El PP de Rajoy y, sí, también el PP de Iglesias

16 / 02 / 2015 Jesús Rivasés
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El PP aprueba la asignatura de la recuperación económica, pero quizá no le baste en tiempos de “la segunda sentimentalización extrema de la democracia española” con Podemos al fondo. 

Mariano Rajoy no tiene necesidad de inventarse a un Pedro Arriola, el sociólogo protoasesor que también estuvo al lado de José María Aznar. Arriola está inventado y todavía en activo y, además de otros servicios, le presta al presidente del Gobierno el impagable de apechugar con todas las críticas de quienes, en la galaxia pepera, no se atreven a cargar contra el inquilino de La Moncloa. El asesor y experto demoscópico ha podido cometer errores, sin duda, pero él no toma las decisiones, ni en el Gobierno ni tampoco en el Partido Popular y ni tan siquiera ha puesto en marcha la teoría de que, ante la actual –hasta dentro de unos meses no se sabe– fragmentación de la izquierda, a los populares les bastaría con poco más de un 30% de los votos para obtener una mayoría suficiente en las próximas elecciones generales.

En el Gobierno y en el PP, se eche la culpa o no a Arriola, que es lo más cómodo, las aguas empiezan a bajar revueltas. Muchos diputados, más allá del dedazo para las listas, empiezan a temer por sus puestos, por su futuro, al final de la legislatura, y esos nervios se transmiten y empañan los logros evidentes del Gobierno de Rajoy, agrandados tras la etapa de un José Luis Rodríguez Zapatero feliz cuando escucha de labios de Pablo Iglesias, en casa de José Bono: “José Luis, tú no lo hiciste todo mal en tu etapa y en su momento estoy dispuesto a decirlo y a reconocer que, por ejemplo, impulsaste el desarrollo de los derechos civiles, como el matrimonio homosexual”.

Mariano Rajoy y el PP, cada vez empieza a ser más obvio, han aprobado con nota la asignatura de la recuperación y del cambio de ciclo económico. Ni tan siquiera los podemitas –sí, de Podemos– ponen la carne en el asador en desmontar el relato económico de los ministros del PP, que han empezado a salir en tromba y sin mucho orden a proclamar el evangelio de sus logros –reales– económicos, aunque los verdaderos efectos todavía no sean percibidos por una parte de la población. La prueba del nueve o del algodón del éxito de Rajoy y su equipo en ese terreno es que la izquierda en bloque y sin distinción de familia quiere sacar del debate público el tema de la recuperación, sobre todo ahora que el Tribunal Constitucional ha descafeinado para siempre la reforma laboral al avalar la ultractividad, es decir, la vigencia sine díe, salvo pacto en contrario, de lo pactado en los convenios anteriores.

El trabajo hecho está ahí y Álvaro Nadal, director de la Oficina Económica de la Presidencia del Gobierno, desgrana los detalles a quien desea escucharlos. Sin embargo, Rajoy, Soraya Sáenz de Santamaría, Dolores de Cospedal y bastantes ministros perciben señales de que, en pleno cambio de época, todos esos logros económicos pueden no servirle para nada al PP en las próximas elecciones o, en el mejor de los casos, no servirle lo suficiente, que es lo mismo. El que algunos llaman ahora “el espíritu de la cuesta de enero”, culminada con los datos de las encuestas del CIS, ha generado un pequeño terremoto entre los populares que, de repente, han descubierto que Podemos y Pablo Iglesias y los suyos, que creían que eran un problema exclusivamente para la izquierda, también les afectan, mucho más de lo que imaginaban, sin que tengan del todo claro si les queda tiempo para enderezar una situación endiablada y, en cierto modo, perversa. Estamos ante lo que el profesor José Luis Dader, catedrático de la Universidad Complutense, experto en comunicación política, ha descrito, en un breve ensayo, como “la segunda sentimentalización extrema de la democracia española en menos de una década –la primera fue el llamado efecto Zapatero–”, que da alas a lo que también define como “el Principado de Podemos”, el PP de Pablo Iglesias. Todo sustentado en “los dispositivos afectivos calificados de inteligencia emocional, del auge del infoentretenimiento mediático y de la prioridad de las emociones de reacción automática sobre el análisis de las consecuencias”. El caldo de cultivo para el “príncipe de Podemos, destinado a personalizar la abstracta proposición de un imaginario colectivo ilusionante”. Un príncipe, claro, llamado Pablo Iglesias, con acólitos como Íñigo Errejón, Luis Alegre, Carolina Bescansa y Juan Carlos Monedero en el papel de Maquiavelo. Laboratorio político, con las mismas recetas que utilizó Ronald Reagan en su momento, y dinero del chavismo.

El lío está en la izquierda, dividida de forma cainita, pero los efectos del terremoto alcanzarán al PP. Los hacedores de Podemos, profesionales del estudio de cómo tomar el poder, saben que tienen una única oportunidad. La extrema izquierda, comunista-populista solo puede ganar en situaciones de crisis y quieren aprovechar el final de esta. Iglesias y los suyos, ya a punto de fagocitar a Izquierda Unida, diga Cayo Lara lo que diga, que podría quedarse sin escaños, van ahora a por el PSOE, su verdadero objetivo, y en donde hasta hace poco no vieron en Podemos a un rival. Ahora, Pedro Sánchez y los suyos, aquejados de podemitis y con muchas urgencias, han comprendido dónde está peligro y, como le ocurre al PP, muy nerviosos intentan recuperar a marchas forzadas el terreno perdido. El relevo de Tomás Gómez al frente del socialismo madrileño no es más que la primera verdadera reacción contundente que, quizá, llega muy tarde y puede tener consecuencias imprevisibles. Completan el paisaje del Principado los mil y un líos, directos e indirectos, del PP por los juzgados, con el riesgo de que algún magistrado decida –por ahora solo lo ha pensado– citar al presidente del Gobierno, no importa que solo sea como testigo. No es ciencia-ficción y Arriola tampoco tiene la culpa. Es el PP de Mariano Rajoy y el PP de Pablo Iglesias. Maquiavelo siglo XXI.

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