-Page llamaban a sus pontoneros para que empezaran a trabajar esa misma noche, con el objetivo claro de acercarse a Pedro Sánchez. La vida sigue. Susana Díaz tuvo apoyo y consuelo de los suyos y fue sincero, pero ella misma sabe que ahora son muchos los que tienen que buscarse un hueco al sol del nuevo secretario general. Ella puede sobrevivir en Andalucía, aunque sea crítica, pero otros necesitan cruzar el frente y que los hasta ahora adversarios –compañeros de partido en el sentido de Churchill– estén dispuestos aceptarlos.
El balón está en el tejado de Sánchez y los suyos. La tentación de ajustar cuentas de los que van a dirigir un partido en el que Felipe González admite que está en minoría puede ser muy grande, pero quizá no sea la mejor estrategia para el socialismo español del siglo XXI, que necesita encontrar su propia identidad y, sobre todo, recuperar votos. Sánchez ha arrasado entre los militantes –unos 190.000–, que quizá no coincidan con los millones de votos que necesita para ganar las elecciones. El nuevo líder del PSOE tiene por delante pacificar el partido y ganarse a los votantes perdidos que quizá no piensen lo mismo que los militantes que le acaban de elegir.
En la noche en que tembló el PSOE y el Real Madrid celebró la liga, Mariano Rajoy, desde La Moncloa, no emitió ninguna señal expresa hacia Génova, lo que también era toda una señal. El presidente contemplaba la hipótesis del triunfo de Pedro Sánchez y solo él –y sin duda Pedro Arriola– sabe si eso era lo que prefería. Rajoy aceptará recomponer las relaciones con el líder del PSOE, pero quizá tenga que ser el socialista quien dé el primer paso y no está claro que lo haga. Ahora el presidente concentra sus esfuerzos en la aprobación de los Presupuestos Generales del Estado y en su auténtica preocupación, el desafío catalán. Sánchez vuelve a estar en su camino, pero ya le ha ganado dos veces en las urnas y está seguro de que puede volver a hacerlo. Y en pleno Dunkerque susanista, muchos no sabían qué tren coger, porque lo único inamovible era el resultado, Sánchez, 50%; Díaz, 39%. Goleada.


