El penúltimo y neogótico amago de Oriol Junqueras

24 / 07 / 2017 Jesús Rivasés
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Nadie conoce de verdad los verdaderos planes de Oriol Junqueras, ni sus adversarios directos del PDeCAT, ni, por supuesto, el Gobierno de Mariano Rajoy.

Oriol Junqueras, vicepresidente de la Generalitat y líder de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), es un personaje neogótico, católico y sentimental y tan complejo como el mismo Marqués de Bradomín imaginado por Valle Inclán. El político independentista, que por otra parte mantiene excelentes relaciones personales con la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, ha conseguido objetivos notables, como llevar al borde del abismo a sus rivales del ahora PDeCAT de Carles Puigdemont y Artur Mas. También ha logrado que cualquier fracaso del llamado procés y de la jornada de la consulta del 1-O se apunten en el debe de sus adversarios ex convergentes, por encima incluso de la purga en el Gobierno catalán a la que obligó al presidente de la Generalitat y que, por supuesto, no afectó a ningún conseller procedente de las filas de ERC. Además, ni sus adversarios y rivales catalanes ni tampoco nadie en el Gobierno de Mariano Rajoy puede certificar cuáles son las verdaderas intenciones de Junqueras, el historiador económico de profesión que consiguió acceso como investigador a los archivos secretos del Vaticano, en cuyos pasillos conoció –y charló en varias ocasiones, incluso de fútbol, del Barça y del Bayern de Munich– al entonces cardenal Joseph Ratzinger, el que luego sería Benedicto XVI, considerado como un papa neogótico, un pontífice firme en sus ideas –como Junqueras– pero sin ángulos rectos. 

Oriol Junqueras está en centro del laberinto catalán, pero al mismo tiempo lo sobrevuela. Hay quienes creen que su objetivo, consciente de que la independencia es imposible, es destrozar políticamente al PDeCAT, algo que ya tiene casi conseguido, acceder a la presidencia de la Generalitat y, desde allí, sin renunciar a nada, negociar una nueva situación con el Gobierno de Rajoy. Otros, por el contrario, defienden –y apelan a su carácter sentimental– que ni amaga ni tampoco va de farol, y que quiere dar el gran paso a la independencia, le cueste lo que le cueste, porque está convencido de que cualquier medida en su contra le fortalecerá. Los primeros recuerdan que, hasta ahora, Junqueras no ha firmado ni intervenido en nada que le comprometa legalmente. Los segundos esgrimen que el líder de ERC prefiere que primero se achicharren Puigdemont y los ex convergentes y que cuando ya estén fuera de juego, él casi en solitario tomaría el relevo y llegado el caso se convertiría en el mártir independentista. Una estrategia también envolvente, neogótica en definitiva.

Carles Puigdemont ha salido con más que magulladuras de la crisis-purga de su Govern. El lío interno en su partido, el PDeCAT, va en aumento y ya hay quienes le acusan de actuar casi en connivencia con la CUP, algo que espanta a los históricos convergentes y a una buena parte de su tradicional clientela electoral, incluida la llamada “burguesía catalana”, algunos de cuyos miembros admiten en privado que “empiezan a tener miedo”. Puigdemont ya ha escapado al control del PDeCAT y ahora muchos recuerdan que su nombre para presidir la Generalitat, cuando la CUP vetó a Artur Mas, lo sugirió Benet Salellas, uno de los impulsores del grupo que lidera en el Parlamento catalán Anna Gabriel.

Puigdemont supo que la corriente más moderada del PDeCAT preparaba algo contra él y, con la presión añadida de Junqueras, que también tenía casi todos los datos, se adelantó y movió ficha en el Govern y, por supuesto, en la línea que quería el líder de ERC. Los planes de los no independentistas del PDeCAT consistían en hacer implosionar al Ejecutivo de Puigdemont, convocar elecciones, pasar a la oposición –porque son conscientes de su próximo fracaso en las urnas– y desde allí recomponer el partido. Argumentaban que cuanto más tiempo pase peores serán sus resultados en las urnas y que, claro, siempre es mejor ser oposición con un cierto peso que quedarse al borde de la irrelevancia. Puigdemont, sin embargo, con el aliento de Junqueras en la nuca y Artur Mas de guerrillero, tiró por la calle de enmedio y obligó a su partido a respaldarle.

“En ningún momento de su historia contemporánea Cataluña había tenido una política y una dirección tan inconsciente como la que tiene ahora”, escribía Josep Pla en su crónicas de la República en marzo de 1932. Han pasado 85 años, pero algunos ven paralelismos, en un momento en el que, como afirmaba el escritor catalán en 1935, “la situación es muy confusa y contradictoria” y casi nada es lo que parece. Y si nadie sabe lo que de verdad piensa Oriol Junqueras, hay quienes también despistan, como el ahora conseller de Empresa, Santi Vila, considerado moderado por muchos pero que resiste en el Govern de Puigdemont, mientras que para otros no es de fiar y solo espera su oportunidad, al mismo tiempo que mantiene relaciones cordiales con ministros de Rajoy a los que les dice que, si no fuera catalán, estaría en sus filas o muy cerca. Todo también muy neogótico y tan confuso que incluso un conocido empresario catalán auguraba en Madrid la semana pasada, en una sobremesa privada, claro, que todo esto acabará con algún líder independentista en la cárcel. Es lo último que quiere Rajoy y quién sabe si lo que de verdad, de amago en amago, persigue Junqueras.

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