El laberinto catalán: confuso, morboso y sentimental

04 / 09 / 2017 Jesús Rivasés
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Carles Puigdemont le dijo a un amigo suyo hace meses que estaba convencido de que pasaría un tiempo en la cárcel, culpable de sedición, pero que lo tenía asumido.

Mariano Rajoy toreó con oficio el brete parlamentario en el que pretendieron colocarle PSOE y Podemos para que diera explicaciones por la corrupción y el caso Gürtel. El presidente, más allá de la incomodidad de apechugar otra vez con el mismo asunto, salió airoso. Pablo Iglesias utilizó la oportunidad para intentar transmitir la imagen de que lidera la oposición. Uno de los grandes problemas de Pedro Sánchez es que, al no ser diputado, está ausente en las grandes citas parlamentarias y tiene que ser sustituido, en este caso por Margarita Robles, a quien Rajoy tiene tomada la medida. Una maniobra, legítima, de Podemos, en su pugna con el PSOE por la hegemonía de la izquierda, que incluso le permitió al presidente del Gobierno dar un mitin, como dijo Albert Rivera, quien, desde una crítica a Rajoy, se desmarcó del PSOE y de Podemos. En definitiva, un pleno parlamentario en que cada partido buscaba satisfacer a su propia clientela, nada más, y sobre el que sobrevolaron, porque se lo pusieron muy fácil al inquilino de La Moncloa, los grandes asuntos de la actualidad: el terrorismo, Cataluña y, en menor medida –aunque Rajoy supo colarlo–, la recuperación económica.

Cataluña, doliente de los atentados de Barcelona Cambrils, que al final instrumentó el independentismo en la manifestación del sábado 26, justo un mes antes de la fecha del hipotético “referéndum” es un auténtico laberinto político, confuso, morboso y sentimental y en el que ya hay quien “tinc por” –tiene miedo– y no especialmente por los peligros del terrorismo yihadista. Winston Churchill dijo en 1945 que “Rusia es un acertijo envuelto en un misterio, dentro de un enigma”. Cataluña quizá no sea un misterio, pero tampoco aparece quien solucione el acertijo o un Teseo que encuentre el hilo de Ariadna –si es que existe– para salir del laberinto.

Carles Puigdemont, presidente de la Generalitat, parece dispuesto a seguir hasta el final, sin que quede claro cuál sea al final. El Gobierno catalán tiene el escollo de sacar adelante la ley del referéndum para celebrar la consulta del 1-O, algo que inmediatamente será recurrido e invalidado por el Tribunal Constitucional. Carles Puigdemont y Oriol Junqueras han comprobado que pueden tener problemas para que sea el Parlament el que apruebe la norma. La presidenta de la Cámara, Carme Forcadell, que ya ha tenido que vérselas con la Justicia, se resiste a introducirlo en el orden del día. Por eso Puigdemont esgrime la vía de un Decreto Ley de su Ejecutivo.

El presidente de la Generalitat, en privado, asume y presume de su futuro sacrificio o inmolación. No hace mucho, un día que tenía una importante intervención pública por la tarde, almorzó con un amigo. Puigdemont pidió una fideuá, para sorpresa de su acompañante, que le sugirió que tomara algo más ligero para evitar encontrarse incómodo en el acto posterior. La respuesta del presidente de la Generalitat fue “¡ya tendré tiempo para pasar hambre!”, mientras le explicaba que estaba convencido de que al final pasaría un par de años en la cárcel, culpable de sedición, “pero no importa, lo tengo asumido, y detrás de mí vendrá otro”.

Puigdemont y Junqueras saben que la consulta del 1-O es una quimera y también los cuperos Anna Gabriel y Benet Salellas. Todos, sin embargo, tienen su estrategia para ese día y pretenden que, con o sin urnas, la gente salga a la calle de forma multitudinaria para escenificar que han querido votar y no han podido. Intentan, en definitiva, ganar la consulta en la calle y, si hay incidentes, incluso mejor. Persiguen una foto victimista para llamar la atención del mundo. Al mismo tiempo, en el muy embrollado escenario catalán, votantes habituales del PP, más por utilidad que por convicción, se plantean la posibilidad de votar si al final hay algún tipo de urnas, con el argumento de que –aunque sea ilegal– el “no a la independencia” debe estar presente. Es una corriente muy minoritaria, pero está ahí, aunque la dirección del PP y todos los partidos no independentistas, incluida la izquierda heredera del PSUC, con dirigentes como Joan Coscubiela, recomienden no votar el 1-O en caso de que hubiera urnas.

El PDeCAT, heredero de Convergència, intenta, sin mucho éxito, conciliar sus dos almas, las que representan Puigdemont (radical) y Marta Pascal (más moderada). La organización, sin embargo, como ERC y la CUP, ya ha iniciado una campaña –vía WhatsApp por ejemplo– para movilizar a su gente el 1-O, sin que se descarten incidentes. El independentismo está instalado en una posición sentimental y todo es posible. En la manifestación del día 26 hubo conatos de agresión hacia quienes solo querían plantar cara al terrorismo y también hubo quien tuvo que marcharse con prisas para evitar problemas porque, allí mismo, lo de “no tinc por” empezó a ser solo una pancarta. Y ahora, lo dice un empresario que fue dirigente de Uniò, hay quien tiene miedo, mientras recuerda la vigencia de las palabras de Francesc Cambó, en una de sus últimas intervenciones en el Congreso de los Diputados, en 1935: “Cataluña es muchas cosas más profundamente que un pueblo mercantil. Más cosas que un pueblo mercantil. Es un pueblo casi morbosamente sentimental”. Es el laberinto catalán sin que nadie, incluso desde entonces, encuentre la salida. 

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