El poeta, el peligro y también la salvación

19 / 01 / 2015 Jesús Rivasés
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La salvaje matanza en Charlie Hebdo ha orillado por unos momentos las miserias domésticas españolas y permite un pacto embrionario que también puede abrir caminos que hasta ahora parecían vetados. 

Sí, je suis Charlie, ahora y siempre, incluso en tiempos convulsos y, sobre todo, por encima de “los tontos útiles de un islamismo soluble en la sociología de la miseria”, como dice Bernard-Henri Lévy y que abundan en Europa y también en España, aunque algunos empiezan a ver las cosas de otra manera. Es imposible que todos los diputados españoles se pongan en pie y canten el himno nacional, y no porque no tenga letra sino por prejuicios y complejos atávicos, como ha ocurrido en la Asamblea francesa con La Marsellesa. Si el denostado bipartidismo –“lo echaremos de menos”, dijo hace un tiempo Felipe González– hubiera existido de verdad en España, incluso podría haber sido posible, pero con 15 partidos en el Congreso de los Diputados, como recuerda Alfonso Guerra, y algunos independentistas, es una quimera con la que ni tan siquiera nadie sueña. Algo empieza a cambiar, sin embargo. La salvajada islamista contra el semanario satírico ha tenido mucho que ver, pero no todo. La realidad es que Mariano Rajoy y Pedro Sánchez hablaron y ya existe un principio de pacto de Estado contra el terrorismo, que debería permitir combatir de una manera suficientemente eficaz a los extremistas islámicos. Es posible, incluso probable, que haya muchas diferencias en la letra pequeña, y mucho más en año multielectoral, pero lo importante es el acuerdo de fondo y ese parece que nace con bastante solidez. Interesa a todos, pero especialmente a PP y PSOE, que tienen la gran oportunidad de demostrar que solo los dos partidos históricos de la Transición, más allá de los problemas de cada uno, tienen los mimbres para garantizar, en casi todos los terrenos, un futuro estable para España. Hay que evitar, como también ha dicho Guerra en estas mismas páginas en la hora de su abandono del escaño, que se repita el que “cada equis años en este país todos somos muy aficionados a la autodestrucción”.

La matanza en Charlie Hebdo, que hay que evitar que pueda repetirse aunque la seguridad absoluta nunca existe, y menos cuando se trata con suicidas iluminados, ha difuminado por unos días otros asuntos que, en situaciones extremas, ocupan su verdadero espacio. Artur Mas le ha echado su penúltimo órdago-ultimátum a Oriol Junqueras, que no ha llegado a saber jugarlo porque al final el “honorable” ha salido más habilidoso de lo que parecía, y todo enmarcado en lo que alguien nada sospechoso para el catalanismo como Enric Juliana, ha descrito como “el descomunal ensimismamiento de los principales actores de la política catalana en estos primeros compases de 2015”. El líder de CDC, el partido que fundó Jordi Pujol, que intenta arrojar todo el lastre que pueda de esas siglas, sigue enredando en una huida hacia delante que ni tan siquiera –y lo ha reconocido a los más cercanos- sabe a dónde le conduce aunque, eso sí, le permite ganar tiempo, al mismo tiempo que presume de resultados económicos tras años de austeridad, pero también mientras insiste en que el Gobierno de Rajoy pague muchas de sus facturas. Artur Mas, que ahora pide otros casi 6.500 millones y obtendrá bastantes, está atrapado en su propio bucle, aunque ha vuelto a ganar tiempo, ahora hasta el 27 de septiembre -todo un mundo por delante-, que es cuando ha pactado con Junqueras celebrar las elecciones adelantadas. No habrá lista única, pero sí una especie de hoja de ruta común, que tampoco garantiza una victoria lo suficientemente holgada del independentismo, que es lo que piensa Rajoy.

Y ahí, en esa hoja de ruta común enlaza lo que decida hacer Podemos, que tendrá que optar, y su hasta ahora desconocido Marc Bertomeu, secretario general en Barcelona, que sí entiende que “en Cataluña tiene que haber una consulta”, mientras su opción política en unas encuestas que casi nadie quiere creer pasa de la nada a casi un 20% en la tierra de Mas y Junqueras.

Pedro Arriola le da algo más que esperanzas a Rajoy, que está dispuesto a agarrarse a un clavo ardiendo y que también tiene planes diferentes para el día después. Sin embargo, con Arriola y sin Arriola, las encuestas, que miman a Podemos aunque ya menos a Pablo Iglesias, traen a todos de cabeza y demasiados quieren ver en ellas poca fiabilidad. Manuel Bagües, experto y profesor de la Aalto University (Escuela de Economía de Helsinki) advirtió de los errores predictivos de las encuestas antes de las elecciones europeas y acertó. Defendía que el método de atribuir la intención de voto a las personas que no contestan en una encuesta según lo que habían votado en las últimas elecciones podía generar sesgos importantes en las predicciones “en momentos turbulentos como los actuales”. Es, además, lo que más conviene a Pablo Iglesias, que juega a la prudencia porque forma parte de su meditada estrategia de moderación, lo que no impide que el líder de Podemos dejara escrito que “la radicalidad en política no se mide por los principios o por lo encendido de los discursos, sino por la radicalidad de los resultados”. Algunos incluso intentan comparar al PSOE de Felipe González antes de 1982 con Podemos e Iglesias pero ni por historia ni por sus responsables tienen nada que ver y los paralelismos no existen, solo son otra estrategia, hábil, pero estrategia. Demasiadas incertidumbres cuando apenas ha empezado 2015. La semana que viene hablará Maro Draghi, el oráculo del BCE, mientras, algo que celebrar, el petróleo sigue a la baja, aunque el recuerdo de Charlie Hebdo sigue ahí y ejerce de terrible advertencia y también de esperanza. Lo dijo el poeta Hölderlin. “Allí donde anida el peligro, crece también la salvación”. Je suis Charlie.

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