La leyenda del último banquero

15 / 09 / 2014 Jesús Rivasés
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Emilio Botín casi siempre consiguió despistar y coger por sorpresa a sus competidores y a los mercados con operaciones tan agresivas como fulminantes. Quizá por eso también se ha ido de repente. 

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Emilio Botín Ríos –solo la génesis de su segundo apellido daría para un tratado– hijo, nieto, padre y quizá abuelo de banqueros, ha sido, con toda probabilidad, el último gran banquero de Occidente, con sus luces, muchas, y sus sombras, algunas. También ha sido un personaje aureolado con leyendas infinitas, en España y fuera de España, verdaderas y apócrifas, que él tampoco nunca se preocupó, salvo excepciones, de confirmar ni de desmentir. Lo mismo hizo su padre y predecesor al frente del Banco Santander, también Emilio Botín, de quien se decía que de joven se dedicó a jugar al póquer hasta que se convirtió, a tiempo completo, en banquero. El mismo personaje que en los albores de la Transición, ya septuagenario, reclamó la legalización del Partido Comunista de España y que, en otra ocasión, en una insólita entrevista televisiva con Mercedes Milá, dijo aquello de “en España muchos presumen de ricos, pero ricos de verdad solo lo somos unos pocos”.

Emilio Botín, fallecido de un infarto fulminante apenas cuatro días antes de una junta general extraordinaria de accionistas del Santander, accedió a la presidencia de la entidad en 1986. Entonces, el Santander era el sexto banco de España, con un activo de casi 17.000 millones de euros. Ahora, 28 años después, la entidad es 70 veces más grande, con unos activos de 1,18 billones de euros, y figura entre las primeras del mundo. Es la obra del último banquero, porque Emilio Botín ha sido el último presidente de un gran banco del mundo que todavía poseía directamente una parte significativa –aunque ya muy pequeña– del capital de la entidad. Ninguno de sus colegas, salvo en el caso de bancos diminutos, puede decir lo mismo. Ni tan siquiera sus herederos, que quizá todavía sean durante algún tiempo los mayores accionistas individuales del Santander, pero a mucha distancia de la posición que tuvo su padre, incluido el dinero que toda la familia regularizó, tras pagar al fisco más de 200 millones de euros, y que mantuvo en Suiza desde la Guerra Civil, cuando el padre del banquero ahora desaparecido lo trasladó allí.

Emilio Botín fue, durante muchos años, un auténtico adicto al trabajo, pero con todas las peculiaridades de un personaje tímido, audaz y siempre consciente de quién era y de su poder. La semana laboral de Botín, en circunstancias normales, terminaba los jueves a media mañana, cuando desaparecía del despacho hasta ¡el domingo a primeras horas de la tarde!, cuando organizaba reuniones periódicas con sus colaboradores que, con frecuencia, tenían que dedicar las mañanas dominicales a preparar las sesiones de esa tarde. Botín odiaba perder el tiempo y, por eso, hace años, a menudo se desplazaba por el centro de Madrid ¡en moto! Conducida por un profesional, el banquero se ponía un casco y “de paquete”, como se suele decir, llegaba con una rapidez insólita a todas partes. Su hija y heredera, Ana Patricia, también utilizó ese procedimiento en alguna ocasión.

El banquero Emilio Botín, y eso contribuyó a generar y aumentar su leyenda unido a sus peculiaridades, siempre fue por libre y a su aire. Dinamitó el llamado “club de los siete grandes”, una especie de “cartel” bancario español, integrado por los entonces siete primeros bancos del país, cuyos presidentes se reunían a almorzar casi todos los meses, hablaban del sector y, aunque como es lógico lo negaban, pactaban más de una estrategia, precios incluidos. Botín solo asistió a aquellas reuniones cuando no le quedó más remedio, hasta que dejaron de celebrarse. Ahora aquello sería imposible, entre otros motivos porque el Santander se ha quedado con más de la mitad de aquellas entidades, Banesto, Central e Hispano. Botín, por otra parte, siempre procuró estar cercano al Gobierno de turno. “El banquero tiende a ser gubernamental”, decía el que fuera líder de aquellos “siete grandes”, José María Aguirre Gonzalo. Botín se llevó bien con Felipe González; saludó por anticipado la llegada al poder de José María Aznar y cortejó con habilidad a José Luis Rodríguez Zapatero en la oposición cuando pocos creían en él, y el líder socialista le correspondió –incluida visita con pompa y circunstancia a la sede del banco– cuando gobernó y su Gobierno indultó, no sin polémica, al entonces vicepresidente del Santander. Antes, Botín también tuvo escarceos con la Justicia por varias operaciones del banco, pero siempre salió bien librado, aunque con algún susto que otro en el cuerpo. Ahora, aunque Mariano Rajoy es el presidente menos cercano a los señores del dinero, al Ibex-35 como dicen en Moncloa, el banquero ha logrado no solo mantener buenas relaciones, sino que algunos de sus colaboradores influyen directamente en el equipo presidencial.

En los últimos años, Emilio Botín seguía al frente de las grandes operaciones y no parecía tener intención de retirarse, porque quería dejar bien amarrada su sucesión pero al mismo tiempo estaba menos en el día a día y muy volcado en los patrocinios educativos –de universidades sobre todo– del banco y en el de la Fórmula 1, que consideraba una de las mejores inversiones que había hecho nunca un banco que, hace apenas 30 años, era un pequeño banco español y, entrado el siglo XXI, es una de las principales entidades financieras del mundo, con una marca reconocida en todas partes. Ha sido la peripecia, casi increíble, con aciertos y errores, de un banquero legendario que, otra vez, ha sorprendido a todos con su adiós definitivo. Al fondo, Cataluña avanza hacia la incertidumbre, pero esa es otra historia.

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